miércoles, 27 de noviembre de 2019

LIBROS DE OCASIÓN: "JOHN CASSAVETES. INTERIOR NOCHE"

Por Francisco López Martín

Pocos son los cineastas pertenecientes al canon de la llamada modernidad cinematográfica cuya obra presenta aristas tan abruptas para el espectador como la del norteamericano John Cassavetes (1929-1989). Autor de películas excelentes como Shadows, Faces, Husbands, A Woman Under the Influence o The Killing of a Chinese Bookie (esta lista no pretende ser exhaustiva), su cine presenta una dificultad extrema a la hora de articular un discurso coherente sobre títulos que, considerados uno a uno, resultan sumamente poliédricos, y que, en su conjunto, forman una totalidad orgánica sui generis. Yo diría que, dentro de los grandes cineastas de su generación, sólo la obra de Jean-Luc Godard, tan opuesta desde un punto de vista temperamental, presenta dificultades similares para el espectador y para el analista.



Desde mi punto de vista, si algo caracteriza la inmensa mayoría de las películas de John Cassavetes es la convivencia en su interior de direcciones, energías y materiales de signos muy opuesto, caracterizadas tanto por un estiramiento extremo de materiales que quizá no resultan demasiado brillantes o atractivos desde el punto de vista del desarrollo dramático o del retrato de los personajes (insistencias, reiteraciones, monotonías), como por la aparición súbita y repentina de unos momentos de una fuerza y una verdad extraordinarias, apabullantes, insólitas. Este “caos ordenado” nos recuerda mucho a las técnicas propias del free jazz, donde en muchas ocasiones se da esa misma contraposición en la ordenación de los materiales y en la experiencia subjetiva del receptor. E incluso podríamos dar un paso más allá e invocar el título de esa hermosa pieza de música de vanguardia de Pierre Boulez titulada ….explosante-fixe… para pensar, metafóricamente, en la apuesta estética del director estadounidense: momentos de fijeza, momentos de explosividad, alternancia de energías que resultan difíciles de predecir o a los que resulte sencillo acostumbrarse, por muchas veces que se haya escuchado la pieza. Desconozco si John Cassavetes conocía y apreciaba estos estilos musicales, pero si adoptamos la tesis de la existencia de un “espíritu de la época” aplicada al desarrollo de las artes, creo que estas comparaciones pueden ayudarnos a entender el funcionamiento de unas “máquinas significantes” para las que es difícil encontrar parangón dentro de la historia del propia cine.



John Cassavetes: Interior noche, publicado por Shangrila en 2018 y coordinado por José Francisco Montero, constituye a este respecto todo un acierto editorial. Son muy escasas las obras publicadas en español sobre un cineasta tan enigmático y, en sus mejores momentos, incandescente, por lo que tanto la idea misma del libro como la calidad de muchos de sus textos (en numerosos casos caracterizados por ese mismo carácter poliédrico propio de los largometrajes de su director) ponen en nuestras manos una herramienta magnífica para reflexionar sobre una obra tan heterodoxa como la del cineasta norteamericano. Textos complejos, como las propias películas, que dirigen el foco en múltiples direcciones y en muchos casos, igualmente como los filmes de Cassavetes, se benefician de una lectura repetida. Especialmente recomendables nos han parecido, aparte de los firmados por el propio Montero, los dos que se han traducido de Ray Carney y los de Josep Maria Catalá, Aarón Rodríguez Serrano y Diego Salgado, el único, por cierto, que propone un enfoque cronológico sobre su obra, y que, por ello mismo, nos atrevemos a recomendar, tras la meditada introducción de Montero, como puerta de acceso al libro y al universo fílmico de un director irrepetible.




sábado, 2 de noviembre de 2019

NOVENTA AÑOS NO SON NADA (y II)





por el señor Snoid



Necesario no. Imprescindible. Y de paso, eliminar también al ratón. Y a las elefantas comadres que se burlan de Dumbo y de la desgracia de su mamá. Y a los obreros negros. Y la melopea que agarra Dumbo, no vaya a ser que los críos le imiten. Total, siempre nos quedará Eva Green. Ya ven cómo se las gasta la otrora firma puntera en esto de la animación, aunque sus últimos productos sean remakes con actores (reales). Y ya ven cómo ha evolucionado la carrera de Tim Burton. El hombre que un día hizo Bitelchús y Eduardo Manostijeras no levanta cabeza desde la infausta Ed Wood (detestable explotación de dos figuras patéticas del cine); a partir de ahí, Tim ha realizado películas de la calaña de El planeta de los simios, Charlie y la fábrica de chocolate, Alicia en el país de las maravillas o Sombras tenebrosas, por citar unos pocos horrores. Sospechamos que su Dumbo es una edípica venganza contra Disney, pues Tim comenzó en la empresa como meritorio.

Walt es depositado en su cápsula de criogenización por un par de operarios


No obstante, la controversia persigue al estudio. Una falsa controversia, por supuesto. Esto es para que nos deleitemos imaginando a Halle Beily de sirena. Aunque les confesamos que nosotros hubiéramos preferido a Rosario Dawson o a Halle Berry:



En la anterior entrega les comentábamos las airadas reacciones que había provocado el aniversario del primer éxito de Disney, Steamboat Willie (1928): que si violenta, que si se regocijaba con el maltrato animal, que si prácticamente era un apología del terrorismo y un apoyo subliminal al procés... También comentábamos que en esto del cine la memoria suele ser flaca. Porque los voceras se pusieron moralistas debido a la fama de Disney y del ratón Mickey. De haber tenido un poco más de sentido (y de conocimientos) no sabemos qué habrían pensado de un plagio que del corto de Walt realizó la Warner un par de años después, pues es mucho más violento, racista y pro-maltrato animal que el corto del ratón dichoso. De hecho, cuando la United Artists se hizo con los fondos de la serie Looney Tunes prohibió cualquier pase televisivo, y, posteriormente, al hacerse el popular magnate Ted Turner con la propiedad, juró sobre siete biblias que nunca volvería a exhibirse este corto. Lo lamentamos, Ted, pero en pro del interés histórico-sociológico hemos de saltarnos la prohibición:


