miércoles, 1 de mayo de 2019

MUJERES, CURRO Y FEMINISMO: SIETE MUJERES ( 7 Women, John Ford, 1965)




por el señor Snoid

Para Di, nuestra doctora Cartwright particular



¿Feminista Ford? Sin duda él se habría reído mucho de tal etiqueta, así como desdeñaba cualesquiera otras con las que solían adularle. Sin embargo, no es aventurado definir su última película, Siete Mujeres, como una obra feminista.

Bien pensado, Ford había elaborado en su extensa filmografía un buen número de retratos de mujeres fuertes e independientes (las madres de Las uvas de la ira y Qué verde era mi valle, la Maureen O’Hara de El hombre tranquilo y The Wings of eagles o la Clementine Carter de My Darling Clementine, alguien que es capaz de atravesar todo el oeste, “de pueblo minero a pueblo minero, de pueblo ganadero a pueblo ganadero”, en busca de Doc Holiday, y tantas otras más).


El comienzo de Siete Mujeres sigue un habitual patrón fordiano: el protagonista llega a un lugar donde resolverá un conflicto, bien a su pesar (My Darling Clementine), gozosamente (El joven Lincoln), o provocará desastres (El hombre que mató a Liberty Valance). Aquí la doctora Cartwright (Anne Bancroft: espléndida) llegará para quedarse, pero a diferencia del Sean Thorton de El hombre tranquilo, no para llevar una existencia feliz, sino para sacrificarse y, a la postre, poner fin a su vida.
  
La escena es ejemplar. Destaca el momento previo en el que Emma (Sue Lyon) y los niños chinos cantan “Yes, Jesus loves me”, tonada que los críos no entienden en absoluto, y acto seguido aparece la protagonista en forma de figura cristológica: montada en una mula a su llegada a Jerusalén. Pero no se la recibe con alborozo. La recepción es glacial y se subraya el hecho de que “es una mujer”. Sin embargo, Ford, en unas pocas pinceladas, muestra la determinación, dureza de carácter (y hasta arrogancia) de la doctora Cartwright.


Su enfrentamiento con la directora de la misión (Agatha Andrews: Margaret Leighton) es uno de los ejes del film. En parte gracias al guión, en parte a la soberbia interpretación de la actriz, la señorita Andrews está lejos de ser una villana unidimensional. La hemos visto en una escena previa, cuando a duras penas logra contener la atracción que experimenta por la joven Emma:



Y es con la doctora Cartwright con quien Andrews va a sincerarse. Muy hábilmente, Ford invierte los papeles en la escena: es la misionera quien se confiesa con la atea y descreída doctora. La locura final del personaje (tilda a Cartwright de “Puta de Babilonia”) no se debe tanto a un deseo sexual insatisfecho ni a que su mundo (la misión) se hayan derrumbado. Ha acabado por entender que toda su vida ha sido inútil, que ha sido una farisea que ha visto en el espejo una figura realmente evangélica (la doctora) e, incapaz de soportarlo, se refugia en la demencia.


   
Tras varios días sin descansar debido a la epidemia de cólera, Cartwright llega borracha a la ritual cena de las misioneras. Y ella también se confiesa: recalca lo duro que es para una mujer hallar un trabajo decente de médico, cómo ella también ha fracasado en su vida amorosa... pero no se arrepiente de nada. Si para Andrews el sentido de la vida es salvar almas, el de la doctora es salvar vidas. Andrews fracasará donde Cartwright triunfa.


  
Pero las otras mujeres han entendido por fin cuál era el propósito, que hasta entonces no habían cumplido, de su misión religiosa. Así, el maravilloso momento de la despedida entre la doctora y la que fue “la mano derecha” de Andrews, la al principio pacata señorita Dunnock (Jane Argent):



Y al final, Cartwright se sacrificará por todas ellas. Pero es demasiado fuerte y corajuda para convertirse en la concubina de un violento bandolero chino. Ford sigue la lógica del carácter del personaje y nos ofrece uno de los finales más bellos y tristes de toda su obra:



  
Nota Bene: Si han llegado hasta aquí, nuestros amables lectores habrán advertido que algunos fragmentos están en V. O. y otros doblados. No se trata de un gazapo: queríamos que los lectores entendieran bien ciertos diálogos. Ya saben lo que escribió Joyce: “Adiós, obrilla mía: ¡saluda al mundo!/Te escribí, aunque me pesa,/en la triste y acerba lengua inglesa.”

lunes, 29 de abril de 2019

LOS OLVIDADOS: OLGA CHEJOVA (y III)








por el señor Snoid



Habíamos dejado esta saga en el momento en que las tropas soviéticas, al más puro estilo wagneriano que tanto entusiasmaba a Hitler, arrasaban lo poco que quedaba por arrasar en Berlín y se dedicaban con deleite al pillaje y la violación. Unos soldados irrumpieron en el apartamento de Olga, y esta, hablándoles en ruso con tono altivo e imperial, exigió ver a sus superiores. En pocos días Olga regresaba a la madre Rusia. Allí estuvo un par de meses, habitando en una espléndida dacha cuando no se la conducía a un piso franco de la NKVD para ser interrogada. La versión oficial relata que estos interrogatorios se centraban en la obsesión que aún tenía Stalin sobre Hitler: se preguntaba el bueno de Josef cómo era posible que un monstruo como Adolf hubiera encandilado tanto al cultísimo pueblo germano. Sinceramente, no creemos que Stalin fuera tan cretino. Lo más probable es que la NKVD la interrogara sobre sus pasadas actividades durante la guerra, se le dieran instrucciones de cara a su regreso a Alemania, o, dado que a Olga la había reclutado el GRU y los distintos servicios de inteligencia soviéticos se espiaban también entre sí, la NKVD quisiera recabar toda la información posible.

