martes, 12 de marzo de 2019

ESTRENOS DE OCASIÓN: "Mula" (Mule, Clint Eastwood, 2018)





por el señor Snoid

La taquillera era una auténtica belleza (¿se podrá decir taquillera hoy en día?). Mientras esperábamos el turno en la cola me hallaba en un estado de contemplación religiosa (“Taquillero soy y a Taquillera adoro”) y pensaba que no era inadecuado adoptar una pose de anciano rijoso para ver una de Clint con Clint. Así que cuando llegó el momento anhelado susurré “Tres para la Mula” con las canillas temblequeantes. Ella debía estar en un similar trance místico (no por un servidor de ustedes, claro), pues la muy bruja me dio tres entradas para Capitana Marvel, y uno, en medio de la conmoción, ni se enteró. Así que entramos en la sala. Luces apagadas. Los sempiternos anuncios de Electrónica Toribio y Butique Chelsa. Después, un extraño homenaje a Stan Lee que me hizo despertar brevemente de mis cavilaciones sobre los Diálogos de Amor de León Hebreo. Más logo de Marvel. Un trailer que no parece un trailer. Y salimos disparados de la sala, yo disculpando la metedura de pata como pude (“Tranquilizarvos, que en las pelis Malpaso todo lo que se rueda va al montaje final”). Advertidos quedan ustedes de que los primeros diez segundos de Capitana Marvel no son nada prometedores.

Hacía tiempo que no veíamos una de Clint. Lo cierto es que las últimas daban un poco de miedo y preferíamos guardar el buen recuerdo de tantos gratos momentos pasados. De hecho, en la anterior que vimos, El francotirador, estuvimos a punto de abandonar en el momento en que el protagonista ve por la tele lo de las torres gemelas u 11-S. Zoom lento hacia el rostro del actor, que pone cara de “Esto es importante... ¡Esto es muy importante!”. Como un plano de Spielberg. No sabíamos que más adelante habría cosas aún peores.


En Mula, Clint está hecho una carraca, en efecto. Pero pensándolo bien, otros miembros del reparto están más hechos polvo que él. Los mucho más jóvenes Andy García y Laurence Fishbourne parecen a punto de estallar de un momento a otro. Y no de júbilo. Dianne Wiest lleva una rarísima máscara de plástico transparente en el rostro. ¡Y sólo tiene 70 tacos, no casi 90 como Clint! Y la hija de Clint, Allison, parece también muy machacada. Y como el resto del reparto lo integran narcotraficantes mexicanos (malos y feos) y polis gringos o agentes de la DEA (malos y feos) más la actriz que hacía de novicia en La monja, aquí nieta de Clint, pues todos los ojos se dirigen al anciano ídolo. Y cuando aparece alguna trama paralela (la investigación de la DEA: un tostón mal elaborado y peor escrito) estamos deseando que pasen a otra cosa y que salga Clint.



La droga dignifica al hombre

El transporte, que no el consumo: no se pongan a pensar mal. Como tantas veces, Clint interpreta a un personaje que no  ha abordado bien lo de la conciliación familiar y laboral (su hija y su ex-mujer le detestan). También, como tantas otras veces, es un veterano de la guerra de Corea (conflicto bélico que Clint evitó a toda costa: exactamente igual que como lo hubiéramos hecho ustedes y yo). También, como tantas otras veces, Clint es un viejales gruñón con un corazón de oro.

