domingo, 2 de agosto de 2026

ESTRENOS DE OCASIÓN: "LA ODISEA" (The Odissey, Christopher Nolan, 2026)

 

por el señor Snoid

Hay un elemento en común entre esta Odisea de Christopher Nolan y el Ulysses de James Joyce: el jesuítico examen de conciencia. Porque este Odiseo se muestra, a lo largo de todo el metraje, perpetuamente angustiado, abatido, presa de complejo de culpa y con claros signos de estrés postraumático, todo ello fruto de su continuado y agobiante examen ignaciano. Resultado, cómo no, de asignar presuntos rasgos psicológicos de hoy en día a personajes, reales o ficticios, de la antigüedad (posiblemente el papel protagonista recayera en Matt Damon por su interpretación en la saga del asesino funcionario del estado Jason Bourne, quien también se debatía entre el remordimiento, la depresión y la mala conciencia. Y al igual que su Odiseo, también tenía un punto de gafe). Y es que esta puesta al día de las conductas de hombres y mujeres que jamás acudieron al psicólogo o al psicoanalista suele dar resultados un tanto chocantes. O bien los cineastas se esfuerzan por hacer que un mundo lejano esté lo más próximo posible al espectador contemporáneo, o bien consideran que una cuidadosa ambientación que huela a “antiguo” es más que suficiente para transportarnos a ese mundo remoto, desconocido y un tanto imprevisible. Como decía Gil de Biedma, “¡Qué vida la de Garcilaso! Componer poemas durante el invierno y guerrear, rapiñar y violar durante el verano”. Pero pocos parecen comprender —y menos aún expresar— esta aparente contradicción.

Es posible que la crítica, en su mayoría, se haya entusiasmado con La Odisea por la innegable fuerza del relato. Habría habido que esforzarse a fondo para estropear del todo una narración con tantos elementos atractivos, y Nolan parece ser un hombre inteligente. Y la calidad de los efectos especiales es asimismo notable. Y los saltos temporales mediante los que se narra la historia suelen estar bien hilvanados. Estas son las mayores virtudes del film, que se ve con cierto interés pero que en ningún momento llega a apasionar: ni como la narración de un hombre que se sobrepone a su destino (y a los dioses), logra su propósito de regresar a casa tras mil desventuras y lo culmina con una sangrienta venganza, ni como una simple película de aventuras. 

Nolan emplea aquí un esquema frecuente en sus producciones: dedica la hora inicial a explicar de qué trata la película (Origen/Inception, Tenet, Insterstellar, El truco final/El prestigio), una hora más a peripecias violentas (que resultan agotadoras en films como Origen o en su trilogía de Batman) y la hora final está destinada a cerrar las tramas (hasta cierto punto), añadiendo más homilías y más espectacularidad, más la sempiterna conclusión deprimente, que podría verbalizarse en las inmortales palabras finales de Gary Oldman en The Dark Knight, “Es un caballero oscuro” o en ver los clones muertos de Hugh Jackman en El truco final o en el plano de la peonza maldita en Origen, más perinola que peonza. Y, al igual que Di Caprio y Cotillard en Origen, Bruce Wayne en las de Batman (donde sólo Heath Ledger como Joker animaba una de aquellas funciones), los dos antipáticos magos de El truco final o incluso Al Pacino en Insomnia, Odiseo sufre enormemente, hace sufrir a todo aquel que se le acerca y se regodea en su sufrimiento. Rasgo que proporciona a esta Odisea un tono sombrío y tristón, bien reforzado por una fotografía donde predominan los tonos marrones y grises, quizá adecuados para un film de vikingos en plan berserker pero, ¿en el mundo Mediterráneo? Mejor aspecto visual tenía lo poco que se atisbaba del rodaje de La Odisea de Fritz Lang en Le Mépris de Godard.