El castillo Vogeloed: primera aparición de Olga en el cine


Otra leyenda muy bella procede de esos meses moscovitas. La compañía del Teatro del Arte tuvo la ocurrencia de celebrar la victoria soviética con una representación de El jardín de los cerezos, obra que ya habían representado unas 10.000 veces. Al término de la función, la tía de Olga y viuda de Antón Chejov, Olia, salió a saludar, reconoció a su sobrina entre el público y se desmayó. Teniendo en cuenta que el teatro estaba abarrotado y que tía y sobrina no se habían visto a lo largo de más de veinticinco años, la anécdota nos parece preciosa, pero francamente improbable.

Vuelta a Berlín. Olga ocupa una mansión en el sector soviético, pero pasa con total facilidad a los sectores controlados por británicos, franceses y norteamericanos como Pedro por su casa. Recibe visitas de decenas de periodistas occidentales y ella niega cualquier actividad relacionada con el espionaje y deja bien claro que despreciaba a los jerifaltes nazis. Cuando la situación comienza a calmarse, nuestra heroína decide retomar su carrera cinematográfica.




Aunque ya no era precisamente una jovencita, Olga ambicionaba volver al estrellato. Y ni corta ni perezosa fundó su propia productora, Venus Film Múnich/Berlín. Productora que no tardó en estrechar lazos con la antigua UFA, ahora propiedad del estado comunista alemán, para que sus coproducciones pudieran verse en la Alemania Oriental. Algo totalmente lógico, pues Venus Film fue financiada íntegramente con capital soviético, aunque este hecho se ocultó cuidadosamente. La industria cinematográfica se había traslado a Múnich y allí marchó Olga con su nieta Vera, aspirante a actriz. Por desgracia, la empresa resultó un fracaso, pues tres de las primeras películas que realizó Venus Film (con una madura Olga como protagonista) no tuvieron el éxito esperado. Sin embargo, ello no arredró a la corajuda Olga: apareció (casi siempre en papeles secundarios) en más de veinte películas entre 1949 y 1974.

Un sombrero de paja de Italia: el sombrero de Olga desencadena toda la acción

     
En 1955 Olga se embarcó en otra aventura empresarial: la Olga Tschechowa Kosmetik, casa comercial dedicada a cremas y potingues femeninos que tuvo un éxito arrollador. Sin embargo, ¿quién, en una Alemania anterior al “milagro económico”, iba a tener dinero para adquirir estos carísimos productos cosméticos? Naturalmente, las esposas de los oficiales de la OTAN que poblaban la República Federal de Alemania en aquellos años. Y es que Olga organizaba saraos donde nunca faltaban invitaciones para estas damas, donde el cotilleo sería habitual y Olga inquiriría sutilmente sobre los rangos y actividades de los maridos de aquellas señoras, sin descuidar detalles triviales sobre la ubicación exacta de las bases de lanzaderas de cohetes nucleares o las características técnicas del nuevo submarino Polaris. Por otra parte, en 1955 Olga apenas tenía unos cientos de marcos, por lo que no sería paranoico deducir que la Olga Tschechowa Kosmetik tuviera una buena porción de accionariado soviético...

Las cremas de Olga son hoy cotizadas piezas de coleccionista



Por esta época ocurrió una anécdota espectacular que, a diferencia de tantas otras, sí es verdadera. Recordarán ustedes que a Elvis Presley, en la cima de su fama, le mandaron a hacer el servicio militar a Alemania en 1959. Pues bien: el Rey y la nieta de Olga, Vera, se conocieron en Múnich y se enamoraron: ello podría haber sido el broche de oro de la carrera de Olga: emparentar con Presley, y, de paso, emparentar a la familia Presley con la familia Chejov. Desafortunadamente, el idilio duró lo que duró la estancia de Elvis en Alemania.

En 1962, irónicamente, Olga recibió el Deutscher Filmpreis “por sus largos años de servicio a la industria cinematográfica alemana”. Irónicamente porque unos cuantos años antes Hitler la había nombrado Artista del Reich y los soviéticos le habían concedido la Orden de Lenin (de extranjis) en 1945.
   
En 1980 Olga contaba con ochenta y tres años de edad y padecía una dolorosa leucemia. Cuando se sintió morir, y como homenaje a su tío Antón Chejov, quien había expirado siguiendo el mismo ritual, pidió una copa de champán, la apuró y exclamó, ”La vida es bella”. Memorable final para una de las mujeres más notables (y desconocidas) del cine del siglo XX.

