Por el señor Snoid
Pongamos que es usted un joven
aspirante a actor que desea un papelito en alguna producción cinematográfica o
televisiva. El camino más común y trillado es que su agente le consiga una
audición, ordalía que consiste en esperar durante horas junto a otros pringados
como usted hasta que le llegue el turno de leer unas líneas de diálogo frente
al director y sus ayudantes, en plan “Os conozco a todos bien, y durante un
tiempo soportaré los caprichos de vuestra molicie: imitaré en esto al sol que,
al ocultar su belleza tras las viles nubes ponzoñosas…”. Aunque si se trata de
una serie española lo más probable es que le obliguen a mascullar algo del tipo
“Oye Mariano, que te ha llamao la Encanni”.
Hay otros caminos, sin embargo. Y esos
caminos los experimentó uno de los actores más estrambóticos de la historia del
cine, Timothy Carey. Recién salido
de la escuela de arte dramático, Tim se enteró de que en Nuevo Mexico se estaba
rodando Ace in the Hole/The Big Carnival y allí se presentó tras
un agotador viaje en autobús desde su Nueva York nativa. Y se le ocurrió que lo
más apropiado sería llamar la atención del director, así que en pleno rodaje de
una toma se puso a berrear: “¡Señor Wilder! ¡Soy yo, Timothy Carey, el actor!
¡Vengo de estudiar a Stanislavski!”. A Wilder le hizo tanta gracia aquello que
le contrató, dándole un papelito como uno de los currantes que intentan sacar
del hoyo a aquel pobrecillo del que Kirk Douglas se aprovecha malignamente. Sin
embargo, el ansia de Tim por convertirse en una estrella o simplemente hacer el
figurón o sencillamente hacer el ganso hizo que fuera despedido casi de
inmediato, pues en los escasos planos en los que tenía que aparecer miraba
directamente a la cámara o se ponía delante de Kirk, algo que irritó
enormemente al irascible ídolo. Lejos de desalentarse, Timothy hizo autostop
hasta Colorado, donde se rodaba Across
the Wide Missouri. Su método fue más astuto esta vez. Nada más llegar, se
dirigió al departamento de vestuario, se vistió de trampero y se metió en la
caravana de Clark Gable, quien le confundió con su co-protagonista. Cuando se
dio cuenta del error, Gable sintió algo parecido a lo que había sentido
Douglas, pero el director William A. Wellman recompensó la osadía de Tim
dándole el sustancioso papel de un cadáver: Tim sale en un único plano, tendido
boca abajo con la cabeza en un arroyo.
¿Belleza
salvaje? Más bien salvaje a secas
Es posible que estos comienzos no
fueran en exceso brillantes, pero si algo tenía Tim era una voluntad de hierro.
De momento, se estableció en Hollywood, pues eso de ir de rodaje en rodaje por
toda Norteamérica le empezaba a resultar cansado. Nuestro hombre repitió la
jugada en El príncipe valiente: se
puso la armadura, ciñó el espadón y se encaminó al rodaje en busca de Henry
Hathaway. Por desgracia, poco familiarizado con los platós de la Fox, Tim se
topó con un campo de golf próximo al estudio, y decidió recorrerlo de esa
medieval guisa. Y así apareció ante el director, quien se hallaba almorzando en
la cantina del estudio: “¡Soy el caballero negro! ¿Tengo el papel o no?”, le
espetó Tim blandiendo el espadón. Hathaway, bien conocido por su tiránico
carácter –había sido ayudante de Von Sternberg y aprendido mucho de él, sobre
todo cómo ser un grandísimo hijo de puta con sus equipos–, no tuvo más remedio
que asentir, mientras sigilosamente llamaba a los seguratas de la Fox.
En Atraco perfecto, a punto de cargarse al pobre caballo con
gran delectación
Por fortuna, no todos los directores se
sentían intimidados ante Tim. Así, Kubrick le incluyó en esa increíblemente
cretina banda de criminales que intenta lograr un Atraco perfecto. Tim interpretaba al chiflado que ha de matar al
pobre caballito para provocar la confusión en el hipódromo, aunque lo que todos
recordamos es el momento previo, su hilarante escena con el aparcacoches negro.
