viernes, 14 de marzo de 2014

LA PÁGINA DEL SEÑOR SNOID - LOS OLVIDADOS (II)




Es posible que algunos de ustedes, si han visto la serie británica Llama a la comadrona (serie que no nos avergonzamos de declarar que nos agrada), hayan reparado en la hermana Juliana, la mujer que dirige el servicio de matronas auspiciado por esas simpáticas monjas anglicanas en el pre-swinging London. Pero lo más probable es que la hayan visto fugazmente en Los vengadores o en El capitán América como la anciana del Consejo Mundial de Seguridad que sale tres o cuatro segundos. Pues bien, la mujer en cuestión es una de nuestras actrices favoritas de todos los tiempos, Jenny Agutter, y lleva dando guerra desde finales de los sesenta, cuando era una chiquilla.

El que Jenny no sea una superestrella con pedrigrí y honores como una Judi Dench o una Helen Mirren es uno de los grandes misterios de la historia del cine. Similar a si la célebre entrevista entre Fritz Lang y Josef Goebbels se celebró o no (nosotros estamos convencidos de que, como los directores siempre mienten, Fritz se tiró el moco. Además, eso de que el banco hubiera cerrado y tuviera que coger el primer tren a París huele a trola. Y no olvidemos que si Goebbels era megalomaníaco, nuestro Fritz no fue nunca un prodigio de humildad).


Jenny reflexionando sobre los índices de natalidad en el Londres de los 50


Y eso que el comienzo de la carrera de Jenny fue espectacular: fue la protagonista de la mejor película de Nicolas Roeg, Walkabout, film que sería una obra maestra si no tuviera un montaje tan cretino. Y ahí Jenny tenía 17 añitos y una carrera espléndida por delante. Sin embargo, sospechamos que quizá el agente de Jenny era su peor enemigo o la chica no leía los guiones que le enviaban, pues la pobre apareció en un montón de películas más o menos espantosas. Algunas de ellas tan espantosas que incluso tuvieron éxito, como La fuga de Logan (donde era la pareja de otro de nuestros actores británicos bizarros favoritos, Michael York, del que jamás olvidaremos su papel como Michael York en Fedora, así como la señora Snoid le recuerda como un icono sexual infantil desde que vio de niña Zeppelín, donde Michael salía con faldita escocesa hecho un pincel), Un hombre lobo americano en Londres (que tiene sus fanáticos), Ha llegado el águila (donde en un reparto en el que figuraban Michael Caine –que interpreta a un oficial paracaidista alemán– y Robert Duvall –coronel del servicio de inteligencia nazi– lo único que se salvaba era la relación entre Donald Sutherland –espía irlandés nazi con más facultades que ese que amansa perros en la tele– y Jenny, que hacía de chica inglesa y por tanto era la única persona del reparto que no resultaba chocante. En cierto momento, Donald le espetaba a Jenny algo en lo que todos estábamos de acuerdo: “Me gusta tu nariz respingona”),  o China 9, Liberty 37 (AKA Clayton Drumm, western rodado en España con Warren Oates, Sam Peckinpah y el siempre impresentable Fabio Testi) y, ya en plan culto, Equus, una porquería que era casi tan infame como la obra teatral en la que se inspiraba. 



Jenny posee la OBE (Orden del Imperio Británico) en calidad de Oficial. No se impresionen: incluso Roger Moore tiene una


Así que Jenny, después de rodar tantas pelis chungas, decidió abandonar parcialmente el cine y dedicarse al teatro y a la tele. Precisamente en una producción televisiva, Otelo, la vimos en su mejor interpretación: una Desdémona sutil y elegante, no la habitual cretina que está casada con un negro y no se entera de nada en tantas adaptaciones de la obra de Will Shake-Scenes. La cosa dura cerca de 200 minutos y, si tal hecho nos importara (y es que no nos importa) diríamos que es excepcionalmente fiel al original. Que se respeta la totalidad del diálogo, vamos, por lo que hoy no la entienden ni británicos ni gringos, quienes aborrecen tanto a Shakespeare –aunque no lo reconozcan– como los adolescentes españoles a los que se les obliga a leer un capítulo del Quijote odian a Cervantes.



