domingo, 11 de noviembre de 2018

Estrenos de ocasión: "Una receta familiar" (Ramen, Eric Khoo, 2018)





por el señor Snoid

Hay que reconocer que salimos del cine un tanto confusos; porque, ¿qué habíamos visto? Quizá un episodio alargado de ¿Cómo lo hacen? O un documental sobre Singapur. O un drama familiar. O un recetario audiovisual de hora y media de duración. Una receta familiar es quizá todo esto a la vez, aunque en ocasiones sus ingredientes no estén bien combinados, sin que esto le reste gracia al resultado final del guiso o del film.




    
Ustedes saben que en esto del cine hay unos pocos axiomas inmutables: por ejemplo, en un western debe haber algún que otro tiroteo, en las películas de David Fincher el director de fotografía (sea quien sea) debe imitar el estilo de Gordon Willis, y en las de Ridley Scott deben aparecer siempre ventiladores. En el cine japonés nunca ha de faltar el papeo y el bebercio. No es una crítica: a nosotros nos encanta ver a la gente comiendo como bestias y poniéndose ciegos de sake. Lo que nos sorprende es que estos nipones estén tan delgados. Indudablemente, ese pescado crudo no engorda mucho, pero, ¿y el arroz y los tallarines? ¿las empanadillas de alubias? ¿el tofu? Un misterio. Y no crean que esta apreciación se debe en exclusiva a lo que se ve en los films japoneses. En la capital de nuestra provincia abunda el turismo japonés (últimamente de todo Oriente. Pero cualquier antropólogo les dirá que los chinos visten fatal, gritan mucho y suelen tener una dentadura pésima; los coreanos son más horteras en sus atavíos y también vociferan —pero menos— y los japoneses son un modelo de discreción y escualidez). No es raro que un grupo de japoneses te pille por banda junto a algún monumento, iglesia, acueducto o cañón (falso) de 1823 y te implore con una reverencia, “Snoid-san, ¿puede hacernos una fotografía?”

  
El argumento de Una receta familiar es sencillo: un joven japonés, Masato, hijo de padre nipón y madre singapuresa, viaja a Singapur con dos objetivos: convertirse en un consumado artista del ramen (un caldo cuya preparación requiere varios ingredientes y diez horas de preparación) y conocer las razones de porqué sus padres sufrieron tanto a causa de la incomprensión de la familia de su mamá. Tras ciertas dificultades, el muchacho conseguirá ambos objetivos. Si bien el asunto de los fogones lo resolverá muy rápidamente gracias a su tío, propietario de un restaurante, lograr la reconciliación de la familia le costará más tiempo y esfuerzo. La matriarca del clan, su abuela materna, se niega a recibirle y darle explicaciones sobre porqué hizo todo lo posible para amargar la vida de sus padres.


La explicación se halla en una escena aparentemente cretina: la visita de Masato a un “Museo de la memoria histórica” donde se entera de todas las barbaridades que hicieron sus compatriotas durante la invasión de Singapur en la II guerra mundial. Y decimos “cretina” porque nos pareció muy innecesaria, y explícita en exceso. Pero tras cierta reflexión, nos dimos cuenta de que esta escena era casi obligada: la juventud ignora todo lo relativo al pasado inmediato, sobre todo si ese pasado es horrible. Es decir, que Masato no había leído muchos libros de historia o no había visto películas tipo El puente sobre el río Kwai o Comando en el mar de la China, donde se enfrentan británicos y gringos descerebrados contra japoneses sádicos. Así, mediante un recorrido audiovisual en el museo, el muchacho es consciente de porqué los habitantes más ancianos de Singapur detestan a los japoneses con toda su alma. Y nosotros nos acordamos de cómo se aprenden estas cosas en la escuela japonesa: para cierta parte de su historiografía, fueron los occidentales quienes les “obligaron” a entrar en la guerra: “Los Estados Unidos lanzaron un enérgico ultimátum: que Japón devolviera a China todo lo que había conquistado y que rompiera la alianza con Italia y Alemania” (Kaibara Yukio, Historia del Japón, FCE, México, pp. 264-265). Intolerable, ¿no? Pues igualito a lo que saben los chavales españoles sobre la guerra civil y la interminable dictadura franquista: en un caso, los estadounidenses forzaron a Japón a entrar en la guerra, y en el otro, Franco nos salvó de todos los males...