martes, 23 de abril de 2019

ESTRENOS DE OCASIÓN: "GREEN BOOK" (Peter Farrelly, 2018)





por el señor Snoid


Habíamos oído hablar tanto y tan mal de esta película que nos picó la curiosidad. Y es que las objeciones que se la achacaban no nos parecieron muy convincentes. Primero, se acusaba al film de ser “históricamente poco riguroso”. Desconocíamos que hubiera tal cantidad de expertos sobre la Norteamérica de 1962. O sobre la vida y milagros del pianista Donald Shirley. Sin embargo, una película que se estrenó casi al mismo tiempo y que recibió todos los elogios de la crítica, La favorita, no tuvo que pasar por  el tamiz del puntillismo pseudohistórico, y, sin embargo, esta cinta se toma tal cantidad de libertades con hechos y personajes que mucho nos tememos que, o bien la crítica se mostró muy benevolente (puede que también mareada ante tanto gran angular y bóvedas en abanico) o bien lo ignora todo sobre la Inglaterra de la época de “Mambrú se fue a la guerra”. Otro argumento repetido hasta la saciedad era el que se verbalizaba más o menos así: “Ya verás cómo es la típica en la que el blanco le enseña al negro las verdades de la vida”. Paternalismo aparte, este argumento nos parece hasta... racista. Pues casi implica que Toni Lip (Viggo Mortensen) representa a todos los blancos y que Donald Shirley (Mahershala Ali) representa a todos los negros. Uno, como hombre negro, no se identifica mucho con Shirley (demasiado cursi), y, como hombre blanco, tampoco con Tony Lip (demasiado bestial). La tercera tacha del film es que su responsable, Peter Farrelly, se ha pasado toda su carrera haciendo mierda. Reconocemos que no hemos visto cosas como Dos tontos muy tontos, aunque guardamos un recuerdo imborrable de un momento de la única peli suya que hemos visto, Algo pasa con Mary: la escena que comparten Matt Dillon y un achicharrado perrito Yorkshire. De cualquier forma, y admitiendo que el señor Farrelly sólo haya participado en películas infames, no les ocultamos que nosotros creemos en la redención del ser humano. Aunque se trate de un director de cine gringo.

Donald instruye a Tony sobre el arte epistolar

El negro que tenía el alma blanca

Donald Shirley tiene un par de problemas. Pese a que es un virtuoso del piano, que acumula doctorados, grados, másters y diplomas (no expedidos por esa universidad en la que ustedes están pensando), es negro. Y gay. Y en 1962 no sabemos qué podría ser peor. Si reflexionan, la aceptación total del hombre negro homosexual es muy reciente, y, de hecho, en gran parte se debe al personaje de The Wire Omar Little. No es descabellado afirmar que hay una época antes de Omar y otra después de Omar, pues gracias a él todo varón heterosexual (blanco) deseó, siquiera brevemente, ser negro, gay, lucir un chirlo espectacular en la jeta, portar una recortada y llevar gabardina.


Sin embargo, las dificultades de Shirley son enormes: no encaja con sus hermanos negros (demasiado culto, demasiado sofisticadamente hortera), no encaja con el mundo de machos que le ha tocado vivir e incluso no puede tocar ni grabar la música que a él le apasiona. El film pasa de puntillas sobre su condición homosexual: sólo una breve escena en la que Lip le rescata de unos baños públicos donde el sheriff local le ha pillado con un chaperillo. Sorprende que el muy viril italoamericano Lip no se escandalice. Pero como dirá en otro momento del film, “He trabajado toda mi vida en clubes nocturnos”: algo que puede traducirse como “Sé muy bien lo que se cuece en los servicios de caballeros”. La soledad de Shirley se muestra de forma más eficaz en los sórdidos hoteles para negros donde tiene que alojarse en su gira sureña: se muestra incapaz de relacionarse con “su gente”, bien porque se siente demasiado “aristocrático” frente a los oprimidos negros sureños, bien porque aún es incapaz de comprenderlos.


  

Green Book funciona aceptablemente bien como comedia, chirría un tanto respecto a la descripción de los conflictos raciales y fracasa cuando adopta un tono excesivamente sentimental. En cuanto a la comedia, Viggo Mortensen se convierte sin esfuerzo en el centro de la función y algunos gags son desternillantes (la parada al cruzar la frontera de Kentucky para ¡degustar el pollo frito del Coronel Sanders! “El mejor que he probado. Debe ser que aquí es más fresco”, o cuando describe las virtudes pianísticas de Shirley: “Es como Liberace, pero mejor”). Asimismo, la película se cuida mucho de recalcar que Lip no es un mafioso ni quiere serlo: más que un wiseguy es simplemente streetwise. El asunto racial es un tanto contradictorio: aparentemente, Shirley se embarca en la gira por el Sur para demostrar (o demostrarse a sí mismo) la valía de un hombre negro. Sin embargo, su auditorio está compuesto por blancos ricachones que sojuzgan a los negros, por lo que Shirley aparece como una “rareza”, un producto exótico que sirve más para tranquilizar conciencias blancas que para provocar el orgullo de conciencias negras. No es el único equívoco del guión: al comienzo de la película vemos a Lip en una actitud francamente racista (arroja a la basura unos vasos que han usado unos obreros negros en su casa). Actitud que no casa muy bien con lo que vendrá después (acepta sin titubeos trabajar para Shirley). No obstante, Lip le hace saber a Shirley que el auténtico negro es él: “He vivido en Queens toda mi vida, conozco a mis vecinos, me he pasado toda la vida trabajando”: un interesante apunte sobre la torre de marfil en la que vive Shirley y de la que ha decidido ausentarse brevemente.


Tony degustando el auténtico Kentucky Fried Chicken

También podría argüirse que Green Book es la puesta al día (post-Obama) de aquellas pelis sesenteras tipo En el calor de la noche o Adivina quién viene a cenar esta noche. Pero quizá estas películas eran aún más tramposas: en la primera Sidney Poitier era un poli mucho más listo que los personajes interpretados por Rod Steiger o Warren Oates (tampoco era un logro extraordinario) y en la segunda se ganaba a los (falsamente) liberales Katharine Hepburn y Spencer Tracy, al demostrar que, pese al color de su piel, era más blanco que ellos.