Reveses económicos obligan a Clint a convertirse en mula de un poderoso cartel mexicano. Y el tío lo hace tan bien que en pocos portes se convierte en una estrella de la distribución interestatal. Unos cuantos chascarrillos y la visión de un viejales que parece a punto de fenecer evitan toda sospecha policial. Y las suculentas recompensas dinerarias que recibe Clint van todas a buenas causas: la boda y estudios de su nieta, la rehabilitación del centro de veteranos de su barrio, una hipoteca pendiente sobre su desastrado negocio de floristería... Tal es el éxito de nuestro hombre que, a partir del tercer o cuarto porte, los mexicanos malos y malencarados ya sienten un cariño tremendo por el viejo, al que apodan Tata, le dan amistosas palmadas en la espalda, le colman de epítetos heroicos (“¡Fiera, que eres un fiera!”) e incluso le enseñan a enviar mensajes de texto con el móvil y a poner emoticones. Su fama llega a las alturas de las multinacionales de la drogadicción y el capo Latón (Andy García) da una fiesta en honor de Tata en su lujoso y horrendo rancho. Y tras los bailes latinos, cuando Clint pensaba que se iba a ir a la camita después de tomarse las pastillas para la tensión, su anfitrión ha dispuesto que dos siliconadas señoritas le den la noche: “¡Tengo que llamar a mi cardiólogo!”, exclama un alborozado Clint. Lo cierto es que la secuencia es una chuscada digna de Mariano Ozores con Esteso y Pajares, pero a Clint se le perdona todo, y cuenta más la angustia de pensar que le va a dar un jamacuco que su gimnasia sexual en la cuarta edad.



No crean que todo es así. Por lo habitual, los choques de Clint con un mundo desconocido para él (la carga, estiba y transporte de grandes cantidades de droga) provoca momentos francamente divertidos. Cosa distinta es cuando Clint, muy consciente de que a su edad se puede ser políticamente incorrecto (como en Gran Torino), hace chistes necios sobre los negros (mientras hace un porte, ayuda a un matrimonio negro a cambiar la rueda del coche: “Es un placer ayudar a unos morenos”) o sobre homosexuales (aquí, “lesbianas moteras”). Y también Clint se despacha a gusto dando consejos de abuelete sabio al agente de la DEA que le persigue (ambos comparten desayuno en un motel de carretera; el agente no sabe que tiene delante al hombre que busca) sobre que “No hay que descuidar a la familia. Es lo más importante. Yo descuidé a la mía y la perdí. Por eso, hijo...”. El agente pone cara triste y asiente. O al subordinado del capo, a quien le aconseja que deje esa vida porque “a esta gente no le importas nada”.


  
También hay momentos emotivos, como la despedida de Clint de su agonizante ex-mujer. En muchas de sus películas, estos momentos de “confesión y despedida” funcionan muy bien (recuérdese el final de Un mundo perfecto entre Costner y el crío, o el escalofriante momento en que Clint acaba con los sufrimientos de Hillary Swank en Million Dollar Baby). A pesar de que Clint no tiene medida: estas escenas siempre se alargan en exceso.


Mula no es una gran película, como tampoco lo era, a nuestro juicio, la muy alabada Gran Torino. Al igual que esta, es un film irregular, un tanto deshilvanado, en el que Clint se vuelca en las escenas que más le interesan y despacha rápidamente lo más innecesario (aquí, todo el cambalache de la DEA; no habíamos visto nunca lo fácil que era meter a un chivato en un cartel; tampoco unas oficinas de polizontes tan desangeladas: aquello parecía un decorado a medio construir). A Mula, como a Gran Torino, la perjudica el irregular guión de Nick Schenck. Si recuerdan, el viejo cascarrabias racista de Gran Torino empezaba a ver al joven chino con buenos ojos cuando este ayudaba con las bolsas de la compra a una anciana. Momento que nos deprimió. También carece de su dramatismo y tono épico final: aquí todo es más relajado; incluso el desenlace carece de todo énfasis, pese a la inevitable aparición de decenas de coches de policía, helicópteros y demás parafernalia: se crea un momento irónico, tal es la desproporción entre el despliegue de los polis y el frágil Clint. Más importante es que Clint haya recuperado el cariño de su familia. Lo cierto es que esta falta de dramatismo, o, más bien, cierta voluntad de no subrayar el dramatismo, es de agradecer. En ningún momento el personaje de Clint se plantea la moralidad o inmoralidad de sus actos; ni siquiera si lo que está haciendo es ilegal (aunque lo sabe de sobra, dada su pericia para dar esquinazo a polis bobos). Ello bien puede ser porque guionista y director no quieran meterse en terrenos movedizos, bien porque ahondar en ese aspecto habría dado una película muy distinta, bien porque aquí nada es realmente trascendente... excepto que Clint recupere el afecto de su familia. Este planteamiento se mantiene a rajatabla desde el principio del film: la situación económica de Clint no le obliga necesariamente a trabajar como correo; y tampoco se hace ningún énfasis moral en el estupendo plano que cierra la película. Mula es una digna despedida del Clint-icono delante de las cámaras. Aunque no nos fiamos: este hombre dentro de diez años es capaz de leer un guión sobre un geriátrico y protagonizarlo y dirigirlo...

