por el señor Snoid
Últimamente hemos visto que en los medios de comunicación se
habla mucho de algo llamado brecha salarial entre hombres y mujeres. Aunque
nosotros hayamos hecho voto de pobreza, no somos indiferentes a tal infamia. De
hecho, las raras ocasiones en las que nos desplazamos a la capital de la
provincia donde residimos (para comprar semillas, velas, o braslips cuando los tomatones de nuestra
ropa interior alcanzan un tamaño de proporciones bíblicas) somos muy
conscientes de ciertas situaciones. En tiempos de prosperidad, los dependientes
de los comercios te solían atender con esa amabilidad castellana que reblandece
el corazón: entrabas en una tienda y parecía como si le estuvieras haciendo un
feo al dependiente, le debieras la pensión alimenticia o interrumpieras algo
importante, como la culminación de un sudoku. Ahora es mucho peor: bastan dos o
tres minutos para saber si la persona que te atiende está bien, regular o mal
pagada, no le pagan en absoluto o es el propietario del negocio. En los casos
en que el salario sea manifiestamente bajo o inexistente (la mayoría), la
reacción ya no es de comprensible hostilidad, sino que uno siente que de un
momento a otro le van a espetar: “Soy Íñigo de Montoya. Tú mataste a mi padre.
¡Prepárate a morir!”.
Crean que nos parece intolerable que una obrera de la
siderurgia cobre menos que un compañero de sexo masculino; o una cajera del
Mercadona; o una picapleitos especializada en derecho tributario que se dedique
a ahorrar impuestos a grandes empresas; o cualquier periodista de sexo femenino
que escriba tan mal como un colega masculino. Sin embargo, los medios de
comunicación parecen insistir, con perversa fruición, en trabajos
extraordinariamente bien pagados al alcance de muy pocos mortales, como si la
brecha del demonio fuera un problema exclusivo de los habitantes de barrios de
grandes criminales tipo La Moraleja o Martha’s Vineyard. Así, ha poco leímos un
titular espeluznante: “Sólo hay un 17% de mujeres en los consejos de dirección
de las grandes empresas”.
Vayamos a lo nuestro —el cine y sus oficios. Aquí
también se nos dice que las mujeres cobran menos que los hombres, y
probablemente sea cierto en la mayoría de los casos, pero en los que más se
ceban los perezosos medios, es decir, en el binomio actrices/actores, habría
que hacer unas cuantas acotaciones. Algo que ha sido portada en la última
semana ha sido el “generosísimo” impulso de Paul Newman, quien al enterarse de
que su compañera de reparto Susan Sarandon cobraba mucho menos que él por su
trabajo en Al caer la noche,
cedió parte de su sueldo a la actriz. En efecto, esto no es muy habitual, pues
los actores (y las actrices) suelen ser tan avariciosos como el común de los
mortales. Sin embargo, reflexionen un poco. Dada la lógica capitalista de los
que ponían la pasta, ¿qué resultaba más atractivo a la hora de atraer al
público para ver esa película? Pues Newman, claro; en segundo lugar Gene
Hackman (que también cobró más que Sarandon) y en tercer lugar la actriz. De
los pobres James Garner y Robert Benton parece que no se acuerda nadie. La
cuestión estriba en un hecho trascendental para toda compañía productora: Susan
nunca ha sido una estrella: será una actriz magnífica, una activista política
de lo más coherente (para lo que es el activismo político de izquierdas en su
país), una mujer de lo más inteligente y además atractiva y simpatiquísima.
Pero eso de llevar a las masas a ver una peli suya nunca ha sido su fuerte. Y
miren que a partir de Atlantic City lo
intentaron, pero no. Igual que años después con Thelma y Louise (curiosamente, la que se convirtió en efímera estrella que ganó una
pasta indecente por unas cuantas pelis de acción fue Geena Davis) o posteriormente
con éxitos como Pena de muerte.
Volvamos a la lógica implacable de los capitostes. Si ellos
creen que la persona que sale en el cartel de la película va a vender entradas,
les da exactamente igual que sea hombre, mujer, chimpancé u oso de peluche.
Ejemplos hay de esto desde que el cine es cine o más bien desde que se instauró
el Star-System.