Pese a todo, Green Book posee secuencias excelentes: por ejemplo, la que se desarrolla en el local “para negros” donde Shirley interpreta un complicadísimo Nocturno de Chopin... para a continuación juntarse con la banda del tugurio y tocar rhythm&blues... algo que por fin le permite conectar con “su gente”.


Donald en plan Honky Tonk Man

El director Farrelly no se permite ningún alarde estilístico. Algo, por otro lado, que es de agradecer. Cámara a la altura de los personajes. Ningún detalle que interfiera entre el espectador y la historia. El director simplemente deja que unos buenos actores se luzcan: la dirección al servicio de los intérpretes y del guión. Salvando las distancias, lo que hacían en el antiguo Hollywood gentes como Gordon Douglas o Michael Curtiz cuando contaban con un libreto decente y unos buenos actores.

Se puede objetar que el final del film es absolutamente inverosímil. Y en buena medida es cierto. Pero, por otro lado, ¿no son inverosímiles, ahora y cuando fueron realizadas, algunas de las mejores obras de Frank Capra? Green Book es una fábula: acertada en ciertos aspectos, demasiado explícita en otros, pero no se trata de una película tan despreciable como parte de la crítica se ha empeñado en tildarla.

martes, 12 de marzo de 2019

ESTRENOS DE OCASIÓN: "Mula" (Mule, Clint Eastwood, 2018)





por el señor Snoid

La taquillera era una auténtica belleza (¿se podrá decir taquillera hoy en día?). Mientras esperábamos el turno en la cola me hallaba en un estado de contemplación religiosa (“Taquillero soy y a Taquillera adoro”) y pensaba que no era inadecuado adoptar una pose de anciano rijoso para ver una de Clint con Clint. Así que cuando llegó el momento anhelado susurré “Tres para la Mula” con las canillas temblequeantes. Ella debía estar en un similar trance místico (no por un servidor de ustedes, claro), pues la muy bruja me dio tres entradas para Capitana Marvel, y uno, en medio de la conmoción, ni se enteró. Así que entramos en la sala. Luces apagadas. Los sempiternos anuncios de Electrónica Toribio y Butique Chelsa. Después, un extraño homenaje a Stan Lee que me hizo despertar brevemente de mis cavilaciones sobre los Diálogos de Amor de León Hebreo. Más logo de Marvel. Un trailer que no parece un trailer. Y salimos disparados de la sala, yo disculpando la metedura de pata como pude (“Tranquilizarvos, que en las pelis Malpaso todo lo que se rueda va al montaje final”). Advertidos quedan ustedes de que los primeros diez segundos de Capitana Marvel no son nada prometedores.

Hacía tiempo que no veíamos una de Clint. Lo cierto es que las últimas daban un poco de miedo y preferíamos guardar el buen recuerdo de tantos gratos momentos pasados. De hecho, en la anterior que vimos, El francotirador, estuvimos a punto de abandonar en el momento en que el protagonista ve por la tele lo de las torres gemelas u 11-S. Zoom lento hacia el rostro del actor, que pone cara de “Esto es importante... ¡Esto es muy importante!”. Como un plano de Spielberg. No sabíamos que más adelante habría cosas aún peores.


En Mula, Clint está hecho una carraca, en efecto. Pero pensándolo bien, otros miembros del reparto están más hechos polvo que él. Los mucho más jóvenes Andy García y Laurence Fishbourne parecen a punto de estallar de un momento a otro. Y no de júbilo. Dianne Wiest lleva una rarísima máscara de plástico transparente en el rostro. ¡Y sólo tiene 70 tacos, no casi 90 como Clint! Y la hija de Clint, Allison, parece también muy machacada. Y como el resto del reparto lo integran narcotraficantes mexicanos (malos y feos) y polis gringos o agentes de la DEA (malos y feos) más la actriz que hacía de novicia en La monja, aquí nieta de Clint, pues todos los ojos se dirigen al anciano ídolo. Y cuando aparece alguna trama paralela (la investigación de la DEA: un tostón mal elaborado y peor escrito) estamos deseando que pasen a otra cosa y que salga Clint.



La droga dignifica al hombre

El transporte, que no el consumo: no se pongan a pensar mal. Como tantas veces, Clint interpreta a un personaje que no  ha abordado bien lo de la conciliación familiar y laboral (su hija y su ex-mujer le detestan). También, como tantas otras veces, es un veterano de la guerra de Corea (conflicto bélico que Clint evitó a toda costa: exactamente igual que como lo hubiéramos hecho ustedes y yo). También, como tantas otras veces, Clint es un viejales gruñón con un corazón de oro.

Reveses económicos obligan a Clint a convertirse en mula de un poderoso cartel mexicano. Y el tío lo hace tan bien que en pocos portes se convierte en una estrella de la distribución interestatal. Unos cuantos chascarrillos y la visión de un viejales que parece a punto de fenecer evitan toda sospecha policial. Y las suculentas recompensas dinerarias que recibe Clint van todas a buenas causas: la boda y estudios de su nieta, la rehabilitación del centro de veteranos de su barrio, una hipoteca pendiente sobre su desastrado negocio de floristería... Tal es el éxito de nuestro hombre que, a partir del tercer o cuarto porte, los mexicanos malos y malencarados ya sienten un cariño tremendo por el viejo, al que apodan Tata, le dan amistosas palmadas en la espalda, le colman de epítetos heroicos (“¡Fiera, que eres un fiera!”) e incluso le enseñan a enviar mensajes de texto con el móvil y a poner emoticones. Su fama llega a las alturas de las multinacionales de la drogadicción y el capo Latón (Andy García) da una fiesta en honor de Tata en su lujoso y horrendo rancho. Y tras los bailes latinos, cuando Clint pensaba que se iba a ir a la camita después de tomarse las pastillas para la tensión, su anfitrión ha dispuesto que dos siliconadas señoritas le den la noche: “¡Tengo que llamar a mi cardiólogo!”, exclama un alborozado Clint. Lo cierto es que la secuencia es una chuscada digna de Mariano Ozores con Esteso y Pajares, pero a Clint se le perdona todo, y cuenta más la angustia de pensar que le va a dar un jamacuco que su gimnasia sexual en la cuarta edad.