Y un par de años después se lo llevó a Alemania para que hiciera de uno de
aquellos cabezas de turco que son ejecutados en Paths of Glory. Por otro lado, Kubrick dejaba que Tim improvisara a
su gusto –sus gimoteos y su reiterativo “No quiero morir” no estaban el guión y
Kubrick lo dejó tal cual y en una sola toma. Algo sorprendente, dado que el
director era un gran aficionado a
malgastar material marca Kodak. Recuerden que en Barry Lyndon le hizo repetir 83 veces a Leonard Rossiter el
siguiente diálogo: “Damas y caballeros, quiero proponer un brindis”. En la toma
84, el actor exclamó “¡Esto es sencillamente ridículo!”. Sin inmutarse, Kubrick
comentó: “Parece que se le ha olvidado el diálogo”.
Los que
pagan el pato: Timothy, Ralph Meeker y Joe Turkel en Paths of Glory
Su siguiente película con Kubrick iba a
ser El rostro impenetrable, pero,
como bien se sabe, Brando despidió al director y se hizo cargo del proyecto. A
pesar de que ya había coincidido con Timothy en circunstancias poco agradables
–en ¡Salvaje! Tim es uno de los
moteros malos de la banda de Lee Marvin, el que le rocía la cara con cerveza a
Brando, algo que no estaba en el guión–, el excéntrico Marlon se llevó a las mil
maravillas con el aún más excéntrico Tim.
Y poco después, Tim escribió,
interpretó, dirigió y distribuyó (así aparece en los créditos) una obra maestra
del cine basura, The World’s Greatest
Sinner. La cosa va de un aburrido vendedor de seguros, Clarence Hilliard,
que tiene una revelación, abandona su trabajo y se pone a predicar la palabra
del Señor por medio de una banda de rock. Cambia su nombre por el de God Hilliard y funda un partido
político, “El partido del hombre eterno”. Cuando está a punto de ganar las
elecciones presidenciales, Hilliard maldice a dios y éste le fulmina. En ese
momento, la película, en blanco y negro, vira a color. Igual que en Andréi Rubliov, aunque nos tememos que
Tarkovski no se inspiró en Carey. Sin embargo, pese a que este film tenía todas
las papeletas para ser un éxito en los autocines, no funcionó, y Tim tuvo que
seguir haciendo papelitos secundarios en series de TV y en producciones más o
menos infames, a menudo sin siquiera aparecer en los créditos.
No obstante, para algunos Tim tenía la
estatura de un mito. Así, Coppola le ofreció el papel de Luca Brasi en El padrino. Y Tim dijo que nones, que
prefería un papelito en Minnie and
Moskowitz de Cassavetes. Éste estaba escandalizado, pues adivinaba que la
peli de Coppola iba a ser un bombazo y que la suya la verían cuatro gatos, como
de costumbre. Pero Tim era difícil de convencer o de domar. Coppola lo intentó
de nuevo en La conversación, pero
Tim, al ver una cláusula en el contrato que especificaba que no se le pagaría
nada si tenía que doblar su voz en la postsincronización, contraatacó exigiendo
que la productora tendría que comprometerse a cortar el césped de su jardín
durante un año. Al ver el contrato, el productor Fred Roos le despidió en el
acto. Pese a todo, Coppola era tan obstinado como el propio Tim, y le dio el
papel de Johnny Ola en El Padrino parte
II. Agradecido, Tim fue a una reunión con Coppola, Roos y algunos
ejecutivos de la Paramount llevando una caja de cannoli y hojaldres italianos. Tim abrió la caja, extrajo una
pistola y vació el cargador de balas de fogueo. A los presentes casi les dio un
síncope y Roos volvió a mostrarle la puerta a Carey.