martes, 15 de enero de 2019

NOVENTA AÑOS NO SON NADA




por el señor Snoid


Crean que estamos preocupados. O, en lenguaje llano, estamos hasta las narices. ¿De qué? De que mientras la ultraderecha avanza por doquier, mientras se restringe la libertad de expresión, mientras nuestras libertades civiles se estén convirtiendo en meros espejismos, la progresía que se dice “de izquierdas” se interese por temas como el maltrato animal, la cuota hombres/mujeres en puestos directivos, el lenguaje inclusivo o los sufrimientos del colectivo LGBT dentro de los confines del Imperio ruso (los padecimientos de los “otros” rusos parecen importar poco). No decimos que estos asuntos carezcan de importancia (unos más que otros, claro); sin embargo, ¿qué fue de los derechos de los trabajadores? ¿Qué función tienen hoy en día los sindicatos? ¿Cómo es posible que una pareja trabajadora, con sólo dos o un único hijo, o ninguno, se las vean y se las deseen para llegar a fin de mes? ¿Qué pasó con el derecho a “una vivienda digna”? ¿A nadie le importa vivir dentro de un Totalitarismo Capitalista?

Y esto, ¿qué tiene que ver con el cine? Pues que dentro de la perversa ideología o no-ideología que se nos pretende inocular está eso que se sintetiza en el horrible sintagma políticamente incorrecto, mantra que debe estar presente también en todo producto audiovisual, sea para adultos, para niños o para mascotas. “Amémonos los unos a los otros mientras dejamos que nos pisoteen” podría ser el primer mandamiento de esta moral laica tan perversa como la religiosa (ya perdonarán el tono apocalíptico), con la diferencia de que una está sustentada en el capitalismo y la otra en siglos de tradición teológica (con abundantes dosis de capitalismo, cierto: aquí todo el mundo ha leído a Max Weber). 

   
El cine siempre ha sido un instrumento ideológico (Pero Grullo nos ha ayudado a saltar esta valla). Lo que nos parece notablemente mezquino es el revisionismo bienpensante que se aplica (casi siempre desde una ignorancia apabullante y una total carencia de perspectiva histórica) al cine del pasado.



Hace poco se cumplieron 90 años del primer gran éxito de Disney, Steamboat Willie, que fue también la puesta de largo del ratón Mickey. Lean unos pocos comentarios acerca del aniversario, pues los “aniversarios” son también una de las piedras angulares de la cultura de hoy:


La historia de "Steamboat Willie" es floja, políticamente incorrecta y tiene poco o ningún diálogo. Pero el personaje marcó un hito en el mundo de la animación con su pista de sonido sincronizado, en la que Mickey silba y lanza frambuesas al irascible Capitán Pete, un gran gato que mastica tabaco. En unos siete minutos, los espectadores ven al Capitán Pete echando a patadas a Mickey Mouse del cuarto de máquinas; luego el ratón sube a bordo a Minnie con una grúa; balancea al gato por la cola, ahoga a un ganso y toca un teclado sobre unos cochinillos, mientras suena una canción folclórica desde las tripas de una cabra.
La Voz de América