No crean que todo es así. Por lo habitual, los choques de Clint con un mundo desconocido para él (la carga, estiba y transporte de grandes cantidades de droga) provoca momentos francamente divertidos. Cosa distinta es cuando Clint, muy consciente de que a su edad se puede ser políticamente incorrecto (como en Gran Torino), hace chistes necios sobre los negros (mientras hace un porte, ayuda a un matrimonio negro a cambiar la rueda del coche: “Es un placer ayudar a unos morenos”) o sobre homosexuales (aquí, “lesbianas moteras”). Y también Clint se despacha a gusto dando consejos de abuelete sabio al agente de la DEA que le persigue (ambos comparten desayuno en un motel de carretera; el agente no sabe que tiene delante al hombre que busca) sobre que “No hay que descuidar a la familia. Es lo más importante. Yo descuidé a la mía y la perdí. Por eso, hijo...”. El agente pone cara triste y asiente. O al subordinado del capo, a quien le aconseja que deje esa vida porque “a esta gente no le importas nada”.


  
También hay momentos emotivos, como la despedida de Clint de su agonizante ex-mujer. En muchas de sus películas, estos momentos de “confesión y despedida” funcionan muy bien (recuérdese el final de Un mundo perfecto entre Costner y el crío, o el escalofriante momento en que Clint acaba con los sufrimientos de Hillary Swank en Million Dollar Baby). A pesar de que Clint no tiene medida: estas escenas siempre se alargan en exceso.


Mula no es una gran película, como tampoco lo era, a nuestro juicio, la muy alabada Gran Torino. Al igual que esta, es un film irregular, un tanto deshilvanado, en el que Clint se vuelca en las escenas que más le interesan y despacha rápidamente lo más innecesario (aquí, todo el cambalache de la DEA; no habíamos visto nunca lo fácil que era meter a un chivato en un cartel; tampoco unas oficinas de polizontes tan desangeladas: aquello parecía un decorado a medio construir). A Mula, como a Gran Torino, la perjudica el irregular guión de Nick Schenck. Si recuerdan, el viejo cascarrabias racista de Gran Torino empezaba a ver al joven chino con buenos ojos cuando este ayudaba con las bolsas de la compra a una anciana. Momento que nos deprimió. También carece de su dramatismo y tono épico final: aquí todo es más relajado; incluso el desenlace carece de todo énfasis, pese a la inevitable aparición de decenas de coches de policía, helicópteros y demás parafernalia: se crea un momento irónico, tal es la desproporción entre el despliegue de los polis y el frágil Clint. Más importante es que Clint haya recuperado el cariño de su familia. Lo cierto es que esta falta de dramatismo, o, más bien, cierta voluntad de no subrayar el dramatismo, es de agradecer. En ningún momento el personaje de Clint se plantea la moralidad o inmoralidad de sus actos; ni siquiera si lo que está haciendo es ilegal (aunque lo sabe de sobra, dada su pericia para dar esquinazo a polis bobos). Ello bien puede ser porque guionista y director no quieran meterse en terrenos movedizos, bien porque ahondar en ese aspecto habría dado una película muy distinta, bien porque aquí nada es realmente trascendente... excepto que Clint recupere el afecto de su familia. Este planteamiento se mantiene a rajatabla desde el principio del film: la situación económica de Clint no le obliga necesariamente a trabajar como correo; y tampoco se hace ningún énfasis moral en el estupendo plano que cierra la película. Mula es una digna despedida del Clint-icono delante de las cámaras. Aunque no nos fiamos: este hombre dentro de diez años es capaz de leer un guión sobre un geriátrico y protagonizarlo y dirigirlo...

martes, 15 de enero de 2019

NOVENTA AÑOS NO SON NADA




por el señor Snoid


Crean que estamos preocupados. O, en lenguaje llano, estamos hasta las narices. ¿De qué? De que mientras la ultraderecha avanza por doquier, mientras se restringe la libertad de expresión, mientras nuestras libertades civiles se estén convirtiendo en meros espejismos, la progresía que se dice “de izquierdas” se interese por temas como el maltrato animal, la cuota hombres/mujeres en puestos directivos, el lenguaje inclusivo o los sufrimientos del colectivo LGBT dentro de los confines del Imperio ruso (los padecimientos de los “otros” rusos parecen importar poco). No decimos que estos asuntos carezcan de importancia (unos más que otros, claro); sin embargo, ¿qué fue de los derechos de los trabajadores? ¿Qué función tienen hoy en día los sindicatos? ¿Cómo es posible que una pareja trabajadora, con sólo dos o un único hijo, o ninguno, se las vean y se las deseen para llegar a fin de mes? ¿Qué pasó con el derecho a “una vivienda digna”? ¿A nadie le importa vivir dentro de un Totalitarismo Capitalista?

