lunes, 27 de junio de 2022

ESTRENOS DE OCASIÓN: "ELVIS" (Baz Luhrmann, 2022)

 


por el señor Snoid

Elvis es el feliz resultado de la unión de un director que posee una evidente tendencia al exceso, con un punto (o dos) de hortera, Baz Luhrmann, un personaje excesivo (y también un punto hortera), Elvis Presley, y la asombrosa composición que realiza Tom Hanks del mánager del ídolo, el “Coronel” Tom Parker. Pero quizá ello no hubiera bastado para dotar de interés —y, en buena parte del metraje, de brillantez— a un biopic al uso sobre un músico célebre. El primer acierto consiste en que la historia está narrada por el villano de la función, el “Coronel” Parker, un embaucador, farsante y avaricioso feriante que ve en el joven Elvis su Potosí particular y al que se aferrará hasta el final mediante todo tipo de triquiñuelas.

En la vertiginosa y frenética primera parte del film se nos cuenta la ascensión del ídolo: infancia, juventud y primeras experiencias. Un montaje muy bien ensamblado nos da una didáctica visión de los Estados Unidos de los primeros años cincuenta: Elvis es basura blanca que se ha criado en un barrio negro. Pero es un blanco que posee duende, “el espíritu” (o está poseído por él) y una mágica combinación de talento musical y atractivo sexual: el film nos plantea de manera muy explícita la pasión que podía despertar alguien así en comparación con el intérprete de country Hank Snow: un músico competente, pero ya de mediana edad, conservador y puritano: si Elvis provocaba orgasmos entre el público femenino, con el consiguiente lanzamiento de bragas sobre escenario y músico, el bueno de Hank, interpretando “A Fool such as I” o “Married by the Bible”, sólo podía aspirar al asentimiento benévolo y complacido del respetable. Es decir, que no había músico blanco que pudiera hacer competencia a un chaval que no sólo era joven, guapo, paleto de clase baja que llega al estrellato (el relato del “sueño americano”, aunque sea con bases endebles o directamente falsas, es el sueño de cualquier publicista), sino que además era sexy, agresivo y, sobre todo, un blanco que interpretaba como un negro.


Y es este otro de los aspectos en los que la película hace especial hincapié: más que el country, el hillbilly (rebautizado después como Bluegrass) o el folk, a nuestro hombre le cautivaban los ritmos negros del blues, el rythm and blues y el gospel. Pero la segregación racial era espantosa (aún más espantosa que hoy en día), con mención especial a los estados del sur (recuerden que Elvis nació en un poblado de Mississippi de bizarro nombre, Tupelo, y que posteriormente la familia se trasladaría a Memphis, Tennessee), e incluso las listas de éxitos de la música popular incluían una estricta separación entre diversos estilos de música “blanca” y de música “negra”. El film recalca esta brutal separación por medio de la afición de un juvenil Elvis por los garitos negros de Beale Street en Memphis, donde se siente a sus anchas con Big Mama Thornton, B. B. King e incluso “descubre” a un frenético y desmelenado (es un decir) Little Richard. En efecto, no fue quizá Elvis el primero en hallar los ingredientes de la poción, pero sí el que los mezcló con más talento y erotismo.

Otro hallazgo es la plasmación de que el público de 1955 se escandalizaba con facilidad, alentado por fanáticos con biblia en mano, periódicos sensacionalistas y políticos ultrarreaccionarios. Y que hasta la aparición del movimiento de los derechos civiles en los años 50, el racismo —hacia negros, hispanos, orientales o cualquiera que no tuviera apariencia blanca— era la normalidad. Un estudio publicado en 2017 por Equal Justice Initiative reveló que 4.084 hombres, mujeres y niños negros fueron linchados en doce estados del sur entre 1877 y 1950. Mississippi, el estado natal de Elvis, lidera esta horrible estadística con 654 linchamientos. En semejante ambiente cultural, no sorprende que se produzcan alborotos en el primer concierto multitudinario de Elvis —con el público blanco y el negro convenientemente separados— o que su fulgurante éxito sea salvajemente criticado. Hoy día, a nadie le choca que la peña mueva el cucú o simule encular a su pareja a los sones del reguetón, pero en 1956 los movimientos de Elvis en el escenario se consideraron obscenos, degenerados, sucios —algo que el film ilustra muy convincentemente: el éxito de una estrella, como sabiamente dedujo alguien que rara vez trabajó con estrellas, Ingmar Bergman, reside en que ésta provoque una sensación de peligro.

 


Elvis no es precisamente una hagiografía, porque sería imposible o ridículo hacer una biografía edulcorada de un personaje tan bizarro y contradictorio. Sin embargo, la película soslaya los momentos más turbios del ídolo, como su entrevista con Richard Nixon (donde se ofreció a ser confidente de “hippies, drogadictos y demás escoria antinorteamericana” a cambio de un nombramiento como “agente honorario” del FBI con la chapita correspondiente) o su afición por las menores de edad (a su esposa, Priscilla, la conoció cuando ella tenía catorce primaveras, aunque se casaron ocho años más tarde). Las drogas sí que aparecen: pero todas (o casi) con la debida prescripción médica: Elvis era adicto a las anfetas y a los barbitúricos, pero despreciaba a porreros, heroinómanos y degustadores del peyote.