Sin embargo, la película no carece de humor. La cicerone de Masato, Miki, le señala un restaurante donde se hace “el mejor ramen del mundo”. Y añade: “Incluso el chef Gordon Ramsey vino a aprenderlo aquí”. Inevitablemente soltamos la carcajada. Pero creemos que el chiste no era tal. Estos orientales son muy respetuosos (por lo menos en público) con los bárbaros occidentales que se interesan por sus costumbres (aunque el hecho de que un británico sea un chef de “fama internacional” es tan exótico como una coproducción entre Japón y Singapur). O la espartana disciplina que se le impone a Masato para que aprenda la receta del demonio, o sus intentos de hablar en mandarín...

En cuanto al documental sobre Singapur, hay que decir que no resulta demasiado atractivo: una urbe donde conviven edificios coloniales (europeos) con rascacielos de cualquier procedencia (de Florentino Pérez, de Dubai, de los Estados Unidos) y casuchas miserables (aunque mucho más limpias que las europeas o americanas). Hay que admitir, sin embargo, que los mercados de alimentos están muy limpios y ordenados, aunque los precios, al cambio del dólar de Singapur, son un escándalo.



En lo que respecta al drama, el director Eric Khoo demuestra poseer cierta inventiva: es muy brillante el momento de la muerte del padre de Masato (se nos oculta tras el mostrador del restaurante: no sabemos si se ha suicidado o ha muerto porque tras su trabajo diario se mataba a beber sake), el inteligente uso de los flashbacks (el protagonista recuerda episodios de su infancia que enlazan con las recreaciones visuales del pasado) o la reconciliación con su abuela (conseguida, en parte, merced a su dominio de la receta: la seducción a través del estómago), rodada en un largo plano medio en el que se da rienda suelta a una emoción verdadera.

En definitiva, una película muy agradable de ver —sin que sea extraordinaria—, modesta en sus propósitos y planteamientos. Eso sí, nada más abandonar la sala la señora Snoid exclamó:”¡Vamos inmediatamente a comprar comida china!”. Y es que ver Una receta familiar en horario de tarde aviva la gazuza de cualquiera.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Estrenos de ocasión: "The other Side of the Wind" (Netflix, 2018)

   
por el señor Snoid





Lo que no lograron la RKO, Columbia, Republic o Universal lo ha conseguido Netflix: hacer de Orson Welles un cineasta comercial. The other Side of the Wind es el resultado de una estrategia empresarial sumamente disparatada: una vez que la compañía se ha hecho con el público cretino que devora series más o menos gilipollas, ha decidido ampliar su nicho de mercado resucitando un cadáver para atraer a otro sector de público: el del cinéfilo-maduro-encallecido. Puede que esta vez la artimaña haya funcionado, pero les aseguro que a este servidor de ustedes no le vuelven a pillar.

De hecho, Welles, quien se pasó la vida quejándose de sus desdichas y achacando sus males a las traiciones, estulticia y malévolas maquinaciones de colaboradores (John Houseman), actores (Joseph Cotten, Charlton Heston), productores (de los Hakim a Zugsmith, de Cohn a Yates: la lista es interminable), ha acabado por tener razón. Él es quien posee menos culpa de que The other Side of the Wind sea lo que es; la culpa queda repartida entre herederos, productores, antiguos amigos (Bogdanovich en un papel estelar) y un Frank Marshall en horas muy bajas. Porque, dígamoslo con claridad, el producto que ha sacado Netflix es una estafa digna de F for Fake. Una falsificación que nada añade a la gloria póstuma de Welles, pero que tampoco empaña sus pasados logros.


Y es que esta película es difícil de encasillar. Siendo benevolentes, diríamos que nos hallamos frente a la combinación alucinante de un Godard pésimo, del Dennis Hopper de The Last Movie, del peor Antonioni (Zabriskie Point) y de una notable incomprensión del Toby Dammit de Fellini. Es decir, que nos hallamos muy, muy lejos, de Orson Welles.