Y esto, ¿qué tiene que ver con el cine? Pues que dentro de la perversa ideología o no-ideología que se nos pretende inocular está eso que se sintetiza en el horrible sintagma políticamente incorrecto, mantra que debe estar presente también en todo producto audiovisual, sea para adultos, para niños o para mascotas. “Amémonos los unos a los otros mientras dejamos que nos pisoteen” podría ser el primer mandamiento de esta moral laica tan perversa como la religiosa (ya perdonarán el tono apocalíptico), con la diferencia de que una está sustentada en el capitalismo y la otra en siglos de tradición teológica (con abundantes dosis de capitalismo, cierto: aquí todo el mundo ha leído a Max Weber). 

   
El cine siempre ha sido un instrumento ideológico (Pero Grullo nos ha ayudado a saltar esta valla). Lo que nos parece notablemente mezquino es el revisionismo bienpensante que se aplica (casi siempre desde una ignorancia apabullante y una total carencia de perspectiva histórica) al cine del pasado.



Hace poco se cumplieron 90 años del primer gran éxito de Disney, Steamboat Willie, que fue también la puesta de largo del ratón Mickey. Lean unos pocos comentarios acerca del aniversario, pues los “aniversarios” son también una de las piedras angulares de la cultura de hoy:


La historia de "Steamboat Willie" es floja, políticamente incorrecta y tiene poco o ningún diálogo. Pero el personaje marcó un hito en el mundo de la animación con su pista de sonido sincronizado, en la que Mickey silba y lanza frambuesas al irascible Capitán Pete, un gran gato que mastica tabaco. En unos siete minutos, los espectadores ven al Capitán Pete echando a patadas a Mickey Mouse del cuarto de máquinas; luego el ratón sube a bordo a Minnie con una grúa; balancea al gato por la cola, ahoga a un ganso y toca un teclado sobre unos cochinillos, mientras suena una canción folclórica desde las tripas de una cabra.
La Voz de América

Foi a 18 de Novembro de 1928 que aconteceu a estreia de "Steamboat Willie", a primeira animação da autoria de Walt Disney em pareceria com Ub Iwerks. Nesta trama, Mickey é um marinheiro que vive sob a prepotência de "Pete", o capitão do navio, personagem que se viria a tornar "João Bafo-de-Onça". O capitão masca tabaco, Minnie mostra a sua lingerie, a banda que dá música aos tripulantes recorre a animais como instrumentos musicais e tudo isto ainda hoje está conotado como politicamente incorrecto, imagem que Walt Disney iria corrigir mais tarde.
Porto Canal

Some earlier cartoons have been edited or completely shelved because of content that wouldn't exactly go over with the public these days. One is the previously mentioned Steamboat Willie—there's a scene that involves what would be considered animal cruelty today when Mickey swings a cat around by its tail and uses a goose as bagpipes.
L. A. Times



Juzguen ustedes mismos si esta horda de fariseos está en lo cierto o más bien sus reparos se deben a esa hipocresía moral que es una de las señas de identidad del mundo de hoy:



Suponemos que a esta gente tan moralista le preocupa sobre todo el devastador efecto que estas imágenes pueden provocar en el impresionable cerebro de los niños. ¡Como si a la Vanessa y al Jonatán no les regalaran un iPhone15 por su primera comunión y no pudieran ver todo tipo de salvajadas en formato HD! Porque desde los cinco o seis añitos ya tenían un móvil de capacidad inferior en el que veían lo que se les antojaba. Dejando de lado el hecho de que, hoy en día, a los niños, sean de 5 o 35 años, las imágenes en blanco y negro o cualquier cosa que parezca una pieza de arqueología les parecen una antigualla, un tostón y una absoluta pérdida de tiempo. Imaginamos que a estos guardianes de la conducta bienpensante les encantaría, por ejemplo, censurar El show de Rasca y Pica que ven los Simpsons y, ya puestos, censurar todo aquello censurable, pese a que el cine de animación actual, en líneas generales, sea de una corrección política extrema. Comparen los productos Disney/Pixar o Dreamworks con las viejas películas de Disney. No discutimos que el tío Walt fuera un genio. Ni tampoco negamos que fuera un visionario (todas las productoras grandes han acabado por imitar su modelo de negocio: explotación diversificada de un producto en parques temáticos, juguetes y quincallería varia). Lo que no quita para que nuestro hombre fuera asimismo un tanto, ejem, sociópata. Porque, ¿quién sino Walt se habría atrevido a matar a la madre de Bambi, o a mostrar que Bambi pasaba de su adorada Falina y del retoño de ambos?  Por lo menos hay que reconocer que, a ratos, los animales se comportaban como animales, no como seres humanos portadores de grandes dosis de moralina. O esa increíble escena de Dumbo, película que es un auténtico manual de atrocidades, en la que los obreros negros levantan la carpa del circo cantando esta significativa tonada:


¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!
¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!

De día y de noche igual
es trabajar sin descansar
pues no quisimos estudiar.

¡Cava! ¡Tira!
¡Cava! ¡Clava!
¡Cava! ¡Tira!
¡Clava! ¡Clava!
Cuando otros a dormir se van
y descansando en su casa están
los peones trabajamos más.

¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!
¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!

La paga se nos va en gastar;
jamás podremos un centavo ahorrar,
porque lo que ganamos todo lo gastamos.

Trabajar por la comida y una cama de aserrín.
Ni la lluvia ni tormentas nos habrán de detener.
Hay que levantar el circo, al patrón hay que servir.
¡Jala! ¡Ya!