Y es que el sentido del humor de Tim,
hemos de admitirlo, perjudicó su carrera. Porque no sólo sacaba de sus casillas
a los directores por su manía de improvisar –él y Kazan llegaron a las manos en
el rodaje de Al este del Edén–, sino
que sus otras pasiones, por ejemplo la flatulencia, no agradaban a todos sus
compañeros de rodaje. De hecho, Tim era un hacha a la hora de tirarse pedos,
capaz incluso de interpretar el Himno de
batalla de la república mediante sus gases estomacales. Uno de los libros
de cabecera de Tim era El arte de tirarse
pedos (1751) del célebre filósofo francés Pierre Thomas Hurtaur, volumen
que, por cierto, era también una obra de referencia para Robert Mitchum. Y es
que, a diferencia de la opinión más extendida, la Ilustración no fue una época
tan aburrida como nos cuentan.
Cuatro
saxos y una guitarra eléctrica. Tim evangelizando en The World’s Greatest Sinner
Otro director que apreciaba tanto a Tim
como Kubrick era Cassavetes, pues el hombre era un poco depresivo –y bastante
alcohólico– y le asombraba que un tipo con el carácter de Tim ni bebiera ni se
drogara y ni siquiera fumara. De hecho, uno de los escasos papeles
protagonistas de Carey se halla en The
Killing of a Chinese Bookie junto a otro habitual de su cine, Ben Gazzara.
Además, Cassavetes puso dinero de su bolsillo para la segunda película de Tim
como director, Tweets Ladies of Pasadena,
algo que empezó como un largometraje y que Tim se propuso después convertir en
serie de televisión. El argumento era prometedor: un vagabundo que se aloja en
el parque de un barrio residencial es contratado por las aburridas amas de casa
de la zona para realizar las tareas más estúpidas, como pasear a los caniches o
llevarlas a la peluquería en limusina –una especie de Boudu salvado de las aguas californiano. Pero en 1970 no se hacían
las excentricidades que haría después un David Lynch con On the Air ni existía una HBO, así que la cosa quedó en una modesta
película que casi nadie ha visto.
Cassavetes con su ídolo
El último gran papel de Tim iba a ser
el del jefe criminal en Reservoir Dogs
(Tarantino le dedicó la película), pero Harvey Keitel ejerció su derecho al
veto, ya que debió pensar que un rodaje con Tarantino y Carey iba a ser una pesadilla:
uno hablándole de pelis de Kung-Fu o de Spaghetti
Westerns como una cotorra cinéfila y el otro tirándose pedos y amenizando
el rodaje con sus ocurrencias. Así que el papel fue para Lawrence Tierney. Poco
importa: Tim es un poco como Orson Welles. No, no crean que nos hemos
trastornado. Welles es casi tan famoso por las películas que no hizo como por las que llegó a hacer,
y Tim es una figura legendaria –minoritariamente legendaria, cierto es– por los
papeles que interpretó y por los que no llegó a interpretar.
Para acabar, Tim opinaba como Hitchcock
que los actores “son ganado”. Pero de una forma diferente. Esto decía cuando
reflexionaba sobre su profesión: “Si uno quiere llegar a ser un buen actor,
tiene que ir al zoo y contemplar a los rinocerontes y ver cómo se mueven. Y
observar con atención a las focas: cada papel requiere un patrón corporal
diferente”.
Ya es mal
fario que hasta en tu lápida haya faltas de ortografía. Sospechamos que el
propio Tim escribió esta humildísima descripción de su persona
Y pensar que en nueve días se cumplirán 20 años de la muerte de este inolvidable personaje, que no tuve necesidad de olvidar porque ni siquiera lo conocía.
ResponderEliminarAhora ya soy superfán.
Que esta serie no termine mientras quede un solo personaje de cine con méritos para ocuparla.
Y eso que nos hemos dejado en el tintero muchas de sus bizarras aventuras, como cuando Arthur Penn casi se desmaya por culpa de Tim el primer día de rodaje de Bonnie&Clyde...
ResponderEliminarNo se preocupe, que dada nuestra memoria (que es la inteligencia de los bobos) y la cantidad de olvidados con méritos que en el mundo han sido, tenemos cuerda para rato...