 

 

Tampoco Luhrmann hace demasiada sangre con el paso de nuestro hombre por Hollywood, cuando a partir de 1960, de regreso de su servicio militar en Alemania, empezó a hacer películas penosas que repetían una y otra vez la misma fórmula —producciones baratas de Hal Wallis que dieron muchos beneficios. Y es que a mediados de la década prodigiosa Elvis se hallaba completamente out. No estaba en la onda que marcaron los Beatles, los Stones, Dylan y compañía. Seguía siendo una atracción para la taquilla, sus discos se vendían y sus conciertos colgaban el cartel de “No hay entradas”, pero la “contracultura” le consideraba de otra época y él sentía desprecio por la contracultura. Uno de los mejores momentos del film es el encuentro que mantiene con los productores del American Sound Studio en el enorme letrero de Hollywood, oxidado y hecho casi una ruina, como Elvis pensaba de su propia carrera por aquellos años.

 


Y, cierto es, Elvis pudo haber seguido colaborando con los compositores Leiber y Stoller, pudo haber hecho giras por todo el mundo, pudo haberse puesto al día con respecto a los gustos del público, pudo haber aceptado empresas cinematográficas más atractivas... pero todo ello fue saboteado por el “Coronel” Parker... con escasa resistencia por parte de su protegido: el film muestra brillantemente la mutua dependencia de los dos hombres como una suerte de perversa relación padre-hijo o, si lo prefieren, un pacto entre Fausto y el demonio en el contexto de la música pop en la Norteamérica más hortera. Como se aprecia en un momento de la película muy bien rodado, seco y directo, en el que Luhrmann abandona su perenne exuberancia: momento en que Elvis está harto de Parker y amenaza con romper su relación, y él le hace ver que “Tú y yo somos lo mismo”.

 


Y la horterada suprema es Las Vegas, donde, pese a todo, Elvis sigue demostrando que es un intérprete extraordinario —hay un atisbo de ello en el film en su versión de Polk Salad Annie de Tony Joe White; no obstante, los ejemplos sobrarían: el gran acierto de Elvis, aparte de la extraordinaria interpretación de Austin Butler, es que da con la clave del enigma: ¿cómo puede ejercer tanta fascinación un personaje que se convierte en casi una caricatura de sí mismo, que continuamente acepta escoger las decisiones más equivocadas y delirantes? Sencillamente, estaba poseído por “el espíritu”: tenía duende.

 


 




sábado, 7 de mayo de 2022

¿PARA CUÁNDO LAS RECLAMACIONES DIPLOMÁTICAS?

 


por el señor Snoid

 

Tomamos prestado el título de una pieza breve de Valle-Inclán; en ella, el director del periódico El Abanderado de Las Hurdes, Don Herculano Cacodoro, tiene una idea genial para un artículo y la discute con su jefe de redacción, Don Serenín:


DON HERCULANO

¿Ha leído usted el asesinato de Rathenau? ¿No le ha recordado a usted la muerte del pobre Don Eduardo [Dato]?

DON SERENÍN

Sí... ¡parece un plagio!

DON HERCULANO

Evidente. No reconocerlo es estar ciego. ¡Ser un fanático! Yo soy un político de la derecha, un pensador de la derecha, un patriota de la derecha...


DON SERENÍN

Como que la izquierda sólo hace falta en el toreo.


DON HERCULANO

No sea usted chabacano.

DON SERENÍN

Lo he dicho sin querer. Vengo del teatro.


DON HERCULANO

Amigo Don Serenín, el ser de la derecha no me pone una venda en los ojos. Antes que personaje de la derecha soy español, y reconozco que han desplegado una técnica muy perfeccionada los canallas que asesinaron al pobre Don Eduardo. Alemania, noblemente, acaba de reconocerlo en el asesinato de Rathenau. La actitud alemana adoptando para el asesinato de sus grandes hombres la técnica hurdana, nos fuerza a un acto de agradecimiento.

 

Sirva esto para ponerles en antecedentes de uno de los mayores escándalos de nuestra historia reciente, escándalo que no dudamos en relacionar con el espionaje del CNI (o de Chicolini y Pinky) a los políticos independentistas catalanes. Al parecer, en su última película, Nicolas Cage interpreta a un actor acabado llamado Nick Cage, quien se halla tan necesitado de numerario que accede a acudir como celebrity a un fiestorro que da un potentado u oligarca mallorquín (ya saben: un March, un Matutes o un Escarrer, o cualquiera de los que ponían la cuota para los yates del Emérito). Pero nuestro multimillonario no es lo que aparenta (hasta cierto punto), pues es un hipervillano que planea secuestrar a la hija del Presidente de la Generalitat de Catalunya (imaginamos que a una hija de Puigdemont, pues la de Aragonès es de corta edad, y siempre supondrá un engorro tremendo raptar a una chicuela de tres añitos; Torra queda asimismo descartado, pues a pesar de que también tiene descendencia femenina, creemos que el ser propietario de una copistería no da para pagar rescates millonarios). Hasta aquí, como ven, todo absolutamente normal y coherente.

Pero las redes han explotado ante la información de que los distribuidores españoles se habían propuesto cambiar —en el doblaje y en los subtítulos— Cataluña y Mallorca por México. Y la comprensible indignación catalana se ha desbordado. No sabemos a ciencia cierta si su mosqueo se debe a que los españoles les ninguneen, a que se les confunda con mexicanos o a que Nick Cage resuelva el entuerto con la ayuda de la CIA, prescindiendo por completo de la colaboración de los Mossos d'Esquadra y de los servivios secretos de la Generalitat.