Qué belleza, qué audacia y qué píldora ideológica tan característica del momento en que se realizó (1941). Esto sí que es cine político y no el agit-prop que intentaron hacer un Eisenstein o un Godard, quienes, en comparación, sí que hacían cine para niños... Comparen Dumbo con El Rey León, una pesadilla fruto de un enfebrecido estudiante de guión al que en la asignatura de “Literatura inglesa” le obligaron a leer Hamlet y en la de “Análisis fílmico” a ver Centauros del desierto; o con cualquiera de los recientes productos Disney/Pixar. Estos no carecen de adoctrinamiento, pero algunas consignas se han añadido, otras se han silenciado y algunas son recurrentes y se vierten una forma un tanto más encubierta (en el mejor de los casos). Volveremos a ello próximamente, y daremos un repaso a magnas obras como las Merrie Melodies, Pixie y Dixie, la animación checa, las genialidades de Chuck Jones o cómo la Disney pasó de realizar películas como Pinocho a Tod y Toby, y como daño colateral, de 20.000 leguas de viaje submarino a Polyanna...


lunes, 7 de enero de 2019

Estrenos de ocasión: "Un asunto de familia" (Manbiki Kazuko, Hirokazu Koreeda, 2018)





por el señor Snoid


Es curioso que con Un asunto de familia Hirokazu Koreeda haya logrado el reconocimiento universal y un cúmulo de premios festivaleros. Y no precisamente porque sea una mala película, sino porque nos parece un tanto inferior a otros films suyos más logrados, caso de After Life (1998), Nadie sabe (2004), De tal padre, tal hijo (2014), Nuestra hermana pequeña (2015), Después de la tormenta (2016) o la que es posiblemente hasta la fecha su obra maestra, Still Walking (2008). Trataremos de explicar el porqué de este tardío “descubrimiento”. 

Como en buena parte de la filmografía de Koreeda, Un asunto de familia trata de los vínculos, relaciones y vivencias de una familia. En este caso se trata de una (aparentemente) bastante disfuncional y que vive en una pobreza infame. Cuando llegamos a su hogar en los primeros compases del film nos topamos con la casa más desastrada y asquerosa que hayamos visto en una película japonesa. Yasujiro Ozu no habría filmado un solo plano en esa casucha y hasta nos atrevemos a afirmar que habría vomitado con atisbarla brevemente. Añadamos, además, que parte de la familia se halla cenando y que la “mamá” se está cortando las uñas de los pies entre sorbo y sorbo de tallarines (la señora Snoid estuvo a punto de devolver su kit-kat sobre la nuca del espectador que tenía delante).



La familia la componen una matriarca anciana, un matrimonio en el que él trabaja a ratos como peón del sector de la construcción —escaqueándose todo lo que puede—, ella como planchadora en una gigantesca planta de tintorería, una nieta que trabaja en un peculiar peep-show, un nieto que se dedica a robar en las tiendas (en ocasiones con la colaboración de papá, quien le ha adiestrado: la primera escena, en la que ambos realizan “la compra” en el supermercado, es un prodigio de ritmo y planificación, sin necesidad de incluir suspense alguno), y otra “nieta” adoptada al inicio del film. La niña vive con dos progenitores sumamente odiosos: el papá zurra a madre e hija y la mamá es una mujer amargada que —intuimos— también pega de lo lindo a su hijita de cinco años.

Los pobres también ríen

A pesar de su pobreza, esta familia es relativamente feliz. Sus miembros disfrutan unos de otros, comparten lo poco que tienen y no sólo son solidarios entre ellos: también con los demás. El ambiente en la pocilga que habitan es sumamente hedonista y divertido. El espinoso asunto de las mangancias queda resuelto por la declaración del nieto, Shota, “Papá dice que las cosas que hay en las tiendas no pertenecen todavía a nadie”. Y comienza a enseñar a su nueva hermana las peculiaridades del negocio, en el que la chiquilla demuestra ser una alumna aventajada.

Como es habitual en Koreeda, del retrato comunal se pasa a los retratos individuales: la nieta mayor Aki se toma su trabajo en el peep-show con una vocación casi misionera: no desprecia a sus clientes sino que incluso siente cierta conmiseración hacia ellos (gran escena en la que, tras el momento de la cabina, le sugiere a un cliente que pasen juntos a una habitación “para que se recueste en mi regazo o nos abracemos”. El momento resulta extrañamente conmovedor). La madre, Osamu, decide renunciar a su trabajo ante la amenaza de una compañera de denunciarla por haber “secuestrado” a la niña. La dureza y determinación de la mujer son parejas a las de la abuela del clan, y en parte es ella quien mantiene la armonía y proporciona el amor que necesitan sus allegados; en este sentido, su relación con la cría maltratada describe su carácter con unas breves pinceladas (“Nunca te pegaré”, le dice cariñosamente mientras le muestra una quemadura similar a una que porta la niña en un brazo: al principio del film, se había opuesto enérgicamente a que la recogieran). Su marido, claro está, es un inútil. Pero divertido.  Y un tanto patético. Y es que siempre es necesario tener un payaso en toda familia bien avenida. Sin embargo, la abuela posee un cierto halo de misterio que sólo se desvelará (desafortunadamente) en la última parte del film.