Y es que si la animación siempre fue un excelente vehículo para la formación del espíritu, ahora las tornas han cambiado y la pseudoideología campa a sus anchas. Ideología nada peligrosa, por supuesto, dado que es difícil hallar presupuestos ideológicos a derecha o izquierda. Por ejemplo, ¿cuál es la ideología que sustenta al PP, Ciudadanos y Vox? Sólo tienen un pilar: la defensa apasionada del capital y de la propiedad privada. Lo demás (que si la unidad de España, la banderita, los emigrantes, Cataluña, El Califato islámico) es pura filfa para animar los debates de La Sexta. ¿Y la izquierda? La izquierda se halla confusa, pues no sabe a ciencia cierta si luchar por la justicia social o bien abrazar causas tales como el ecologismo (con el muy estúpido mensaje de que “Estamos destruyendo el planeta”. No. Nos estamos destruyendo a nosotros. El planeta sobrevivirá —preferentemente sin seres humanos), la defensa del atún rojo o del leopardo de Arabia o el feminismo. Nada hay de malo en estas causas si no se descuidaran otras.

Así, a los estudios de animación no les cuesta nada ponerse un poco ecologistas o un poco feministas: no hay peligro alguno en ello, sino más bien un cúmulo de elogios por su coraje y bravura. Así, la muy alabada empresa Pixar nos regaló hace poco un espectacular corto que mostraba valientemente la discriminación laboral que sufre la mujer en pleno siglo XXI. Aunque la moraleja que extraímos nosotros fue un poco distinta: ¿A quién coño, hombre o mujer, le gustaría trabajar en semejante empresa?



Y es que esto de la animación no ha progresado demasiado en el curso del tiempo. Vean los canales de TV gratuitos o de pago y lo cierto es que poco se salva de los productos contemporáneos. Los Simpsons y el muy minimalista Sin Chan (neorrealismo japonés en clave de dibujos animados). Se nos puede objetar que ahora (sobre todo en las producciones para cine de Pixar) son más inteligentes e incluso “autoconscientes” (como una peli de la Nouvelle vague de 1962). Pero todo esto ya se hallaba en la animación del pasado. Por ejemplo, en este extraordinario corto del genial Chuck Jones que algún paniaguado universitario no dudaría en calificar de metalingüístico:



Y para concluir, otro corto que reúne a dos de nuestros personajes favoritos: el Pato Lucas y el Demonio de Tasmania. That’s all, Folks!


 

sábado, 26 de octubre de 2019

LOS OLVIDADOS: ROSCOE LEE BROWNE







por el señor Snoid

El nombre es posible que no les diga nada pero esta jeta la reconocerán los buenos aficionados. Roscoe Lee Browne era un magistral actor que tuvo el infortunio de aparecer en a) películas buenas que resultaron estrepitosos fracasos de taquilla; b) películas mediocres que también se estrellaron, y c) películas lamentables que hoy casi nadie recuerda. Sin embargo, en todas ellas Roscoe brillaba con luz propia, eclipsaba a sus compañeros de reparto y daba un barniz de buen hacer y de genialidad interpretativa, por muy nefasto que fuera el proyecto en que se había embarcado.

Y es que cuando Roscoe empezó en el cine, los actores negros debían ser como Sidney Poitier o Harry Belafonte: es decir, bellísimos ejemplares de hombre negro. Gente como él o como el igualmente genial James Earl Jones tenían nulas posibilidades de alcanzar el estrellato. Hoy día parece que la cosa ha mejorado un poco. Esos dos tipos que salen en todas las películas, Morgan Freeman y Samuel L. Jackson, no son exactamente sex symbols. Por no hablar de Forest Whitaker, que amén de excelente actor, es feo hasta decir basta e incluso bizco.


Roscoe nació en Woodbury, Nueva Jersey, en 1922. De joven asistió a la Universidad de Lincoln (universidad en aquel entonces exclusivamente para negros), donde estudió Filología francesa y Literatura comparada. Tuvo que hacer un alto en su carrera académica cuando el Tío Sam le llamó para que participara en la II Guerra Mundial. Roscoe fue asignado a la 92 de infantería, un regimiento de soldados negros cuya insignia era un búfalo (en honor a los Buffalo Soldiers de la caballería del siglo XIX). Nuestro héroe sirvió en la campaña de Italia. Una vez concluida la guerra, regresó a casa y completó sus estudios en la Universidad de Columbia. Entre 1946 y 1952 volvió a Lincoln para enseñar francés y Literatura inglesa. Y además por esa época ganó un par de campeonatos mundiales de aficionados en la modalidad de las 1000 yardas. No nos cabe duda de que Roscoe hubiera dado días de gloria al deporte gringo, pero quizá en esos tiempos un atleta negro ganaba un poquitín menos que un Usain Bolt de nuestros días.

Sorprendentemente, y demostrando por primera vez que era un culo inquieto, Roscoe abandonó su puesto docente y se dedicó a la venta de vino y licores. Tras este bizarro lapso, se metió en el mundillo teatral en 1956 por la puerta grande, pues su primer papel fue en un montaje profesional del Julio César de Shakespeare. Y ya no paró. Si bien su primera interpretación para el cine data de 1961, fue en la segunda mitad de la década cuando Roscoe empezó a convertirse en un rostro popular. En 1968 Hitchcock le contrató para la malograda Topaz. Dado que los protagonistas del film son absolutamente nefastos, fueron los secundarios como John Forshyte, John Vernon o el propio Roscoe quienes se hicieron con el pastel sin el menor esfuerzo. Nuestro hombre encarna a Philippe Dubois, un espía francés que se infiltra en la legación cubana de la ONU alojada en un hotel de Harlem para robar unos documentos al líder Enrique Parra (John Vernon), quien por cierto es el único personaje medio decente de la peli, fanático de la causa castrista y de Juanita de Córdoba: para que luego la crítica se ensañara con Hitch tildando a Topaz de panfleto anticomunista...