Una afrenta más, no cabe duda. Posiblemente organizada por el malévolo Sánchez, el taimado Feijoo y los restos del naufragio del bufo grupo político llamado Ciudadanos. Pero las protestas han sido de tal calibre que la productora ha reculado y ha asegurado que no habrá ningún cambio en la ambientación: ni corridos por la mateixa, ni enchiladas por tombet, ni tacos por ensaimadas. Gracias a dios. Y la prensa se ha hecho eco de esta feliz decisión, en un estilo digno de El Abanderado de Las Hurdes:



Con intervención especial del chiringuito de Ferreras&Pastor, la empresa Newtral, esa que verifica todas las informaciones de un Inda o un Marhuenda y desmiente con valentía y rigor los bulos espantosos que asolan nuestra convivencia democrática: 


 

De todas formas, el asunto, si se considera con detenimiento, es un poco chungo. Un reparto con actores ya no en declive, sino en el sumidero (Cage, Demi Moore), otros de “difícil ubicación” (Pedro Pascal, el agente de la DEA Peña en Narcos) y un director, Tom Gormican, cuyo otro trabajo hasta la fecha es Las novias de mis amigos (con Zac Efron). Además, la cosa lleva por título The Unbearable Weight of Massive Talent, que podría traducirse como “El insoportable peso de un talento desbordante”. No sabemos aún a quién se refiere el talento del título: si al de Cage, al del Molt Honorable o al del potentado/mafioso mallorquín. Es posible que a todos.

¿Ven como lo del esperpento de Valle-Inclán estaba más que justificado?

 


martes, 3 de mayo de 2022

X (Ti West, 2022)


 por el señor Snoid

La idea era que la señora Snoid y yo nos separásemos. Pero no con abogados de por medio. Ella entraría a ver Downton Abbey. Una nueva era, y este siervo de ustedes Alcarràs. En el momento de adquirir la entrada, tuve una iluminación e inquirí al tipo de la taquilla: “Un momento. Un detalle importante: ¿esta película está doblada al castellano?” “Pues mira, sí. La íbamos a poner en catalán, pero como protestó mogollón de gente...”. “¡Putos españoles!”, mascullé, “¿Cómo?” “Nada. Cosas mías. ¿Cuál es la peli más infecta que echáis a esta hora?” (pues no era cosa de deambular dos horas por el centro comercial mientras la señora Snoid disfrutaba de la china, el mobiliario, los trajes, las piezas de jade saqueadas del Palacio de Verano de Peking durante la guerra de 1860 y demás elementos decorativos que sazonan la popular franquicia británica). Así que, con mínimas esperanzas y aún maldiciendo a los mentecatos distribuidores españoles, entré a ver X.

 

Hay que reconocer que no me arrepiento, pues X es la típica cinta que promete salpicaduras de sangre, hachazos, miembros amputados, sustos del tren de la bruja y las consabidas estupideces que jalonan este popular género. Más bien se trata de un film de “terror psicológico” con buenas dosis de humor que provocaron unos bostezos espeluznantes entre la chiquillería que me rodeaba en la sala.


Planteada como parodia-homenaje al cine de terror de los años 70 —el del primer Tobe Hooper o John Carpenter— y como parodia directa del cine del sobrevaloradísimo Paul Thomas Anderson, la historia no puede ser más chusca. Estamos en Texas, 1979, y un proxeneta decide meterse a productor (algo que hallamos muy apropiado) de pelis porno baratas, “Ya que con eso del video doméstico nos vamos a hacer ricos”. Recluta como actores a su novia, una joven stripper, a una compañera de esta, a un afroamericano veterano de Vietnam (porque, como bien señalaba Mario Van Peebles en El sargento de hierro, “Ninguna polla blanca mide 30 centímetros”) y como equipo técnico a un jovencito recién salido de la escuela de cine y a su novia. Nuestro productor ha alquilado una casita de huéspedes en medio de ninguna parte a un matrimonio de octogenarios y allá se van a rodar una peli titulada Las hijas del granjero. Huelga comentar el argumento de la película dentro de la película.


El director y guionista Ti West muestra una notable habilidad en el montaje y la planificación, así como un empleo muy afortunado de los elementos cómicos (algo que siempre fue una constante en el género, desde James Whale a John Carpenter), que harán más contundentes los momentos de tensión. Como muestra, un botón: de camino a su “localización”, se detienen a poner gasolina y comprar víveres. Nuestro actor negro se dispone a llenar el depósito, el joven cámara quiere filmar el momento y una de las actrices le sugiere: “Si haces una panorámica de arriba abajo, empiezas por su cabeza y consigues que parezca que el surtidor es su polla”. Una demostración más de que lo del “cine de autor” es una fantasmada y que el arte cinematográfico es un esfuerzo colectivo (por lo menos en el porno rodado en 16 mm.).


Y estos momentos de tensión dan comienzo en el rancho mediante una cuidadosa dosificación. Donde, a diferencia de otros films de este jaez, sí hay motivos para el asesinato en serie, pues las motivaciones son el deseo y la juventud, la vejez y la pérdida del placer físico. Quizá el momento más espeluznante y desagradable esté en la larga escena donde la anciana ranchera, Pearl, se acuesta desnuda junto a la dormida Maxine (Mia Goth, quien da vida con brillantez a ambos personajes) y la acaricia suavemente. No ahondaremos en el desarrollo de la trama. Únicamente señalaremos que, a diferencia de la mayoría de films por y para adolescentes, en X el primero en caer no es el jovencito más “sexualizado” ( o más salido), sino el más pacato, que hay abundantes referencias a otras películas del género —por lo general, muy bien hilvanadas, como la que hace referencia a Psicosis— y que hay una sorpresa final, brillante y estupendamente engarzada con los elementos que conforman el film, que hace que las sorpresas “finales” de un M. Night Shyamalan parezcan aún más estúpidas de lo que habitualmente son.