Foi a 18 de Novembro de 1928 que aconteceu a estreia de "Steamboat Willie", a primeira animação da autoria de Walt Disney em pareceria com Ub Iwerks. Nesta trama, Mickey é um marinheiro que vive sob a prepotência de "Pete", o capitão do navio, personagem que se viria a tornar "João Bafo-de-Onça". O capitão masca tabaco, Minnie mostra a sua lingerie, a banda que dá música aos tripulantes recorre a animais como instrumentos musicais e tudo isto ainda hoje está conotado como politicamente incorrecto, imagem que Walt Disney iria corrigir mais tarde.
Porto Canal

Some earlier cartoons have been edited or completely shelved because of content that wouldn't exactly go over with the public these days. One is the previously mentioned Steamboat Willie—there's a scene that involves what would be considered animal cruelty today when Mickey swings a cat around by its tail and uses a goose as bagpipes.
L. A. Times



Juzguen ustedes mismos si esta horda de fariseos está en lo cierto o más bien sus reparos se deben a esa hipocresía moral que es una de las señas de identidad del mundo de hoy:



Suponemos que a esta gente tan moralista le preocupa sobre todo el devastador efecto que estas imágenes pueden provocar en el impresionable cerebro de los niños. ¡Como si a la Vanessa y al Jonatán no les regalaran un iPhone15 por su primera comunión y no pudieran ver todo tipo de salvajadas en formato HD! Porque desde los cinco o seis añitos ya tenían un móvil de capacidad inferior en el que veían lo que se les antojaba. Dejando de lado el hecho de que, hoy en día, a los niños, sean de 5 o 35 años, las imágenes en blanco y negro o cualquier cosa que parezca una pieza de arqueología les parecen una antigualla, un tostón y una absoluta pérdida de tiempo. Imaginamos que a estos guardianes de la conducta bienpensante les encantaría, por ejemplo, censurar El show de Rasca y Pica que ven los Simpsons y, ya puestos, censurar todo aquello censurable, pese a que el cine de animación actual, en líneas generales, sea de una corrección política extrema. Comparen los productos Disney/Pixar o Dreamworks con las viejas películas de Disney. No discutimos que el tío Walt fuera un genio. Ni tampoco negamos que fuera un visionario (todas las productoras grandes han acabado por imitar su modelo de negocio: explotación diversificada de un producto en parques temáticos, juguetes y quincallería varia). Lo que no quita para que nuestro hombre fuera asimismo un tanto, ejem, sociópata. Porque, ¿quién sino Walt se habría atrevido a matar a la madre de Bambi, o a mostrar que Bambi pasaba de su adorada Falina y del retoño de ambos?  Por lo menos hay que reconocer que, a ratos, los animales se comportaban como animales, no como seres humanos portadores de grandes dosis de moralina. O esa increíble escena de Dumbo, película que es un auténtico manual de atrocidades, en la que los obreros negros levantan la carpa del circo cantando esta significativa tonada:


¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!
¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!

De día y de noche igual
es trabajar sin descansar
pues no quisimos estudiar.

¡Cava! ¡Tira!
¡Cava! ¡Clava!
¡Cava! ¡Tira!
¡Clava! ¡Clava!
Cuando otros a dormir se van
y descansando en su casa están
los peones trabajamos más.

¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!
¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!

La paga se nos va en gastar;
jamás podremos un centavo ahorrar,
porque lo que ganamos todo lo gastamos.

Trabajar por la comida y una cama de aserrín.
Ni la lluvia ni tormentas nos habrán de detener.
Hay que levantar el circo, al patrón hay que servir.
¡Jala! ¡Ya!