     

Un par de años después Roscoe se haría con el papel protagonista de la última (y una de las peores) película dirigida por William Wyler: No se compra el silencio, imaginativo título hispano de The Liberation of Lord Byron Jones. Aquí Roscoe interpreta a un empresario de pompas fúnebres que ha de hacer frente a que su esposa, Lola Falana, es un tanto fulana y le pone los cuernos con un blanco muy degenerado (Anthony Zerbe), y a la incomprensión y prejuicios de la comunidad blanca del villorrio. El film pertenece a esa retahíla de pelis de Hollywood en plan “Dignifica a los Negros” tipo Fugitivos, En el calor de la noche, Adivina quién viene esta noche o La gran esperanza blanca. Films que sospechamos hicieron retroceder la causa de la igualdad racial unos veinte años. Lo llamativo de la película de Wyler, quien era obsesivo en cuanto a la dirección de actores (Bette Davis tuvo que bajar la escalera 60 veces en Jezabel; Ralph Richardson tardó 80 tomas en colgar su sombrero y su bastón en La heredera), es lo mal que están la mayoría de los intérpretes: el casi siempre eficaz Lee J. Cobb está realmente fatal, Anthony Zerbe totalmente pasado de rosca (como siempre que encarnaba a un villano), Lola Falana nunca fue verdaderamente una actriz y sale hasta Lee Majors... Así que de nuevo Roscoe se llevó los muy escasos parabienes que obtuvo esta decepcionante cinta:




De cualquier forma, el film tuvo un resultado feliz para Roscoe: hizo buenas migas con su archienemigo en la ficción Anthony Zerbe y juntos se embarcaron en una gira de recitales poéticos por todo Estados Unidos. Pues Roscoe no sólo se movía con una elegancia majestuosa: además poseía una voz maravillosa y el muy perillán sabía cómo utilizarla. Y esto nos recuerda una de las más brillantes anécdotas del ídolo. Durante el rodaje, Wyler le soltó: “Hablas como un blanco”. Y Roscoe replicó: “Es que tuve una niñera blanca”. Algo falso, claro. Pero es que Roscoe había aprendido desde jovencito cómo bandearse en el mundo de los blancos...

Algo que le fue muy útil en el western The Cowboys, donde tenía que darle la réplica a John Wayne. Bien sabido es que Wayne tendía a perder la paciencia con sus compañeros de reparto (y miembros del equipo técnico) cuando no le dirigían Ford o Hawks. Richard Widmark y él casi llegaron a las manos en la filmación de El Alamo (lo que habría sido un infanticidio), agarró a Howard Keel por las solapas en Ladrones de trenes y casi fulminó a Glenn Campbell en Valor de ley. En la primera escena que rodaron juntos, Roscoe llega con su carromato al rancho de Wayne y se presenta a él y a su esposa. Acabada la toma, Wayne le llevó aparte y le explicó que aquella no era la forma correcta de bajarse de un carro (Wayne se consideraba una autoridad en temas del viejo oeste, algo que le provocaba gran hilaridad a John Ford). No obstante, pese a que Wayne era un pelmazo, no era idiota y sabía reconocer a un actor brillante: pronto se dio cuenta de que Roscoe era un titán y ambos forjaron una buena amistad; dado que el resto del reparto estaba compuesto de críos, se pasaban la noches bebiendo y recitando a Shakespeare, lo que sorprendió al director Mark Rydell, quien pensaba que Wayne debía ser medio analfabeto...



Antes mencionábamos la calidad de la voz de Roscoe. Oigámosla en el original en una brillante escena de The Cowboys, donde el gesto, el movimiento y la dicción del intérprete, que pasa de la sequedad a la amenaza, de la amenaza a la armonía, logran una actuación excepcional. Un justo homenaje a un grandioso actor.




miércoles, 23 de octubre de 2019

ESTRENOS DE OCASIÓN: "EL CUENTO DE LAS COMADREJAS" (Juan José Campanella, 2019)






por el señor Snoid

El cuento de las comadrejas es una brillante comedia que mezcla sabiamente diálogos punzantes, ironía a espuertas, autoparodia (a la que no escapan ni director ni intérpretes), sofisticada maldad y el enfrentamiento entre la vieja generación, aquejada de achaques varios y de nostalgia, y los jóvenes emprendedores de hoy día, sobrados de soberbia y turbias intenciones.


Para entendernos, este film es una combinación porteña de Sunset Boulevard y La huella. No nos ponemos heréticos por capricho. Aquí, una Norma Desmond argentina, Mara Ordaz (Graciela Borges) vive en un caserón (donde, por supuesto, tiene una sala de cine donde contempla sus viejas películas) a las afueras de Buenos Aires. Y Eric von Stroheim se convierte en tres personajes: su marido, un anciano actor olvidado, Francisco Gourmand (Nicolás Francella), su antiguo director, Norberto (Óscar Martínez) y el guionista de cabecera de actriz y director, Martín (Marcus Mundstock). Los cuatro viven feliz y plácidamente en la mansión, lanzándose sarcasmos, pullas hirientes e ingeniosos insultos, amén de jugar al billar y darle duro al trago, además de rememorar los “viejos buenos tiempos”, que es lo que hacemos todos los ancianos. Esta apacible existencia se ve perturbada por la llegada de una joven pareja que finge atesorar una admiración fanática por la anciana diva. Pero su propósito, una vez encandilada la actriz, es comprar la vivienda y convertirla en un resort turístico o en un edificio de apartamentos (perdón: departamentos). La parejita cometerá el funesto error de subestimar a la troupe de carcamales, como le ocurría a William Holden con Gloria Swanson. Y aquí comienza un juego de hostilidades que nada tiene que envidiar a los mortíferos entretenimientos a los que se dedicaban Michael Caine y Laurence Olivier en otra regia mansión repleta de secretos.