Orson, Bogdanovich, Oja Kodar y unos hippies que pasaban por ahí

Tiempos decadentes

El periodo que transcurrió entre los primeros 70 y 1985 debió ser terrible para Welles. Y no sólo porque tuviera que hacer anuncios de champán barato para la tele. Se tiró años haciéndoles la rosca a gentes como Jack Nicholson o Warren Beatty (porque la presencia de una estrella aseguraría una posible nueva película: The Big Brass Ring fue el proyecto más obsesivo de estos años), pero estos le reían las gracias y le daban palmaditas en la espalda; sin embargo, a la hora de estampar su firma en un contrato se volatilizaban. Spielberg compró en pública subasta el célebre trineo Rosebud (debía ser una falsificación, porque el de la peli se quemaba), pero se negó a financiar nada que tuviera que ver con Orson. Cuando parecía que iba a rodar Saint Jack, su amigo Bogdanovich se adelantó y se hizo con la película. Y ahora le ha devuelto el favor colaborando con entusiasmo en la culminación de The other Side of the Wind. Quien tiene un amigo...

    
Breve manual de cómo no restaurar una película
  
Uno llega a la conclusión de que los responsables de este largometraje no están demasiado familiarizados con la obra de Welles. Esto puede parecer excesivo, pero analicemos algunos detalles. Welles afirmaba que detestaba las películas “demasiado largas”; los largometrajes en los que tuvo derecho al montaje final (o casi) no exceden las dos horas: Otelo y Mr. Arkadin tienen una duración de unos 90 minutos; Ciudadano Kane y Campanadas a medianoche no llegan a las dos horas. Si consideramos que la primera narra toda la vida de un personaje y que la segunda abarca dos obras enteras de Shakespeare (y alusiones a otras dos) su metraje está más que justificado; algo que no ocurre en los 122 eternos minutos de The other Side of the Wind. Por otro lado, el feismo visual del film es poco propio de Welles y apenas hay rastro de esos planos y movimientos de cámara que eran su marca de fábrica y el vestigio del carácter expresionista de su cine. Por ejemplo, Welles utilizaba en ocasiones un procedimiento teatral con métodos cinematográficos: la combinación de personajes en primer, segundo y tercer plano merced a la profundidad de campo. Los personajes del fondo comentaban, a la manera del coro, la acción que se desarrollaba en primer plano. Recuerden la escena de La dama de Shanghai en el parking, cuando O’Hara se despide de Rita Hayworth y comienzan a aparecer personajes que comentan la acción o describen a los personajes; o el monólogo del príncipe Hal en Campanadas a medianoche con Falstaff en último término del cuadro. En The other Side of the Wind hay intentos de conseguir un efecto similar, pero lo que reina es la confusión (los planos son demasiado breves; los actores demasiado incompetentes, lo que se dice carece de interés). El montaje, algo que quizá Welles cuidaba en exceso, es infame: muchos cambios de plano son casi una bofetada visual. Cuando Welles quería ser “efectista”, sus decisiones estéticas estaban justificadas (que gustaran más o menos es otra cuestión). En este caso, parece que simplemente se ha procurado dar cierta coherencia (poco conseguida) a un material escasamente trabajado. El director declaró en cierta ocasión que había dos cosas imposibles de rodar: una pareja haciendo el amor y un hombre rezando, “porque siempre resultan falsas”. No es que se rece en The other Side of the Wind, aunque hay un diálogo sobre el sexo de dios que es verdaderamente sonrojante y totalmente indigno del Welles guionista (parece, como otros momentos del film, una improvisación de los actores que se rodó y ha llegado al montaje final). Follar, sí se folla: en la película de Jake Hannaford hay una escena en un coche en la que Pocahontas (Oja Kodar) casi viola a John Dale (Robert Random, posiblemente escogido, como gran parte del reparto, at random). Si la cosa no fuera tan patética, sería para reírse a carcajadas, porque el momento es digno de Russ Meyer. En definitiva, no podría haber nada más alejado de la ejemplar restauración que hizo Walter Murch de Sed de mal que este malhadado The other Side of the Wind.