En conclusión: un entretenimiento muy recomendable, excepto para los amantes del cine de terror... 


 


 

 


jueves, 28 de abril de 2022

ESTRENOS DE OCASIÓN: "EL HOMBRE DEL NORTE" (THE NORTHMAN, Robert Eggers, 2022)

por el señor Snoid

Una paradoja: lo mejor y lo peor de El hombre del norte poseen idéntico origen: la voluntad de los responsables del film de plasmar un notable esfuerzo de documentación sobre cómo eran los escandinavos del siglo IX. Ello da como resultado momentos espléndidos: los vikingos traficaban con esclavos, una de sus mayores fuentes de ingresos; el héroe, Amleth, una vez que de niño huye de las garras de su tío, el usurpador del trono, se convierte con el paso de los años en un berserker, la élite de los guerreros vikingos, que atacaban al enemigo en estado de trance y con enorme ferocidad; el paganismo y el honor de blandir una espada, la crueldad en el pillaje, que no respetaba niños, mujeres y ancianos (aunque hay que decir que los monjes irlandeses y británicos eran muy generosos a la hora de pagar tributos para conservar la vida) y una mentalidad muy alejada del cristianismo que, poco tiempo después, también se impondría como una plaga por Escandinavia. No obstante, esta cuidadosa recreación quizá sea un tanto morosa en cuanto a la exhibición de los rituales nórdicos: ceremonias religiosas, protocolos nobiliarios y consultas a hechiceras varias no carecen de interés, pero tienen la desventaja de ralentizar un tanto el curso del relato. El que los personajes hablen como si protagonizaran una saga o Edda islandesa nos parece, sin embargo, una decisión atrevida y acertada.


 

En cierto modo, El hombre del norte tiene bastantes semejanzas con el primer film de Robert Eggers, La bruja (2016). Si en esta película se nos narraba, con fuerza y veracidad, un drama de fanatismo religioso que desembocaba en tragedia en la Nueva Inglaterra del siglo XVIII, esta saga vikinga presenta también unos personajes que actúan y piensan como hijos de su tiempo y de su cultura —lo que, en ambos casos, puede provocar un sentimiento de extrañeza en el espectador.


En esencia, la narración es sencilla: una historia de venganza que se desarrolla a lo largo de varios años. El comienzo del relato es un tanto trivial: el rey legítimo, Aurvandil (Ethan Hawke) es asesinado por su hermano Fjölrnir (Claes Bang) y el pequeño heredero al trono Amleth tendrá que emprender una desesperada huída, jurando venganza. Ya adulto y convertido en un luchador implacable (encarnado por Alexander Skarsgard), Amleth, que carece de las dudas que asaltaban al Hamlet de Shakespeare, se entera de que su tío ha sido desposeído del trono noruego, ha tenido que fundar un misérrimo reino en Islandia y ha desposado a su cuñada (Gudrun: Nicole Kidman), quien le ha dado un heredero. Amleth se hace pasar por un esclavo destinado a la última Thule. Y aquí comienza la mejor parte del film: la elaborada venganza que ansía el joven príncipe, venganza que no carecerá de sorpresas.


Abundan en el film espléndidas escenas: así, la obtención de la espada “mágica” en la cavidad subterránea y el combate entre Amleth y el custodio del arma; la breve escena en la que la Seeress (Björk) predice los acontecimientos futuros de manera críptica; la progresiva amenaza que se cierne sobre el reino islandés (los cadáveres desnudos y desmembrados que Amleth ha colocado en el tejado de una choza y que aterrorizarán a los hombres de Fjölrnir) o los momentos que describen el enamoramiento de Amleth con su única aliada, la esclava Olga (Anya Taylor-Joy), todos ellos filmados por Eggers con vehemencia y convicción.

 


Algunos han achacado al film un exceso de violencia (la señora Snoid tuvo que retirar la vista de la pantalla en varios momentos del film), pero hay que considerar que los vikingos no eran precisamente hermanitas de la caridad. Y asimismo se ha criticado la interpretación de Skarsgard como demasiado inexpresiva o estólida. La verdad es que de su actuación se podría decir aquello que Godard manifestaba sobre Anna Karina: “Tenía un estilo de actriz nórdica: interpretaba con todo su cuerpo”. Y Skarsgard interpreta felizmente su fingido papel de esclavo (hombros caídos, mirada extraviada), o se convierte en un animal enfurecido y sangriento cuando su disfraz es innecesario. No es el único que destaca, sin embargo: Willem Dafoe hace una espléndida aparición como bufón (demasiado breve para nuestro gusto), Claes Bang compone un villano que dista de ser unidimensional y Nicole Kidman hace un convincente ejercicio de fingimiento que corre paralelo al de su hijo Amleth.


El hombre del norte es una apreciable película épica... ¿Y qué es, en definitiva, la épica? La mejor definición la dio el gran historiador inglés C. W. Bowra: “la recuperación del honor perdido”. Y aunque el final del film, con un duelo que cruza la frontera de lo sublime a lo grotesco, resulte un tanto decepcionante, ello no empaña las virtudes de la película. Y también nos indica que Robert Eggers es un cineasta al que no le asusta asumir riesgos.