   
Y quien está detrás de la función es Juan José Campanella, uno de los directores más brillantes de los últimos años. Hace eones, la señora Snoid y yo descubrimos por casualidad al director. Sin saber quién era el autor ni qué era aquella película, al azar entramos al cine a ver El niño que gritó puta (The Boy who cried Bitch, 1991). Asombrados quedamos ante la fuerza y convicción de un relato que, en otras manos, habría dado como resultado un film tremendista y maniqueo. La carrera del director ha proseguido con altibajos, pero sus películas, incluso las que podríamos tildar de “fallidas” siempre poseen momentos mágicos y felices. Con todo, Campanella cosechó un gran éxito en 2001 con El hijo de la novia, una de las comedias más divertidas y conmovedoras de los últimos tiempos, y después realizó la que quizá es la mejor película sobre la dictadura militar que sufrió Argentina en los años 70, El secreto de sus ojos. Con decirles que hasta su largo de animación, Futbolín, nos agrada... Y hay que señalar que Campanella no es uno de esos directores que si no pueden llevar a buen término un proyecto “personal” se queda de brazos cruzados. Ha dirigido capítulos de series como House y Ley y orden, demostrando que es un hombre que sabiamente combina su autoría con encargos más o menos dignos.


En El cuento de las comadrejas Campanella vuelve a demostrar su maestría llevando a buen puerto un guión quizá demasiado brillantemente “literario”. Y cuenta con la inestimable ayuda de un reparto casi perfecto. ¿Qué podemos decir de Mundstock, si cada vez que aparece en escena pensamos que se va a arrancar con “El célebre compositor Johann Sebastian Mastropiero...”, o el director que magníficamente encarna Óscar Martínez, quizá lo mejor del reparto? Incluso Clara Lago está muy bien interpretando a una perfecta hija de puta (con acento lunfardo). En definitiva, una comedia muy recomendable. Si aún la exhiben en algún multicine de su centro comercial predilecto corran a verla: la han estrenado como de tapadillo y con mínima publicidad.



El cuento de las gitanillas

Al salir de la sala donde se proyectaba El cuento de las comadrejas, la señora Snoid y un servidor nos topamos con un nutrido grupo de chiquillas de etnia gitana, de entre doce y dieciséis años, que a su vez evacuaban el cine donde ponían Los años más bellos de una vida, enésimo regreso de Claude Lelouch a su gran éxito Un hombre y una mujer. Atónitos nos quedamos. Y desplegamos la antena por si las niñas comentaban la jugada. Nuestra sorpresa se convirtió en genuino estupor: “¡Qué bonita!”, “Me ha gustado mogollón”, “Una preciosidad”. Concluimos que, al menos para el cine francés, todavía hay esperanza. Y esta se halla en la chiquillería gitana. La señora Snoid, en un alarde de maldad insólito en tan angélico ser, sentenció: “Indudablemente, la falta de escolarización es a veces una ventaja”. No todo está perdido.

viernes, 27 de septiembre de 2019

ESTRENOS DE OCASIÓN: ÉRASE UNA VEZ EN... HOLLYWOOD (ONCE UPON A TIME... IN HOLLYWOOD, Quentin Tarantino, 2019)




por el señor Snoid

Crean que nos ha costado un poco escribir un comentario sobre Érase una vez... en Hollywood, pues durante los meses previos al estreno, la inefable publicidad se empeñó en ponernos al tanto sobre la “familia” Manson y el tremebundo asesinato de Sharon Tate, el célebre peluquero y esos otros pobrecillos que tuvieron la mala suerte de estar en el sitio equivocado en el peor momento posible; además de informaciones varias sobre el célebre obseso sexual Roman Polanski o que el personaje de Leonardo DiCaprio se inspiraba en el Clint Eastwood de Rawhide pre-Malpaso. Esperábamos ilusionados que los plumillas nos ilustraran sobre la conexión Terry Melcher-Doris Day-Dennis Wilson-Charles Manson, pero no cayó esa breva. Asimismo, llegamos a leer, con gran gozo y provecho, una encuesta realizada a profesoras universitarias de lo audiovisual sobre si “¿Las mujeres en las películas de Tarantino están o no empoderadas (sic)?” La respuesta fue casi unánimemente afirmativa. Aunque hay que hacer constar que un comentarista le reprochaba agriamente a Quentin que el único personaje al que se humilla en el film es un oriental (Bruce Lee). En efecto: todo estrictamente cinematográfico.

Posiblemente Tarantino ha conseguido su película más redonda desde Jackie Brown. Hay una calidez en la mirada a los personajes que emparenta Érase una vez... con el cariño que el director mostraba en aquella cinta por los personajes de Pam Grier y Robert Forster. Una sola escena sirve de ejemplo: Sharon Tate (Margot Robbie) ve que ponen en un cine de barrio una película en la que ella aparece y decide entrar para verse en la pantalla. A pesar de que la película es obviamente infame (La mansión de los siete placeres: The Wrecking Crew, Phil Karlson, 1967) y la escena, que arranca con el diálogo entre Sharon, la taquillera y el gerente del cine, podría haber sido ridícula, resulta sin embargo extrañamente conmovedora: ¡la alegría de esa chica viéndose en el cine, aunque sea en un film penoso! La espléndida interpretación de Margot Robbie ayuda no poco a que el espectador sienta simpatía por un personaje tan ingenuo y vital (por otro lado, previamente Sharon ha adquirido en una librería de lance una primera edición de Tess para regalársela a su marido). Unos pocos trazos le bastan a Tarantino para dibujar con precisión a la actriz.