Si en lo puramente cinematográfico La Odisea es un film bastante monótono —los homenajes a Ray Harryhausen en los episodios del cíclope y de Escila y Caribdis son quizá demasiado breves respecto a la desmesura de la película en otros momentos, y el famoso diálogo entre Odiseo y el cíclope se elimina por completo: ¿querría Nolan ocultar que su protagonista era un tipo astuto y despiadado?— hay diálogos que pueden provocar la carcajada en el espectador más templado: “Esta Edad del Bronce está tocando a su fin”, “Se aproximan tiempos oscuros” o “Nuestra civilización va a desaparecer”, palabras que hubieran sonrojado a la cooperativa de escritores conocida popularmente como Homero. También se dice en tres ocasiones “Nos encaminaremos hacia el sol poniente” y Nolan, de muy buen grado, tres veces inserta idéntico plano del sol ocultándose en el horizonte. Eso sí: da la impresión de que los personajes son muy conscientes de su momento histórico, como si los protagonistas de, digamos, un relato ambientado en 1648, expresaran su insatisfacción por “la profunda melancolía que impregna esta era barroca en que habitamos”.

La “actualización” que Nolan somete a la historia también afecta, cómo no, a las mujeres. Así, la bruja Circe se convierte en una justiciera, una vigilante, una especie de Charles Bronson con faldas y granja mediterránea. Convierte a los hombres de Odiseo en cerdos porque son soldados que asesinan, violan y saquean (y además, de forma un tanto enojosa, se lo explica con detalle a Odiseo para que el espectador más lerdo se dé por enterado); es decir, porque hacen lo que hacen los hombres de armas desde que el mundo es mundo hasta la Gaza de hoy día. La ninfa Calipso es una buena samaritana que trata de aliviar las penas del protagonista y comenta que “hemos sido felices todos estos años”, pasando de puntillas por la condición adúltera del héroe: en las producciones de Hollywood el adulterio siempre está severamente penado. Así que en esta Odisea no hay sexo (sí violencia, por supuesto, pero en ningún caso tan desaforada como el relato exige —o nosotros esperábamos). Tampoco da la impresión de que su felicidad fuera plena: los momentos que nos muestran la estancia de Odiseo en la isla de Ogigia (siete años) consisten en miradas lánguidas del protagonista y de la ninfa en dirección al mar, paseos por la playa y una desasosegante sensación de aburrimiento. A Penélope (Ann Hathaway: posiblemente lo mejor de la película) se le hace decir que “Los hombres hacen lo que quieren, y yo, como mujer, hago lo que puedo”, recalcando así lo poco que Nolan confía en la inteligencia, perspicacia y entendimiento de su público. Sin embargo, la actriz se las arregla para que su personaje sea el más simpático y complejo del relato: demuestra fuerza, tenacidad, pasión: una energía que se echa de menos en casi todo el resto del film: ¡lástima que sus apariciones sean tan breves! Y ello a pesar de que el andrón de su palacio esté iluminado con los tonos más lúgubres posibles —algo que sucede con prácticamente todos los interiores de esta Odisea.

 

No crean que achacamos los defectos del film de Nolan a que se haya tomado sus libertades a la hora de adaptar el relato —la mera ilustración de un clásico habría sido más decepcionante si cabe— ni a los detalles citados arriba. Ni a que elimine episodios o trastoque otros. Ni siquiera nos molesta que los lestrigones, esos caníbales gigantescos, aparezcan aquí con unas relucientes armaduras que parecen sacadas del guardarropía de la muy bizarra Excalibur de John Boorman. No. El mayor problema de La Odisea de Nolan es que es una película absolutamente convencional, que evita cuidadosamente todo riesgo y lo fía todo al esqueleto del relato, al buen hacer de los actores y a los efectos digitales. Ausencia de sorpresa. Nula sensación de algo novedoso. Dale al público lo que el público quiere.

Como tantos otros directores que han tomado a Stanley Kubrick como santo y seña —sobre todo directores británicos que han peregrinado a California en busca de oro; el cine de Ridley Scott sería la parodia involuntaria de Kubrick— Nolan se esfuerza porque cada uno de sus films sea un acontecimiento y que todo el envoltorio —diseño, interpretación, fotografía, música...— sea o parezca perfecto. Sin embargo, Kubrick asumía riesgos en cada uno de sus films, ya fueran excelentes o fallidos, gusten más o gusten menos. Una lección que sus esforzados epígonos no han querido o podido aprender.