Como ustedes bien saben, la teoría nos dice que el culto a
las estrellas comenzó cuando se generalizó el empleo del primer plano. Y de ahí
la aparición de The Biograph Girl (Florence Lawrence en 1910 y Mary Pickford a partir de
1913) o de The Vitagraph Girl: Florence Turner en una fecha tan temprana como 1907 (por
cierto que Florence también dirigió y escribió numerosas películas).
En tiempos pretéritos, esto del estrellato no tenía que ver
necesariamente con el atractivo físico de los intérpretes. Piensen que las
estrellas más taquilleras de la Fox en los años 30 fueron Will Rogers y la niña
“prodigio” Shirley Temple (en efecto, la pedofilia no es un fenómeno nada
nuevo). Y, por poner otro ejemplo bizarro, la pareja más taquillera de la
Paramount en los 40 fue el dúo Bing Crosby-Bob Hope.
En épocas más recientes, y quizá por lo que el eximio
escritor y detestable ciudadano
Juan Manuel de Prada califica de “progresiva sexualización de nuestra
sociedad” (sic), las estrellas destacan mayormente por su belleza, sean o no
capaces de leer bien sus líneas.
Piensen en grandes estrellas femeninas recientes.
Sharon Stone, después del cruce de piernas y el picahielo en Instinto Básico se convirtió en una superestrella y aprovechó el tirón ganando un
pastizal: la primera basura que rodó fue Sliver. ¿Se quejaron sus co-protagonistas, Tom Berenger, y el hermano tonto
de Alec Baldwin, de ganar menos que ella? Pues no. Y Sharon continuó durante
años rodando pelis infames en las que ella era la estrella absoluta (nuestro
preferido de sus films de mierda es Rápida y mortal, con Hackman, Di Caprio y Russell Crowe. ¿Quién cobró más ahí? Pues
ya saben) hasta llegar a la incomprendida —porque no la fue a ver nadie— Instinto
Básico 2. 14 millones se embolsó Sharon por
aquello. Y conste que nosotros creemos que es una actriz estupenda a pesar de
que sus elecciones de papeles hayan sido en gran parte nefastas.
O Julia Roberts, que tras hacer de Cenicienta puta llegó a
cobrar salvajadas como 20 milloncejos por Erin Brockovich o Notting Hill (Albert Finney y Hugh Grant,
respectivamente, recibieron mucha menos pasta) e incluso en tiempos tan
cercanos como 2010 le dieron 10 millones de machacantes por un documental de
turismo exótico, religión que no exige nada a sus practicantes (budismo) y
papeo con alimentos deliciosos aunque ricos en gluten: Comer, rezar, amar.
O Jennifer Lawrence, de quien no hemos visto peli alguna y
por tanto poco podemos decir de sus dotes como actriz o de su magnetismo. 20
kilos se llevó Jennifer por Passengers, el doble que su co-protagonista Chris Pratt.
Nosotros hemos realizado una encuesta entre los jóvenes
garrulos de ambos sexos de nuestro villorrio acerca de los actores/actrices que
más tilín les hacen en la actualidad. Los tíos eran casi unánimes: “Cristina
Pedroche”. Con las féminas la cosa estaba más disputada; unas se inclinaban por
Theo James (tuvimos que buscar en la wikipedia quién era este gachó), otras por
Chris Hemsworth (quien dista de ser un crío) y algunas por Dylan O’Brien. Con
lo que concluimos que la cosa está un poco cruda para productores y otros
magnates que quieran hacer caja con todos estos portentos.
Por todo ello, les confesamos que vertemos amargas y
copiosas lágrimas de aflicción por estas diferencias dinerarias entre
millonarios/millonarias que tanto agradan a la prensa para poner de relieve la
brecha salarial entre hombres y mujeres. Que un asunto tan serio se aborde de
manera tan banal es signo de la calidad de la prensa que nos gastamos hoy
día...
Repuesto apenas del hipnotizante fotograma de Sharon Stone que tantas veces intenté sin éxito congelar, te diré:
ResponderEliminar¡Y qué decir, Sr. Snoid, de que en la accidentada Todo el dinero del mundo (All the Money in the World, 2017) se le pagara a Mark Wahlberg 1,5 millones de dólares pero sólo 1.000 bucks a Michelle Williams por los mismos días de trabajo! ¿Mal?