 

 

sábado, 12 de marzo de 2022

LIBROS DE OCASIÓN: "¡ME CAGO EN GODARD!" (Pedro Vallín, alba, Barcelona, 2019)

 


por el señor Snoid

 

Comentamos este libro porque, aunque no es precisamente una novedad editorial, ya va por la cuarta edición y es, en cierto modo, un síntoma de los tiempos que corren: eso que los medios de comunicación denominan pomposamente “batalla cultural”.

La tesis del volumen, en la que el autor insiste como si le fuera la vida en ello, es la siguiente:

Para desterrar todos estos prejuicios, estas páginas pretenden demostrar que el Hollywood clásico, un producto indeliberado del Tercer Reich, a través de sus productos de masas ha promovido valores emancipadores y libertarios, contrarios a los excesos del poder económico y político, contrarios a la acumulación del capital y a la especulación, defensores de las minorías, de los débiles, de las mujeres y de los perseguidos por razón de raza, ideas u opción sexual”. 

Ejemplo de cine libertario

En un principio, la cosa parece que es un artefacto cómico. Pero no. Pasa uno las páginas y se da cuenta de que el autor habla en serio. O más bien se toma en serio su idea central (y única). En ese momento, cualquiera puede pensar que ¡Me cago en Godard! está escrito por un loco. Nada hay de raro en ello. Grandes autores de todas las épocas sufrieron delirios mentales en mayor o menor grado. Piensen en el Hölderlin de los últimos años: como una chota. O Artonin Artaud. O Nieztsche, que, pese a que nos duela reconocerlo, ya andaba trastornado a partir de La Genealogía de la moral, bastante antes de que le metieran en el frenopático. De Tolstoi a Virginia Woolf y Sylvia Plath. De Kafka a Pavese. De Balzac a Panero. Sin embargo, todos estos autores poseían genio literario. Y mucho nos tememos que el autor del volumen en cuestión, Pedro Vallín, está loco (o se hace el loco), y, por desgracia, padece también de cretinismo, amén de carecer por completo de talento literario.

Ello tampoco nos importa demasiado. Todo hijo de vecino tiene derecho a ser bobo y que le publiquen un libro. Lo que nos sorprende es la cantidad de exageraciones, medias verdades, mentiras completas y enormes inexactitudes que salpican su panfleto. Por lo menos,Vallín podría haberse documentado un poco por eso de no hacer el ridículo y desmontar él solito alegre e inconscientemente su extravagante teoría. Veamos algunos ejemplos:

“...fue Truffaut, de hecho, de los primeros en hincar la rodilla ante un jovencito Steven Spielberg, a cuyas órdenes se puso como actor en Encuentros en la tercera fase”.

Es posible que Vallín ignore que un zumbón Truffaut le escribió a un amigo, durante el rodaje de la peli de Spielberg, que “no creo que vaya a necesitar el libro de Stanislavsky que metí en la maleta”. Y es que estos franceses son unos sarcásticos cabrones, la verdad. O que en medio de una acalorada discusión con Spielberg, el director de fotografía Vilmos Zsigmond señaló a Truffaut y le espetó al jovencito director, “¿Por qué no dejas que un director de verdad se haga cargo de esto?” 

Retrato del artista pequeñoburgués

 

Y cuando Vallín sienta cátedra sobre la historia de los EEUU es donde encontramos los momentos más hilarantes:

En muchos sentidos, la conquista del oeste es un proceso de construcción democrática desde la base, inédito en el resto de los Estados modernos. El pueblo elegía a su alcalde, al sheriff y a menudo al juez, y establecía muchas de sus leyes”. 

Es posible que Vallín no haya visto Heaven's Gate de Cimino (quizás demasiado europea para su gusto: de First Cow ya ni hablamos), pero que lo ignore todo sobre el juez Roy Bean, la guerra del condado de Lincoln, el asunto del OK Corral y decenas de episodios similares, es algo que nos alarma, pues son estas mismas películas norteamericanas las que nos cuentan que el gran propietario (ganadero o minero) era el que imponía su ley...

La verdad es que el western le ha hecho un enorme daño al autor. Esto es lo que extrae de Solo ante el peligro:

Tampoco es difícil ver en esta mítica película una crítica velada al integrismo religioso, encarnado en la esposa del sheriff, Amy Fowler Kane (Grace Kelly), una piadosa cuáquera que quiere impedir a toda costa que su esposo haga frente a los pistoleros: los rezos como la forma más barata de convocar la virtud sin mover un dedo”.

Lástima que Kelly sí que mueva un dedo: el que aprieta el gatillo del revólver que acaba con el último villano, quien está a punto de matar a Cooper; y así, además, la muchacha renuncia a sus principios religiosos (nada integristas: los cuáqueros son simplemente pacifistas a ultranza).

Pero cuando Vallín se muestra verdaderamente ingenioso es cuando aborda las pelis del oeste con indios de por medio: “La relativa escasez, en todo caso, de cintas bélicas sobre conflictos con los nativos se debe a que estos se desarrollaron en los siglos XVII y XVIII”. Es decir, que la metedura de pata de Custer en Little Big Horn en 1876 y la derrota del 7ª de caballería con el consiguiente hostigamiento a Lakotas y Cheyennes no han dado apenas películas... Ni ello tuvo importancia alguna, aparentemente. Ni las guerras apaches, que acabaron en 1886: diez mil soldados yanquis persiguiendo a la banda de Gerónimo (diez guerreros).