Sharon tate y Dean Martin en La mansión de los siete placeres

Aunque sea el personaje de Tate el eje del film, la mayor parte del metraje se dedica a mostrarnos las peripecias de Rick Dalton (DiCaprio) y Cliff Booth (Brad Pitt). Algo que no se entiende demasiado bien es la devoción que el especialista (Pitt) siente por el actor en horas bajas (DiCaprio), pues este, amén de llorica, es un zoquete de cuidado. No obstante, empezamos a contemplarle con otros ojos cuando se ve obligado a aceptar un papel de villano en un misérrimo western (cuyo héroe es ¡Timothy Olyphant! Sí: el sheriff Bullock de Deadwood: Quentin no da puntada sin hilo). Las escenas de Di Caprio con la muy repelente niña actriz son magníficas y aportan una dimensión sorprendente a un personaje que, hasta ese momento, resulta un tanto plano. Y Pitt lleva las riendas en una de las mejores escenas de la película: aquella en la que visita el “rancho”, antigua localización de rodaje de westerns y ahora residencia de la “familia” Manson. Escena magníficamente rodada y montada, plena de tensión, en la que la amenaza y el peligro son palpables... hasta que Tarantino, en uno de sus habituales cambios de tono, consigue que el espectador respire aliviado.

Tony Curtis y Sharon tate en el rodaje de No hagan olas (Don´t make waves, Alexander Mackendrick, 1967)


No todo es, por desgracia, tan brillante en Érase una vez... en Hollywood. Hay quizá un exceso de momentos en los que los personajes conducen por Los Angeles con la radio a toda pastilla y se nos obliga a escuchar a Los Bravos o al atroz José Feliciano. Afortunadamente, el grupo que más aparece en la banda sonora es Paul Revere & The Raiders (aunque no su gran éxito “Kicks”: astuto Quentin). También hay una enorme cantidad de movimientos de cámara con grúa: algunos plenamente justificados y otros quizá no tanto (la mirada del director a sus criaturas suele ser frontal; una elección que proporciona bastante calidez a la historia), o tal vez Tarantino ha sucumbido a la tentación de mostrar el estupendo diseño de producción. En cuanto a las múltiples referencias cinematográficas, hay que admitir que, en efecto, las hay a millares, y aunque en ocasiones uno puede tener la sensación de estar ante una partida de Trivial para cinéfilos enloquecidos, el film puede disfrutarse sin prestar demasiada atención al inevitable exhibicionismo del director. Y asimismo hay que mencionar que Al Pacino, que no hacía más que rechazar papeles en los años 70 y 80, ahora se apunta a lo que le echen.


En contra de lo que pudiera parecer, la película no es un homenaje al cine de Hollywood. En 1969 la industria norteamericana se hallaba en horas muy bajas. Easy Rider se estrenaría ese año, provocando un gran desconcierto en los gerifaltes de los estudios, que aún se empeñaban en gastarse fortunas en cosas como El extravagante doctor Dolittle (la de Rex Harrison, no la de Eddie Murphy). Y aún faltaban unos años para la llegada de Coppola, Bogdanovich, De Palma, Cimino, Milius y compañía, quienes  —brevemente— se hicieron con el cotarro. El homenaje está dedicado a los marginados de la industria: al actor al que han cancelado su serie y tiene que aceptar trabajos en Italia; a la actriz prometedora y brillante que será brutal y absurdamente asesinada, o al especialista, ya muy baqueteado, que recoge las migajas de esa industria del cine de, en apariencia, brillantes oropeles. En definitiva, un film muy estimable que nos reconcilia con el mejor Tarantino.

Sharon Tate en El baile de los vampiros

domingo, 30 de junio de 2019

LIBROS DE OCASIÓN: "ESPACIO PARA SOÑAR" (David Lynch y Kristine McKenna, Reservoir Books, 2018)





por el señor Snoid


Volumen que entusiasmará a los fanáticos de David Lynch y que a algunos de sus admiradores nos ha dejado asombrados. Asombrados porque el volumen combina dos géneros literarios: la hagiografía (o Vida de un santo) y la autobiografía. Lo explicaremos: se alternan capítulos escritos por Kristine McKenna en los que se hace un repaso de la vida y obra del director —con abundancia de testimonios de colegas, amigos y colaboradores— junto con otros del propio Lynch, en los que comenta, explica y hasta en ocasiones rectifica el texto previo de la coautora. Aunque, malpensados como siempre, mucho nos tememos que David no ha escrito una sola línea. Sus fragmentos dan toda la impresión de ser la transcripción de cintas grabadas que un paciente escribano ha pasado a limpio. No obstante, este hecho no le quita interés al libro. Ni muchísimo menos.

El Lynch legendario

Dado que los análisis fílmicos que realiza McKenna son escuetos y no añaden nada nuevo a lo que cualquier aficionado sabe o intuye sobre el cine de Lynch, lo mejor del libro se halla en la descripción de los métodos de trabajo del director y en sus muy particulares obsesiones. Estas son las que conoce todo el mundo, pero corregidas y ampliadas. Por ejemplo, Raffaella De Laurentiis tuvo que someterse a una histerectomía y David, al enterarse, le pidió que le regalara su útero, a lo que ella accedió. Pero los galenos del hospital pensaron que estaba algo trastornada, se deshicieron del órgano y entonces la hija de Dino le dio el cambiazo por un útero de vaca: ”Supongo que lo conservó en la nevera hasta que alguna de sus mujeres lo tiró a la basura”.

Los numerosos testimonios coinciden en que los rodajes de David son de un buen rollo fenomenal. Amable y obsequioso con técnicos y actores, todos los entrevistados adoran a Lynch. Aunque alguno muestre su extrañeza por su, en ocasiones, curiosa conducta. Por ejemplo, durante el rodaje de la célebre escena “Papaíto entra en casa” de Terciopelo azul, el director se reía a carcajadas mientras rodaba los planos. Nosotros admitimos que la violación de Frank Booth a Dorothy Valens nos sumió en un estado de pánico y estupor. Hay que reconocer, sin embargo, que ello no debió perturbar demasiado a los actores (sobre todo a Dennis Hopper), ya que el resultado final es escalofriante.