Qué belleza, qué audacia y qué píldora ideológica tan característica del momento en que se realizó (1941). Esto sí que es cine político y no el agit-prop que intentaron hacer un Eisenstein o un Godard, quienes, en comparación, sí que hacían cine para niños... Comparen Dumbo con El Rey León, una pesadilla fruto de un enfebrecido estudiante de guión al que en la asignatura de “Literatura inglesa” le obligaron a leer Hamlet y en la de “Análisis fílmico” a ver Centauros del desierto; o con cualquiera de los recientes productos Disney/Pixar. Estos no carecen de adoctrinamiento, pero algunas consignas se han añadido, otras se han silenciado y algunas son recurrentes y se vierten una forma un tanto más encubierta (en el mejor de los casos). Volveremos a ello próximamente, y daremos un repaso a magnas obras como las Merrie Melodies, Pixie y Dixie, la animación checa, las genialidades de Chuck Jones o cómo la Disney pasó de realizar películas como Pinocho a Tod y Toby, y como daño colateral, de 20.000 leguas de viaje submarino a Polyanna...


lunes, 7 de enero de 2019

Estrenos de ocasión: "Un asunto de familia" (Manbiki Kazuko, Hirokazu Koreeda, 2018)





por el señor Snoid


Es curioso que con Un asunto de familia Hirokazu Koreeda haya logrado el reconocimiento universal y un cúmulo de premios festivaleros. Y no precisamente porque sea una mala película, sino porque nos parece un tanto inferior a otros films suyos más logrados, caso de After Life (1998), Nadie sabe (2004), De tal padre, tal hijo (2014), Nuestra hermana pequeña (2015), Después de la tormenta (2016) o la que es posiblemente hasta la fecha su obra maestra, Still Walking (2008). Trataremos de explicar el porqué de este tardío “descubrimiento”. 

Como en buena parte de la filmografía de Koreeda, Un asunto de familia trata de los vínculos, relaciones y vivencias de una familia. En este caso se trata de una (aparentemente) bastante disfuncional y que vive en una pobreza infame. Cuando llegamos a su hogar en los primeros compases del film nos topamos con la casa más desastrada y asquerosa que hayamos visto en una película japonesa. Yasujiro Ozu no habría filmado un solo plano en esa casucha y hasta nos atrevemos a afirmar que habría vomitado con atisbarla brevemente. Añadamos, además, que parte de la familia se halla cenando y que la “mamá” se está cortando las uñas de los pies entre sorbo y sorbo de tallarines (la señora Snoid estuvo a punto de devolver su kit-kat sobre la nuca del espectador que tenía delante).



La familia la componen una matriarca anciana, un matrimonio en el que él trabaja a ratos como peón del sector de la construcción —escaqueándose todo lo que puede—, ella como planchadora en una gigantesca planta de tintorería, una nieta que trabaja en un peculiar peep-show, un nieto que se dedica a robar en las tiendas (en ocasiones con la colaboración de papá, quien le ha adiestrado: la primera escena, en la que ambos realizan “la compra” en el supermercado, es un prodigio de ritmo y planificación, sin necesidad de incluir suspense alguno), y otra “nieta” adoptada al inicio del film. La niña vive con dos progenitores sumamente odiosos: el papá zurra a madre e hija y la mamá es una mujer amargada que —intuimos— también pega de lo lindo a su hijita de cinco años.

Los pobres también ríen

A pesar de su pobreza, esta familia es relativamente feliz. Sus miembros disfrutan unos de otros, comparten lo poco que tienen y no sólo son solidarios entre ellos: también con los demás. El ambiente en la pocilga que habitan es sumamente hedonista y divertido. El espinoso asunto de las mangancias queda resuelto por la declaración del nieto, Shota, “Papá dice que las cosas que hay en las tiendas no pertenecen todavía a nadie”. Y comienza a enseñar a su nueva hermana las peculiaridades del negocio, en el que la chiquilla demuestra ser una alumna aventajada.