Tampoco puede Vallín evitar el poner sus sucias zarpas sobre John Ford:

“...o en la célebre trilogía de la caballería de John Ford, compuesta por Fort Apache, La legión invencible y Rio Grande, en la que los problemas de la jerarquía son la cuestión central, y las batallas contra los indios están muy lejos de la caricaturización vejatoria de las películas de guerra”. Hombre, hacer una peli de propaganda sobre las guerras indias a mediados del siglo XX habría sido un tanto inadecuado, por no decir anacrónico. Respecto a los “problemas de jerarquía“, estos se hallan presentes en Fort Apache, donde el regimiento del coronel Thursday es exterminado por los apaches de Cochise; en La legión invencible la guerra termina antes de empezar: los hombres del capitán Brittles dispersan los ponys indios e impiden el levantamiento de los arapahoes. En Rio Grande, sin embargo, los apaches son mostrados como bárbaros, torturadores y ¡raptores de niños! 

Moisés y Cecil B. DeMille: dos cineastas progresistas

 

También hay numerosas referencias extracinematográficas. Casi siempre erróneas e inexactas: “Aunque algunos se empeñen en ver en el recorrido del cine del Oeste una crónica general del exterminio, una suerte de antítesis de la Historia de Indias de fray Bartolomé de las Casas...”. No entendemos muy bien lo de “antítesis” aquí. También nos sorprende que hable Vallín de la Historia de Indias (1547) y no de la posterior y definitiva Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552), donde por cierto sí que se habla de “genocidio”. Aunque no se emplee esta palabra tan moderna, claro...

Y, naturalmente, no faltan las alusiones al hombre sobre el que se caga:

Quizá otro burgués francés atribulado, ese al que dedicamos el título de este volumen, Jean-Luc Godard, el viejo comunistón hijo de doctor y de rica heredera de banqueros suizos, quiso remedar la envidia balzaquiana cuando dijo que “todo lo que se necesita en una película es un arma y una mujer”. Machista, además”.

Esto ya nos parece bajo incluso para Vallín. Porque cuando Godard soltó esta boutade fue a propósito del cine negro y de su primera película, À bout de souffle. Por otra parte, no nos da la sensación de que Jean-Luc haya estado jamás atribulado; que sepamos nunca se definió como comunista y el hombre es suizo, no francés. Tampoco sabemos muy bien si Vallín se refiere al Godard de La Chinoise o Le petit soldat, al del grupo Dziga Vertov, al que volvió al cine “de distribución normal” con Sauve qui peu (la vie) o al que hace sus peliculitas en su taller suizo... 

¿Bresson era facha o anarquista?

Lo cierto es que el libro ganaría mucho si hubiera adoptado otro formato: el de libro de aforismos nos parece el más adecuado para la cruzada anti-marxista de Vallín y sus enloquecidas obsesiones sobre la ideología y el cine. Por lo menos se le ahorraría al paciente lector sus enojosas y repetitivas pseudoargumentaciones y el libro ganaría mucho en cuanto a su efecto cómico, agilidad y contundencia. Algo como lo que sigue:

Nietzsche nos jodió la cabeza”.

A modo de fábula, eso supone Forrest Gump (1994) de Robert Zemeckis, elogio general de la proverbial ingenuidad americana entendida como un triunfante elemento de emancipación. Gump encarna todo lo que Europa no es”.

... Martin Sheen, que luego descubriríamos que es, como actor y como persona, la conciencia moral de América; algo así como su Iñaki Gabilondo”.

La razón por la que el marxismo cultural es tan popular entre gente culta es porque funciona como la religión sin serlo: ofrece una respuesta que aplica para todo, a la que nada se escapa y que dota de sentido a cuanto la contingencia nos lanza”.

Un narrador es un ángel, un novelista un narciso. Y eso, amigos, es lo que separa a James Cameron de Pedro Almodóvar”.

Cuitas existenciales pequeñoburguesas recorren la filmografía de colosos como Bergman, Dreyer, Truffaut, Buñuel, Chabrol, Fellini, Visconti, Haneke, Ivory, Almodóvar o, lo dicho, Woody Allen”.

O sea, a los protagonistas de esta extensa y variada filmografía [la de Woody Allen] les preocupa más el impuesto de sucesiones, no tanto la vida de sus semejantes”.

El progresista cree en el derecho a la prosperidad y al ascenso personal, en términos colectivos e individuales, y sabe que la ciudad, además de la más asombrosa creación de la especie humana, es el escenario adecuado para el ejercicio de los derechos y libertades”.

En defensa de McCarthy hay que reconocer que no estaba completamente paranoico, solo era un poco fascista”.

Hollywood es mayoritariamente de izquierdas y lo ha sido siempre, y de hecho es una de las fuentes de finaciación fija del Partido Demócrata. Hollywood cuando no es comunista es liberal”.

Por eso, porque toma a todos por rebaño, a veces, a la izquierda pastoril le da por prohibir la publicidad de las hamburguesas grandes. Y cosas peores”.

Un marxista se habría lamentado por el moho de las naranjas y nunca habría descubierto la penicilina”.

Por ir resumiendo, un artista, en román paladino, es un artesano que ha dejado de sudar y se ha hecho cura”.