Lynch, monógamo en serie

Ustedes quizá habrían pensado que David, al ser ligeramente excéntrico, poseer un notable acento de paleto del Medio Oeste y estar totalmente volcado en su trabajo, no iba a ser precisamente un Casanova. Todo lo contrario. Las mujeres adoran a David y David adora a las mujeres. No nos sorprendió la revelación de que, en su etapa en el instituto, “cambiaba de novia cada semana”. Y es que este hombre es un encanto: amable, detallista (friega los platos y barre: esto, al parecer, entusiasma a algunas mujeres) y cariñoso. Y además posee un rasgo que todo Ladies’ man explota consciente o inconscientemente: su atractivo apela al instinto maternal de las tías. De hecho, el otro día estaba un servidor de ustedes viendo un par de capítulos de Twin Peaks (III) y cuando acabaron, la señora Snoid, que no se había dignado a echar siquiera una ojeada a un fotograma, pero que oía en la distancia, comentó: “Hay que ver qué mala es la música de las pelis de este muchacho” (pensando sin duda en alguna de las atroces actuaciones en el garito “Bang Bang” que cierra algunos episodios). Yo pensé: “¡Ese muchacho nació en 1946!”. Y es que ellas se pirran por un niño grande, no nos engañemos. E incluso cuando la conducta de Lynch no es muy caballerosa, las pobrecillas tienden a echarse la culpa. Cuenta Isabella Rossellini que David cortó con ella por teléfono en plan “No quiero volver a verte”. Qué feo. E Isabella añade: ”Durante años, pensé que era culpa mía por no hacer Meditación Trascendental”.



Lynch y la industria

No en general, claro, pues David es un enamorado de las fábricas, chimeneas gigantes, hollín, aserraderos, llaves inglesas y herramientas de todo tipo: a la industria del cine nos referimos. Cualquier seguidor de Lynch conoce bien los avatares de su frustrado proyecto Ronnie Rocket, guión que ha sido su obsesión desde los primeros ochenta. O cosas como One Saliva Bubble. Lo que ignorábamos es que nuestro hombre tenía un muy prometedor proyecto entre manos, Love in Vain, sobre el bluesman Robert Johnson y su famoso pacto con el diablo: “Lo que transmite el guión  es que los negros tienen un universo propio,  y que ningún blanco sabe qué pasa ahí. Hay música, hay sexo, hay latas de Sterno (etanol y alcohol gelatinoso) y amuletos y pinares y garitos con gramolas y mucho vagar sin rumbo y gente retándose”. Lo de los “pinares” nos da qué pensar, pero, así contado, es una desgracia que esta película no llegara a realizarse...



Lynch y sus ídolos

No cabe duda de que los años 50 marcaron a Lynch. Poco antes de  rodar Carretera perdida, le ofreció un breve papel a Marlon Brando. La cosa consistía en una escena en la que Brando y Harry Dean Stanton, vestidos de mujer, improvisaban una escena tomando el té. Pero Marlon leyó el guión y sentenció: “Basura pretenciosa”. Ello no arredró a David, quien, una vez acabada la película, organizó un pase exclusivo para el actor, que Brando vio degustando varias hamburguesas aderezadas con gominolas. Al día siguiente telefoneó a Lynch: “Es muy buena. Pero no harás ni un centavo con ella”. Pero no sólo es Brando: piensen en Hope Lange, Russ Tamblyn o Don Murray, quien ya andaba por los ochenta tacos cuando interpretó al jefe de Kyle MacLachlan en Twin Peaks: el tipo no había perdido un ápice de su simpatía y carisma. Verle ahí, erguido como una estaca, te hacía recordar Bus Stop o Del infierno a Texas. Y es que David siempre ha tenido un ojo (y oído) excepcional para el casting.



El Lynch religioso

Cuenta David que un día fue con su hija Jennifer a desayunar y en el local había unos parroquianos hablando de dios y de ciertos pasajes de la Biblia: “Qué bien, pensé, que haya gente hablando de estas cosas un domingo por la mañana”. Y su hija le dice: “¿Sabes quién es el que sentado ahí detrás? El líder de la Iglesia de Satán”. No es este el único encontronazo de David con las Sagradas Escrituras: “Una vez el doctor Hagelin dijo que la Biblia está escrita en código y que bajo una luz incandescente es una cosa, pero que bajo una luz espiritual  es otra muy distinta. Un día me encontraba en el salón, cojo la Biblia, me pongo a leer y, mira por dónde, la página se iluminó y se hizo el milagro. Tuve la impresión de que la página se volvía casi blanca, y lo que estaba escrito allí iluminó una cosa mucho más grande y todo se volvió claro”. No cuenta David, por desgracia, si estaba inmerso en el Libro de los Reyes, el de Job, el Eclesiastés, el Apocalipsis (“Revelación” para los anglosajones) o las cartas de San Pablo a los Efesios. Y es una putada, porque nosotros hemos intentado repetir el experimento... y nada.

La cuestión es que David es un apasionado de la meditación trascendental y su gurú era el difunto Maharishi Mahesh Yogi (a quien, por cierto, está dedicado el volumen). Seguro que lo recuerdan. Era el santón hindú que les dio unos cursillos acelerados de santidad a los Beatles, junto con otros famosos, en la India en 1967. La cosa se torció cuando, al parecer, el Maharishi intentó violar a Mia Farrow (¡la de cosas que le han pasado a esta muchacha!), Lennon se cabreó, obligó a los demás a hacer las maletas y un año después le dedicó la canción Sexy Sadie del Álbum Blanco. En 1971, Lennon recordaba al “viejo rijoso” cuando le dijo que se largaban. El Yogi le preguntó “¿Por qué?”. Lennon: “Si tan cósmico eres, lo sabrás”. Ringo, al comentar la experiencia, remachó: “Era como Dingles” (su instituto de secundaria, donde lo pasó fatal). No obstante, parece que a David esto de la Meditación le va de maravilla e incluso, pese a su timidez, ha hecho varias giras en favor de la causa.