Como es habitual en Koreeda, del retrato comunal se pasa a los retratos individuales: la nieta mayor Aki se toma su trabajo en el peep-show con una vocación casi misionera: no desprecia a sus clientes sino que incluso siente cierta conmiseración hacia ellos (gran escena en la que, tras el momento de la cabina, le sugiere a un cliente que pasen juntos a una habitación “para que se recueste en mi regazo o nos abracemos”. El momento resulta extrañamente conmovedor). La madre, Osamu, decide renunciar a su trabajo ante la amenaza de una compañera de denunciarla por haber “secuestrado” a la niña. La dureza y determinación de la mujer son parejas a las de la abuela del clan, y en parte es ella quien mantiene la armonía y proporciona el amor que necesitan sus allegados; en este sentido, su relación con la cría maltratada describe su carácter con unas breves pinceladas (“Nunca te pegaré”, le dice cariñosamente mientras le muestra una quemadura similar a una que porta la niña en un brazo: al principio del film, se había opuesto enérgicamente a que la recogieran). Su marido, claro está, es un inútil. Pero divertido.  Y un tanto patético. Y es que siempre es necesario tener un payaso en toda familia bien avenida. Sin embargo, la abuela posee un cierto halo de misterio que sólo se desvelará (desafortunadamente) en la última parte del film.



Hay varios momentos memorables: así, la excursión de la familia a la playa. La abuela, sentada en la arena, contempla a su familia en la distancia, junto a la orilla, y susurra, “Gracias, gracias”. Gracias por tener una familia como esta. O el momento en que el tendero de un estanco al que Shota ha robado insistentemente les regala unos polos al chiquillo y a su nueva hermana y le espeta al muchacho: ”No le enseñes a robar a la niña. No es bueno para ella”. O cuando el propio Shota se deja atrapar por los dependientes de un supermercado y , acorralado, se tira desde un puente: Koreeda no nos muestra imagen alguna del chico: simplemente vemos cómo las naranjas que ha robado se esparcen por el suelo...

Sin embargo, hay un cierto desequilibrio en el tratamiento de los personajes. En principio, parece que contemplaremos la historia a través de los ojos de Shota; después es el punto de vista de la niña el que prevalece; de ahí pasamos al matrimonio, y, finalmente, a Aki, todos bajo la omnipresente y dominante figura de la abuela. Esta estructura no es que resulte confusa, pero de alguna forma tiende a dispersar nuestra atención sobre ciertos personajes en determinados momentos del film.



Algunos opinan que Koreeda es una especie de anti-Ozu. Habría que recordar que en muchas películas de Ozu el mal rollo familiar era frecuente y doloroso: otra cosa es que el director lo disimulara mediante su delicada puesta en escena y el preciosismo de sus encuadres. Y que los críticos e historiadores repitan hasta la saciedad que sus films trataban sobre la dicotomía modernidad/tradición: un reduccionismo sin duda útil, pero francamente insuficiente a la hora de describir la complejidad de su obra. La sutileza de Koreeda al mostrar las relaciones familiares es distinta en cuanto a la puesta en escena.

Por desgracia, Un asunto de familia flaquea en su último tercio, cuando tras la muerte de la abuela (a la que entierran en la propiedad familiar ya que no tienen con qué costear los gastos del sepelio: algo que nos dio ideas sobre ciertos familiares nuestros), de forma elegantemente simbólica, se descubre que “nada es lo que parece”. Y aunque Koreeda establece un evidente contraste entre lo que ha visto el espectador y las conclusiones (erróneas) que de los hechos extraen policías y burócratas de los servicios sociales, el metraje que se le dedica a esta parte “explicativa” es un tanto excesivo y se aportan demasiados datos —de forma, a nuestro entender, innecesaria. Y nos tememos que, en parte, el éxito del film radica aquí: en la apelación a la indignación del espectador que conoce la “verdad” frente a la ignorancia de las instituciones. En cierto sentido, la llegada de la niña es un anticipo de la catástrofe (de forma similar al argumento de A High Wind in Jamaica: la inocencia provoca desastres). No obstante, ello no impide que el resultado final sea excelente, aunque quizá menos brillante que el de algunas de las películas de Koreeda citadas arriba.