En definitiva, el resultado es que Vallín se convierte —gozosamente, no a su pesar— en un pequeño Godard. Pero sin gracia, ingenio o talento. Su némesis es su modelo. Y su libro intenta provocar soltando majaderías sin ton ni son, como cuando a Jean-Luc le ponen un micrófono en la boca, con la diferencia de que lo que consigue Vallín es provocar en el sufrido lector —muy de vez en cuando— grandes carcajadas por sus delirios, asombro por su oceánica ignorancia y grandes dosis de tedio por sus constantes reiteraciones. También llama la atención que, de ese cine libertario que es el cine norteamericano, apenas cite alguna película (salvo Erin Brockovich) que se centre en la vida del currante: Las uvas de la ira, Our Daily Bread, The Molly Maguires, La sal de la tierra o Blue Collar... Debe ser que el autor las considera hijas del marxismo cultural imperante. O, sencillamente, no las ha visto e incluso ignora que existan...





martes, 28 de diciembre de 2021

EL CINE Y LA DROGA III: ESPAÑA SE PONE

 

por el señor Snoid

 


En efecto, las noticias de 1935 eran exactamente iguales a las de hoy día: nuestros cuerpos y fuerzas de seguridad del estado se incautan de enormes alijos de droga, realizan detenciones de peligrosos narcos, el juez Garzón llega en helicóptero a supervisar la Operación Nécora (o Percebe: no lo recordamos bien), las Fundaciones de Ayuda contra la Drogadicción reciben generosas subvenciones... Pero, hay que admitir, con lágrimas en los ojos, que en casi cien años la cosa no ha cambiado demasiado —aumentan los miles de toneladas de droga decomisada y aumentan los cientos de miles de drogadictos empeñados en destruir su salud y su hacienda...

 

Durante la etapa muda el cine español no tocó el espinoso asunto de la drogadicción. Ni la II República, muy ocupada en hacer películas populacheras que reflejaban el más nauseabundo tipismo español. Lógicamente, tampoco la dictadura de Generalísimo Genocida iba a permitir que Alfredo Mayo, por ejemplo, se metiera unas rayas o fumara la pipa de Kif en ¡A mí la legión! Pero el “aperturismo” del régimen de los años sesenta junto con el abundante cine policíaco que se hacía en Madrid y, sobre todo, en Barcelona, permitió que la droga asomara tímidamente en estas producciones del noir hispano. La primera película que presentaba como pretexto argumental la captura de unos peligrosos traficantes de coca fue El salario del crimen. Aquí un honrado policía (un joven Arturo Fernández, no por joven menos odioso) cae en las redes de una femme fatale y se ve obligado, porque su sueldo de poli no da para que ella disfrute del tren de vida al que está acostumbrada, a hacerse con unos cuantos miles de pesetas procedentes del mercadeo de la droga:


La primera película española que abordó con valentía y sin tapujos el candente tema de la droga fue El último viaje (1974), dirigida con su habitual incompetencia por José Antonio de la Loma —quien pronto se haría el rey del cine quinqui-barcelonés: Perros Callejeros, Perros Callejeros II, Perras Callejeras). Este film está directamente inspirado en The French Connection (aunque el Popeye Doyle patrio no es Gene Hackman sino Simón Andreu, y en la persecución automovilística que se llevan el carrito del bebé por delante), más la adición de traficantes patrios, contrabando de diamantes, niñas pijas que se meten LSD y un Julián Mateos muy convincente en su papel de villano y asaltacamas de nenas de cole de monjas que quieren meterse unos picos o “flipar” (el LSD es la gran novedad del film). Cuando el jefe supremo de la mafia de Port Lligat le cuenta sus métodos mercantiles a su “contacto” francés, casi estamos por creer que la película retrata la realidad pura y dura:

 

A partir de nuestra modélica transición democrática surgieron dos géneros cinematográficos que llenaron los cines de toda la piel de toro: el cine de tías en bolas y el cine quinqui, a veces entremezclados. Del cine quinqui, que no carece de interés a poco que uno se sumerja en él y haya trasegado mucha basura, nos ocuparemos en la próxima entrega. Una apasionante variación sobre estas películas de pequeños maleantes y polis brutales se halla en las obras de un cineasta hoy casi olvidado: Eloy de la Iglesia.

Lo cierto es que uno se queda asombrado viendo las películas del director vasco que tanto desdeñó en su época. Y la conclusión más obvia es que en este país las libertades han decrecido de una forma espectacular. Porque El Pico no sólo presentaba un argumento sensacionalista y atractivo: las andanzas del hijo yonqui de un comandante pikoleto destinado en Bilbao en 1983 y su mejor amigo, hijo de dirigente abertzale, sino que mostraban corrupción policial, judicial, financiación de la guerra sucia contra ETA mediante el narcotráfico, polis que torturan con gran apasionamiento y placer y otros delicados asuntos que el cine español de hoy, colmado de madres paralelas, feminismo ramplón y tibias denuncias al capitalismo salvaje, cuando no dignos epígonos de las comedias de Mariano Ozores, es decir, las pelis de Santiago Segura o de Álex de la Iglesia, no se atreve a tocar ni de puntillas. Recordemos, además que El Pico fue durante un tiempo la película más taquillera de la historia del cine español. Y el paisaje laboral, estético y moral que retrataba el film justificaba, en cierto modo, que los jóvenes se drogaran como bestias:

 

El éxito de la película hizo que se realizara velozmente una continuación, El Pico II. El film sufre por un exceso de premura en la producción: hay un exceso de flashbacks extraídos del film precedente, Fernando Guillén sustituye al muy eficaz José Manuel Cervino en el papel de padre y el guión está mucho menos cuidado que la obra original. Sin embargo, hay momentos tan o más bestias que en el film precedente, como las escenas carcelarias, modelo de reinserción en nuestra joven democracia:


 


 



martes, 21 de diciembre de 2021

FUE LA MANO DE DIOS (È stata la mano de Dio, Paolo Sorrentino, 2021)

 

por el señor Snoid

 

Fue la mano de Dios es una excelente película de Paolo Sorrentino que nos produce una doble alegría: por un lado, Netflix demuestra que no sólo puede producir películas mediocres o sencillamente nefastas; por otro, es una delicia encontrar al Sorrentino más tierno y menos exageradamente barroco.