Llegados aquí, pensarán ustedes que nos hemos tomado este libro un poco a chacota. Es posible. Pero hemos de insistir: no es un análisis de la obra de Lynch y sí una entretenidísima biografía con abundante anecdotario. Que nos ha animado a repasar toda la obra de Lynch, por otra parte. Y hemos salido de la experiencia de lo más satisfechos. Todo nos ha parecido igual o más brillante que como lo recordábamos. Incluso naderías como algún cortometraje (The Cowboy and the Frenchman) o los escasos episodios de On the Air. Los anuncios de pasta Barilla y de perfumes varios no los hemos repasado. Sin embargo hemos de admitir que Fire Walk with Me nos sigue dejando fríos... Pero es que quizá el mundo de Laura Palmer no nos entusiasma tanto como a David...

Además, es un volumen espléndidamente cuidado: hermosas fotografías en glorioso blanco y negro, apéndices exhaustivos sobre la filmografía y actividades pictóricas de David, índices temáticos y onomásticos, notas... La traducción es estupenda, pese a alguna pifia ocasional (algo inevitable en un libro de más de 700 páginas). Ahora bien, si David dice algo tipo “Bob Dylan. La rehostia”, nosotros siempre estamos dándole vueltas durante días a la cuestión: “¿Cómo se dirá la rehostia en inglés?”. Reconocemos que somos así de tarugos...

Ha poco la editorial Shangrila ha sacado un volumen colectivo que analiza Carretera perdida. Paseos con David Lynch. Roberto Amaba (coordinador), 33. Sin duda, un buen complemento de este Espacio para soñar.


David Lynch y Kristine MacKenna. Espacio para soñar. Trad. de Aurora Echevarría y Luis Murillo. Reservoir Books, Barcelona, 2018.

miércoles, 1 de mayo de 2019

MUJERES, CURRO Y FEMINISMO: SIETE MUJERES ( 7 Women, John Ford, 1965)




por el señor Snoid

Para Di, nuestra doctora Cartwright particular



¿Feminista Ford? Sin duda él se habría reído mucho de tal etiqueta, así como desdeñaba cualesquiera otras con las que solían adularle. Sin embargo, no es aventurado definir su última película, Siete Mujeres, como una obra feminista.

Bien pensado, Ford había elaborado en su extensa filmografía un buen número de retratos de mujeres fuertes e independientes (las madres de Las uvas de la ira y Qué verde era mi valle, la Maureen O’Hara de El hombre tranquilo y The Wings of Eagles o la Clementine Carter de My Darling Clementine, alguien que es capaz de atravesar todo el oeste, “de pueblo minero a pueblo minero, de pueblo ganadero a pueblo ganadero”, en busca de Doc Holiday, y tantas otras más).


El comienzo de Siete Mujeres sigue un habitual patrón fordiano: el protagonista llega a un lugar donde resolverá un conflicto, bien a su pesar (My Darling Clementine), gozosamente (El joven Lincoln), o provocará desastres (El hombre que mató a Liberty Valance). Aquí la doctora Cartwright (Anne Bancroft: espléndida) llegará para quedarse, pero a diferencia del Sean Thorton de El hombre tranquilo, no para llevar una existencia feliz, sino para sacrificarse y, a la postre, poner fin a su vida.
  
La escena es ejemplar. Destaca el momento previo en el que Emma (Sue Lyon) y los niños chinos cantan “Yes, Jesus loves me”, tonada que los críos no entienden en absoluto, y acto seguido aparece la protagonista en forma de figura cristológica: montada en una mula a su llegada a Jerusalén. Pero no se la recibe con alborozo. La recepción es glacial y se subraya el hecho de que “es una mujer”. Sin embargo, Ford, en unas pocas pinceladas, muestra la determinación, dureza de carácter (y hasta arrogancia) de la doctora Cartwright.


Su enfrentamiento con la directora de la misión (Agatha Andrews: Margaret Leighton) es uno de los ejes del film. En parte gracias al guión, en parte a la soberbia interpretación de la actriz, la señorita Andrews está lejos de ser una villana unidimensional. La hemos visto en una escena previa, cuando a duras penas logra contener la atracción que experimenta por la joven Emma:



Y es con la doctora Cartwright con quien Andrews va a sincerarse. Muy hábilmente, Ford invierte los papeles en la escena: es la misionera quien se confiesa con la atea y descreída doctora. La locura final del personaje (tilda a Cartwright de “Puta de Babilonia”) no se debe tanto a un deseo sexual insatisfecho ni a que su mundo (la misión) se hayan derrumbado. Ha acabado por entender que toda su vida ha sido inútil, que ha sido una farisea que ha visto en el espejo una figura realmente evangélica (la doctora) e, incapaz de soportarlo, se refugia en la demencia.


   
Tras varios días sin descansar debido a la epidemia de cólera, Cartwright llega borracha a la ritual cena de las misioneras. Y ella también se confiesa: recalca lo duro que es para una mujer hallar un trabajo decente de médico, cómo ella también ha fracasado en su vida amorosa... pero no se arrepiente de nada. Si para Andrews el sentido de la vida es salvar almas, el de la doctora es salvar vidas. Andrews fracasará donde Cartwright triunfa.