Jenny en Walkabout antes de perderse en el desierto y volver loco al aborigen

Sin embargo, el misterio del relativo anonimato de Jenny resulta fascinante. Nosotros hemos elaborado una teoría (en la que no creemos) que puede explicarlo. A Jenny la hacían salir en pelotas en casi todas sus pelis (de joven: no se imaginen que lo de las comadronas es una serie porno) y los ingleses son extraordinariamente rancios para estas cuestiones. Creen que si una de sus actrices se exhibe es como si se exhibiera su madre o algo así. Recordamos aún con espanto una crítica en el Time Out de una peli en la que Greta Scacchi (británica también pese a su apellido) enseñaba los pechos: “Dropping your clothes again, Greta?”. Así se las gastan estos descendientes de Cromwell. Y no crean que los británicos no son pajeros. Todo lo contrario. Y además tenemos pruebas. Porque durante una temporada vivimos en una residencia estudiantil inglesa y las señoras de la limpieza, peruanas que hablaban en la lengua que les impuso el conquistador, se quejaban a voz en cuello de la suciedad de las sábanas un día sí y otro también. Doble humillación, ya que un servidor de ustedes pasaba por ser súbdito alemán: de haber sabido que la castellana lengua era mi idioma nativo las peruanas se hubieran cortado (dado su origen, se habían adaptado perfectamente al clasismo inglés). En efecto: un bochorno tremendo al que eran ajenos 11 de los 12 residentes en aquella ala del edificio.


Esa clase de enfermera que nunca le atenderá a usted (porque no es un hombre lobo)


Volviendo a lo nuestro, también cabe dentro de lo posible que la propia Jenny se hartara de tanta desnudez «por exigencias de guion», o que su decisión de no trasladarse a Los Ángeles determinara su carrera. Poco importa: para nosotros es tan buena actriz y tan atractiva como abuelita en Llama a la comadrona que como de jovencita que enloquece al pobre David Gulpilil en Walkabout (el sino cinematográfico de este hombre era pasarlas canutas: ¿le recuerdan en La última ola?). Será que somos un poco degenerados…

sábado, 1 de marzo de 2014

LA PÁGINA DEL SEÑOR SNOID - ¿POR QUÉ NO EXISTE LA CRÍTICA DE CINE? (TERCERA PARTE)




A estas alturas, suponemos que ustedes saben que lo que realmente importa de la TV son los anuncios, y no los programas que se intercalan de vez en cuando entre ellos (aunque estos programas también abundan en anuncios de todo tipo). Seguro que más de una vez, viendo una peli o alguna de sus series favoritas, como Walker Texas Ranger, han cortado en mitad de un diálogo con el rótulo de VOLVEMOS EN 25 MINUTOS. Eso sí, jamás verán que cortan en mitad de un anuncio. Será porque los anuncios nos fascinan, ya que nos muestran un mundo ancho y ajeno: por ejemplo, ¿por qué, según la publicidad, solo las mujeres padecen estreñimiento o “pequeñas pérdidas de orina”? ¿Por qué los yogures han de llevar medicinas? ¿Por qué se fomenta el terror con tanto anuncio de seguros o de empresas de seguridad, que impedirán que unos rumanos malos le torturen y violen a usted y a todos los miembros de su familia como diversión mientras desvalijan su casa?

Y les hablamos de la tele normal, no de la de pago. Porque nosotros consideramos que pagar por ver tele es una aberración, ya que se nos debería pagar a nosotros por verla. Igual que por reciclar la basura, como en los viejos tiempos. Desde aquí nos ofrecemos a tragarnos cinco horas seguidas de cualquier canal por el misérrimo salario mínimo de hoy, y sin trampas, atados y con garfios en los párpados como el Alex de La naranja mecánica.