O, en el extremo opuesto y sin salir de España, que Clara Lago en Ocho apellidos vascos cobrase menos de la mitad que Dani Rovira y Karra Elejalde. ¿Es justo —también pregunto— que el simpático monologuista y el veterano actor cobrasen sólo algo más del doble que la sedicente y bisoña actriz? ¿Fatal?
Pues eso, que pienso como tú: cosas que pasan en la llamada Industria.
En la llamada Industria y fuera de ella pues también niego la mayor: En España, y en todo el primer mundo, apenas hay brecha salarial, sino, y mucha, brecha laboral.
Y es que en la “lógica” capitalista (“lógica” que no entiende de justicia distributiva alguna sino de toda codicia centrípeta) lo habitual es que cualquier empresario (de cualquier actividad, no sólo el productor de cine) pague más a quien más le dé a ganar.
El asunto es tan prolijo que para poder expresarlo en pocos párrafos es necesario valerse sólo de un caso. Hagámoslo, por ejemplo, con el sector de la limpieza y ciñéndonos a España. Aquí, y en este sector, quien pasa la mopa (mayoritariamente mujeres) cobra menos que quien limpia los cristales (mayoritariamente hombres). Ante esto habrá quien, antes de acabar la frase anterior, ya esté rasgándose la ropa y arañándose la propia cara y la del que tenga enfrente. Pero si se supiese que dicha diferencia salarial es de 159 € al año (14.933 €/año, limpiadoras; 15.092 €/año, limpiacristales) quizá el motivo de su enfado sería menor. Y menor aún, hasta desaparecer, si supiese que los limpiacristales son quienes, según la mayoría de los convenios, «además de los trabajos propios del/a limpiador/a, ejecuta las tareas de limpieza de cristales de edificios (interior y exterior) escaparates, rótulos luminosos, fachadas y calles»; es decir: trabajo en altura. Y, claro, a veces se caen. ¡Pumba! ¡¿A tomar po’l culo: no haberte subido al andamio o a la guindola?!
Y con esto enlazo con que de los 461 muertos en accidentes laborales del año pasado (no computo los in itinere) un poquitín más del 95% fueron varoncitos; limpiacristales, por ejemplo. 95, 01%, en concreto… 159 € al año ¡Barata sale la muerte; muerte que, que yo sepa, nunca entendió de sexos!
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EliminarPues sí, Lux, era lo que queríamos decir y que tú tan bien plasmas: que los medios de comunicación se ven obligados a (como dirían ellos) "abordar" ciertos temas y asimismo se ven forzados a convertirlos en una mera cortina de humo.
ResponderEliminarLo de Wahlberg: sabes que en este blog tenemos una pasión que raya en lo frenético, en lo compulsivo, en la simple insania, por Ridley Scott. Así que procuramos dosificarlo. No obstante, el dato confirma lo que exponemos. Los dos últimos hitos de Mark han sido éxitos planetarios: no por él, sino por el peluche parlanchín. Pero en esto último los sagaces ejecutivos no parecen haber reparado. De lo contrario, habrían puesto al peluche en lugar de Mark en ese título tan apropiado, o en vez de sustituir a Spacey por Plummer, se mete al maldito osezno por Kevin y te sale una comedia que te tronchas...
La comunión cósmica: pensábamos incluir ese apunte sobre los salarios de "Ocho apellidos vascos" y "Ocho apellidos catalanes", pero al final lo descartamos. De hecho, nos tragamos la primera y nos pareció similar a la novela "Patria", hecha con la misma inteligencia e idéntica catadura moral. Repecto a la de los botiflers, vimos quince minutos en un pase televisivo y acudió a mi mente la pregunta, "Pero, a estos, ¿cuánto les habrán pagado por esta inmundicia?"
En cuanto a los compañeros limpiacristales, totalmente de acuerdo. Cuando paso por la antigua ciudad deportiva del Real Madrid y veo esos monstruos erigidos a mayor gloria de Florentino, siempre pienso en ellos...
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