A Cast of Thousands

John Huston interpreta maravillosamente a John Huston. Mucho mejor que Clint Eastwood haciendo de Huston en Cazador blanco, corazón negro. Y no es sólo una broma. Huston encarna a un director de cine ligeramente hijo de puta: tal que Huston, de quien siempre se habla de su vida “aventurera”, de sus cogorzas, de que hacía películas “alimenticias” (un 80% de su filmografía) porque estaba siempre sin blanca, de que una de sus esposas le dio a escoger entre ella y su mascota, un chimpancé, y que él se quedó con el mono, y de mil sandeces más; pero rara vez se hace mención a lo cabronazo que era. Recordaba Richard Brooks la razón por la que Truman Capote le escogió para dirigir A sangre fría: “¿Te acuerdas de aquella vez que estábamos en Italia con Huston? Estaba borracho y se puso a decirnos cosas horribles. Bogart, Bacall y yo acabamos llorando. Tú fuiste el único que no lloró”. Peter Bogdanovich clava a Peter Bogdanovich: engreído, soberbio, sabelotodo... El Bogdanovich de principios de los 70 que todo el mundo amaba. Los protagonistas de la película de Jake Hannaford, Robert Random y Oja Kodar, son bellísimos (pese a que Oja posea un mostacho considerable) aunque como intérpretes sean espantosos. También Joseph McBride brilla en sus escasas apariciones: hace de crítico tontaina y posiblemente es el único miembro superviviente del reparto que no ha cambiado con el curso de los años: sigue siendo crítico y sigue siendo un imbécil.

Lo que es realmente triste es ver a excelentes actores secundarios arrastrándose por la pantalla; algunos de ellos habituales del cine de Welles (Paul Stewart y Mercedes McCambridge, ambos con el empaque suficiente para dar cierta vida al film), alguno al borde del delirium tremens (Edmond O’Brien) y otros que, dada su experiencia y tablas, logran sobreponerse a la inevitable pregunta: “Pero, ¿qué coño estoy haciendo aquí?”, como Cameron Mitchell, quien casi siempre interpretaba papeles de desgraciadillo y aquí es un desgraciado de marca mayor.

Esto provoca un efecto perverso. Los personajes “negativos” llegan a hacerse simpáticos. Como por ejemplo el jefe de producción del estudio (que posee un asombroso parecido con Robert Evans), que frunce (comprensiblemente) el ceño ante las escenas de la película de Hannaford que se le muestran, o la crítica de cine que encarna Susan Strasberg, trasunto de Pauline Kael. Cierto es que Pauline era una bruja. Como también es cierto que muchas veces daba en el clavo (Cassavetes: “Ella es un orgullo para su profesión”). Pero Pauline cometió el error de pergeñar The Citizen Kane Book, librito donde todas las alabanzas y bondades del film de Welles se destinaban al guionista Herman Mankiewicz. Algo absurdo, pues el guión de Kane es bastante insulso: el misterio de Kane se reduce a la vacuidad absoluta y los puntos de vista de los personajes, presuntamente diferentes, no hacen sino mostrar un personaje unidimensional; de hecho, sobre el papel, la mejor escena es aquella en la que Everett Sloane recuerda a una muchacha con la que se cruzó brevemente en su juventud y a la que no ha dejado de rememorar cada día a lo largo de cincuenta años. Escena que, por cierto, era la favorita de Welles y que este admitía sin reservas que era lo mejor de la película y exclusivamente obra de Mankiewicz.

Y llegamos al momento de la especulación: ¿por qué no acabó Welles esta película? Dejemos de lado las habituales explicaciones de falta de presupuesto, del rodaje a trompicones que se alarga durante años o de que el director barajaba varios proyectos (fallidos) a la vez. Un argumento razonable reside en la vanidad del cineasta: muy posiblemente, Welles se dio cuenta de que el material no estaba a la altura de lo que de él podría esperarse (y de su propio engreimiento: no olvidemos que de tanto oír que era un genio acabó creyéndoselo) y no puso el suficiente empeño para terminar el film. Esta es, visto el metraje, una decisión aceptable y  muy coherente por parte de un artista exigente. Por desgracia, la última palabra no la pudo tener el director de El cuarto mandamiento.

"Mi última película ha recaudado diez veces más que Fat City", piensa Bogdanovich. "¿Por qué estaré soportando a este gilipollas?", piensa Huston