 
Belmondo siguiendo las sesiones del Concilio Vaticano II. Se halla en medio de Ratzinger y de Hans Küng

En teoría, la tele debería ser el medio ideal para la crítica de cine. Recuerden que los gabachos llevan siglos con la serie Cineastas de nuestro tiempo, algo que nosotros jamás hemos tenido salvo por aquellas entrevistas que Antonio Drove le hizo a Douglas Sirk a propósito de un ciclo más o menos exhaustivo sobre el cineasta. Entrevistas que luego Drove plasmó en libro, pero que en su versión primigenia no encontramos ni a tres tiros. ¡Y esto no ocurrió en la prehistoria, sino en los años ochenta! Hoy en día, el tratamiento que se le da al cine en televisión es abominable. Y no digamos los programas sobre cine: o bien hay programas publicitarios presentados por señoritas semiprofesionales, tipo Todo cine, o el arrinconado clásico de La2, Días de cine, cada vez más banal y dedicado a la “cartelera”. Nosotros pensamos que, ya que dos son los formatos dominantes en la TV de hoy en día, el reportaje barato tipo Callejeros pajeros o Hurdanos en el mundo o bien la tertulia del corazón, la tertulia política o nuestra preferida, la tertulia de fútbol estilo Punto pelota o Tiki-taka, no costaría nada hacer un programa de crítica de cine siguiendo este último modelo. Fácil y económico: se pillan seis críticos chillones y desaforados y un moderador que no modere, sino que azuce (Carlos Pumares sería la elección más lógica) y ya la tenemos montada: “No me puedes decir, Jacinto, que Starship Troopers es superior a Instinto Básico”, “Mira, Juan Carlos, como sigas insistiendo en que Michael Bay es mejor director que Tony Scott te voy a arrear una…”, “Prometheus es la mejor película de la década. Junto con Cars 2. Y punto”.

En la prehistoria existía un solo canal, y más tarde, en nuestra niñez, el UHF, luego TVE2, ahora La2. En aquellos tiempos los niños éramos muy impresionables ante el hecho audiovisual: el horror nos sacudía ante la visión de Gaby, Fofó y Miliki berreando aquello de “¿Cómo están ustedes?”, Daniel Vindel al mando de aquel programa deportivo para críos y, sobre todo, el crítico de cine Alfonso Sánchez. La figura de Sánchez era pavorosa: un señor mayor, calvo, gangoso, ojos saltones, doble papada y el ducados perennemente entre los dedos. Como si Jabba the Hutt te comentara la cartelera: nada que ver con las suripantas de hoy en día. Estas cosas de la infancia marcan. Yo mismo, lo reconozco, siento escalofríos cuando veo al cura melenudo de 13tv (exPopular TV). En cierta ocasión aparecía el tal cura en el plató con un niño pequeño y un perro, y no pude contenerme: “¡Socorro! ¡Saquen de ahí a ese niño y a ese perro, por dios santo!”. La señora Snoid tuvo que darme un calmante. Volviendo a Sánchez y haciendo un esfuerzo por olvidar su aspecto físico, hay que admitir que el hombre tenía una retranca prodigiosa, pues sin pestañear soltaba cosas como “A Coppola se le ha ido un poco la mano con la metafísica en la última parte de Apocalypse Now!” (lo que quería decir era: “la interpretación de Marlon Brando es de vergüenza ajena”) o “Se dice que William Wyler no ha hecho ninguna película mala” (omitiendo “pero tampoco ninguna realmente buena”). Sánchez hizo época, pues además de sus propios programas, salía hasta en el parte. No en vano es el crítico favorito de José Luis Garci.

Años después, el presentador original de Días de cine, Antonio Gasset, demostró que el cronista cinematográfico con carisma ha de poseer dos de las características que atesoraba Sánchez: ser excéntrico y ligeramente gangoso. Lástima que el programa lo emitieran a las horas (tardías) y los días que a los de TV2 les daba la gana, pues la personalidad (y las pintas) de Gasset eclipsaban totalmente sus comentarios sobre cine: esas exhortaciones a los espectadores para que follaran en vez de ver tele, o que leyeran, o que se fueran directamente a la mierda… En fin, pueden ver infinidad de videos de este monstruo en youtube.