  
Pero las otras mujeres han entendido por fin cuál era el propósito, que hasta entonces no habían cumplido, de su misión religiosa. Así, el maravilloso momento de la despedida entre la doctora y la que fue “la mano derecha” de Andrews, la al principio pacata señorita Dunnock (Jane Argent):



Y al final, Cartwright se sacrificará por todas ellas. Pero es demasiado fuerte y corajuda para convertirse en la concubina de un violento bandolero chino. Ford sigue la lógica del carácter del personaje y nos ofrece uno de los finales más bellos y tristes de toda su obra:



  
Nota Bene: Si han llegado hasta aquí, nuestros amables lectores habrán advertido que algunos fragmentos están en V. O. y otros doblados. No se trata de un gazapo: queríamos que los lectores entendieran bien ciertos diálogos. Ya saben lo que escribió Joyce: “Adiós, obrilla mía: ¡saluda al mundo!/Te escribí, aunque me pesa,/en la triste y acerba lengua inglesa.”

lunes, 29 de abril de 2019

LOS OLVIDADOS: OLGA CHEJOVA (y III)








por el señor Snoid



Habíamos dejado esta saga en el momento en que las tropas soviéticas, al más puro estilo wagneriano que tanto entusiasmaba a Hitler, arrasaban lo poco que quedaba por arrasar en Berlín y se dedicaban con deleite al pillaje y la violación. Unos soldados irrumpieron en el apartamento de Olga, y esta, hablándoles en ruso con tono altivo e imperial, exigió ver a sus superiores. En pocos días Olga regresaba a la madre Rusia. Allí estuvo un par de meses, habitando en una espléndida dacha cuando no se la conducía a un piso franco de la NKVD para ser interrogada. La versión oficial relata que estos interrogatorios se centraban en la obsesión que aún tenía Stalin sobre Hitler: se preguntaba el bueno de Josef cómo era posible que un monstruo como Adolf hubiera encandilado tanto al cultísimo pueblo germano. Sinceramente, no creemos que Stalin fuera tan cretino. Lo más probable es que la NKVD la interrogara sobre sus pasadas actividades durante la guerra, se le dieran instrucciones de cara a su regreso a Alemania, o, dado que a Olga la había reclutado el GRU y los distintos servicios de inteligencia soviéticos se espiaban también entre sí, la NKVD quisiera recabar toda la información posible.

El castillo Vogeloed: primera aparición de Olga en el cine


Otra leyenda muy bella procede de esos meses moscovitas. La compañía del Teatro del Arte tuvo la ocurrencia de celebrar la victoria soviética con una representación de El jardín de los cerezos, obra que ya habían representado unas 10.000 veces. Al término de la función, la tía de Olga y viuda de Antón Chejov, Olia, salió a saludar, reconoció a su sobrina entre el público y se desmayó. Teniendo en cuenta que el teatro estaba abarrotado y que tía y sobrina no se habían visto a lo largo de más de veinticinco años, la anécdota nos parece preciosa, pero francamente improbable.

Vuelta a Berlín. Olga ocupa una mansión en el sector soviético, pero pasa con total facilidad a los sectores controlados por británicos, franceses y norteamericanos como Pedro por su casa. Recibe visitas de decenas de periodistas occidentales y ella niega cualquier actividad relacionada con el espionaje y deja bien claro que despreciaba a los gerifaltes nazis. Cuando la situación comienza a calmarse, nuestra heroína decide retomar su carrera cinematográfica.




Aunque ya no era precisamente una jovencita, Olga ambicionaba volver al estrellato. Y ni corta ni perezosa fundó su propia productora, Venus Film Múnich/Berlín. Productora que no tardó en estrechar lazos con la antigua UFA, ahora propiedad del estado comunista alemán, para que sus coproducciones pudieran verse en la Alemania Oriental. Algo totalmente lógico, pues Venus Film fue financiada íntegramente con capital soviético, aunque este hecho se ocultó cuidadosamente. La industria cinematográfica se había trasladado a Múnich y allí marchó Olga con su nieta Vera, aspirante a actriz. Por desgracia, la empresa resultó un fracaso, pues tres de las primeras películas que realizó Venus Film (con una madura Olga como protagonista) no tuvieron el éxito esperado. Sin embargo, ello no arredró a la corajuda Olga: apareció (casi siempre en papeles secundarios) en más de veinte películas entre 1949 y 1974.

Un sombrero de paja de Italia: el sombrero de Olga desencadena toda la acción

     
En 1955 Olga se embarcó en otra aventura empresarial: la Olga Tschechowa Kosmetik, casa comercial dedicada a cremas y potingues femeninos que tuvo un éxito arrollador. Sin embargo, ¿quién, en una Alemania anterior al “milagro económico”, iba a tener dinero para adquirir estos carísimos productos cosméticos? Naturalmente, las esposas de los oficiales de la OTAN que poblaban la República Federal de Alemania en aquellos años. Y es que Olga organizaba saraos donde nunca faltaban invitaciones para estas damas, donde el cotilleo sería habitual y Olga inquiriría sutilmente sobre los rangos y actividades de los maridos de aquellas señoras, sin descuidar detalles triviales sobre la ubicación exacta de las bases de lanzaderas de cohetes nucleares o las características técnicas del nuevo submarino Polaris. Por otra parte, en 1955 Olga apenas tenía unos cientos de marcos, por lo que no sería paranoico deducir que la Olga Tschechowa Kosmetik tuviera una buena porción de accionariado soviético...

Las cremas de Olga son hoy cotizadas piezas de coleccionista



Por esta época ocurrió una anécdota espectacular que, a diferencia de tantas otras, sí es verdadera. Recordarán ustedes que a Elvis Presley, en la cima de su fama, le mandaron a hacer el servicio militar a Alemania en 1959. Pues bien: el Rey y la nieta de Olga, Vera, se conocieron en Múnich y se enamoraron: ello podría haber sido el broche de oro de la carrera de Olga: emparentar con Presley, y, de paso, emparentar a la familia Presley con la familia Chejov. Desafortunadamente, el idilio duró lo que duró la estancia de Elvis en Alemania.

En 1962, irónicamente, Olga recibió el Deutscher Filmpreis “por sus largos años de servicio a la industria cinematográfica alemana”. Irónicamente porque unos cuantos años antes Hitler la había nombrado Artista del Reich y los soviéticos le habían concedido la Orden de Lenin (de extranjis) en 1945.
   
En 1980 Olga contaba con ochenta y tres años de edad y padecía una dolorosa leucemia. Cuando se sintió morir, y como homenaje a su tío Antón Chejov, quien había expirado siguiendo el mismo ritual, pidió una copa de champán, la apuró y exclamó, ”La vida es bella”. Memorable final para una de las mujeres más notables (y desconocidas) del cine del siglo XX.