Para entendernos, Fue la mano de Dios es el Amarcord del director napolitano, pero allí donde Fellini daba rienda suelta a la fantasía y a las situaciones hiperbólicas (no por ello menos hilarantes), y a una cierta tendencia a la moralina (recuérdese I Vitelloni, Casanova o el último plano de La dolce vita, resumen de todo el film), Sorrentino se muestra muy contenido a la hora de rememorar su primera juventud. El inicio del film puede inducir a equívoco: la tía Patrizia (Luisa Ranieri) espera en la cola del autobús y aparece un elegante individuo en un no menos elegante coche de época. Se trata de San Gennaro, santo patrón de Nápoles. Lleva a la mujer a su santuario y allí aparece el moniciello, un monje niño ataviado con ropa talar, al que da suerte besar en la cabeza. A partir de este momento de revelación —que se repetirá brillantemente al término del film— todo es perfectamente natural: es decir, todo lo natural que puede ser la familia, vecinos y conocidos del joven Fabietto (Filippo Scotti). Una baronesa que considera que todo es plebeyo, un tío al que todo le decepciona, una madre que gasta unas gamberradas de órdago (el momento en que se hace pasar por la secretaria de Franco Zeffirelli es antológico), una hermana que vive prácticamente en el baño y a la que sólo veremos al final, cuando la casa familiar está desolada... 

Aunque Sorrentino no duda en introducir momentos bufos (la mayor parte de ellos muy afortunados), hay en el film un cariño evidente por todos los personajes. Y no faltan los momentos conmovedores: así, la escena en la que el padre de Fabietto le enseña los lugares de su infancia durante la guerra y dónde conoció a su madre, o la visita de Fabietto al hospital psiquiátrico donde se halla internada Patrizia. Hay un equilibrio magistral entre el humor, la nostalgia y la ternura.

Por fortuna, Maradona sale poco. Pero es una presencia que sobrevuela todo el film. El que “una ciudad de mierda” (como describe Nápoles el padre de Fabietto) acoja “al mejor jugador de todos los tiempos” es algo que trastorna a todos los napolitanos. Como la escena en que el hermano de Fabietto, Marchino, le pregunta, ambos a punto de dormirse: “Tú qué preferirías, ¿echarle un polvo a la tía Patrizia o que venga Maradona?”. El muchacho apenas duda: “Maradona”. Y es en parte el jugador argentino y la influencia del director Antonio Paduano las figuras que determinarán la decisión de Fabietto de convertirse en director de cine.

Con una ambientación espléndida (parece que nos hallamos en cualquier ciudad cutre española de mediados de los 80: es decir, casi todas), espléndidas interpretaciones e imágenes que destacan el paso de lo hermoso a lo sórdido con asombrosa fluidez, Fue la mano de Dios, junto con sus otras virtudes ya citadas, es una película magnífica y conmovedora.


Post Scriptum

Tras ver la película, leímos una singular reseña publicada en Público escrita por Octavio Salazar. Es indudable que hemos visto películas distintas, pues el periodista no duda en afirmar cosas como las que siguen:

Hay en el cine de Paolo Sorrentino unas apuestas estéticas, y que al mismo tiempo son narrativas, que a mí me cautivan, por más que me sienta muy lejos de su universo y sea evidente el lastre de la mirada heteronormativa, y con frecuencia muy machista, con la que retrata a sus personajes masculinos y sobre todo femeninos. Es evidente que al director le interesan sobre todo los hombres, en muchos casos elevados a la categoría de dioses, y que las mujeres son en todo caso seres accesorios y, ante todo, portadoras de una belleza erotizada. Tal vez el hilo que mejor recorre toda su cinematografía sea el de unas masculinidades sagradas, en su apogeo o en crisis, y la concepción de las mujeres y de lo femenino como una suerte de paraíso. No es de extrañar pues que sus obras estén llenas de madres, putas, modelos, amantes, monjas o féminas que rayan la locura.

Nuestro hombre parece olvidar que el film está ambientado en los años 80 del siglo pasado, tiempos mucho más machistas que los actuales. Tampoco parece haber reflexionado sobre el hecho de que son las mujeres que aparecen en Era la mano de Dios quienes llevan verdaderamente las riendas. Y por otro lado, un joven de 17 primaveras en lo que piensa, además de en la poesía de Leopardi, es en follar. En 1986 y en 2021.

Lo real y lo milagroso. Y en este caso lo segundo tiene mucho que ver con el "dios" Maradona que ocupa el altar de una masculinidad que invade el patio del colegio dándole patadas a un balón. Y ya sabemos: si dios es hombre, el hombre es dios (Mary Daly).

Conclusión: no sólo el machismo (algo destestable, sí, pero insistimos en que esta no es una película "machista"), sino la mostración de la heterosexualidad juvenil, es de mal gusto hoy día. Con cita de teóloga católica gringa (¿se puede ser algo peor?) como muleta. ¡Que grande es la ultracorrección política!