Hay varios momentos memorables: así, la excursión de la familia a la playa. La abuela, sentada en la arena, contempla a su familia en la distancia, junto a la orilla, y susurra, “Gracias, gracias”. Gracias por tener una familia como esta. O el momento en que el tendero de un estanco al que Shota ha robado insistentemente les regala unos polos al chiquillo y a su nueva hermana y le espeta al muchacho: ”No le enseñes a robar a la niña. No es bueno para ella”. O cuando el propio Shota se deja atrapar por los dependientes de un supermercado y , acorralado, se tira desde un puente: Koreeda no nos muestra imagen alguna del chico: simplemente vemos cómo las naranjas que ha robado se esparcen por el suelo...

Sin embargo, hay un cierto desequilibrio en el tratamiento de los personajes. En principio, parece que contemplaremos la historia a través de los ojos de Shota; después es el punto de vista de la niña el que prevalece; de ahí pasamos al matrimonio, y, finalmente, a Aki, todos bajo la omnipresente y dominante figura de la abuela. Esta estructura no es que resulte confusa, pero de alguna forma tiende a dispersar nuestra atención sobre ciertos personajes en determinados momentos del film.



Algunos opinan que Koreeda es una especie de anti-Ozu. Habría que recordar que en muchas películas de Ozu el mal rollo familiar era frecuente y doloroso: otra cosa es que el director lo disimulara mediante su delicada puesta en escena y el preciosismo de sus encuadres. Y que los críticos e historiadores repitan hasta la saciedad que sus films trataban sobre la dicotomía modernidad/tradición: un reduccionismo sin duda útil, pero francamente insuficiente a la hora de describir la complejidad de su obra. La sutileza de Koreeda al mostrar las relaciones familiares es distinta en cuanto a la puesta en escena.

Por desgracia, Un asunto de familia flaquea en su último tercio, cuando tras la muerte de la abuela (a la que entierran en la propiedad familiar ya que no tienen con qué costear los gastos del sepelio: algo que nos dio ideas sobre ciertos familiares nuestros), de forma elegantemente simbólica, se descubre que “nada es lo que parece”. Y aunque Koreeda establece un evidente contraste entre lo que ha visto el espectador y las conclusiones (erróneas) que de los hechos extraen policías y burócratas de los servicios sociales, el metraje que se le dedica a esta parte “explicativa” es un tanto excesivo y se aportan demasiados datos —de forma, a nuestro entender, innecesaria. Y nos tememos que, en parte, el éxito del film radica aquí: en la apelación a la indignación del espectador que conoce la “verdad” frente a la ignorancia de las instituciones. En cierto sentido, la llegada de la niña es un anticipo de la catástrofe (de forma similar al argumento de A High Wind in Jamaica: la inocencia provoca desastres). No obstante, ello no impide que el resultado final sea excelente, aunque quizá menos brillante que el de algunas de las películas de Koreeda citadas arriba.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Estrenos de ocasión: "Una receta familiar" (Ramen, Eric Khoo, 2018)





por el señor Snoid

Hay que reconocer que salimos del cine un tanto confusos; porque, ¿qué habíamos visto? Quizá un episodio alargado de ¿Cómo lo hacen? O un documental sobre Singapur. O un drama familiar. O un recetario audiovisual de hora y media de duración. Una receta familiar es quizá todo esto a la vez, aunque en ocasiones sus ingredientes no estén bien combinados, sin que esto le reste gracia al resultado final del guiso o del film.




    
Ustedes saben que en esto del cine hay unos pocos axiomas inmutables: por ejemplo, en un western debe haber algún que otro tiroteo, en las películas de David Fincher el director de fotografía (sea quien sea) debe imitar el estilo de Gordon Willis, y en las de Ridley Scott deben aparecer siempre ventiladores. En el cine japonés nunca ha de faltar el papeo y el bebercio. No es una crítica: a nosotros nos encanta ver a la gente comiendo como bestias y poniéndose ciegos de sake. Lo que nos sorprende es que estos nipones estén tan delgados. Indudablemente, ese pescado crudo no engorda mucho, pero, ¿y el arroz y los tallarines? ¿las empanadillas de alubias? ¿el tofu? Un misterio. Y no crean que esta apreciación se debe en exclusiva a lo que se ve en los films japoneses. En la capital de nuestra provincia abunda el turismo japonés (últimamente de todo Oriente. Pero cualquier antropólogo les dirá que los chinos visten fatal, gritan mucho y suelen tener una dentadura pésima; los coreanos son más horteras en sus atavíos y también vociferan —pero menos— y los japoneses son un modelo de discreción y escualidez). No es raro que un grupo de japoneses te pille por banda junto a algún monumento, iglesia, acueducto o cañón (falso) de 1823 y te implore con una reverencia, “Snoid-san, ¿puede hacernos una fotografía?”

  
El argumento de Una receta familiar es sencillo: un joven japonés, Masato, hijo de padre nipón y madre singapuresa, viaja a Singapur con dos objetivos: convertirse en un consumado artista del ramen (un caldo cuya preparación requiere varios ingredientes y diez horas de preparación) y conocer las razones de porqué sus padres sufrieron tanto a causa de la incomprensión de la familia de su mamá. Tras ciertas dificultades, el muchacho conseguirá ambos objetivos. Si bien el asunto de los fogones lo resolverá muy rápidamente gracias a su tío, propietario de un restaurante, lograr la reconciliación de la familia le costará más tiempo y esfuerzo. La matriarca del clan, su abuela materna, se niega a recibirle y darle explicaciones sobre porqué hizo todo lo posible para amargar la vida de sus padres.


La explicación se halla en una escena aparentemente cretina: la visita de Masato a un “Museo de la memoria histórica” donde se entera de todas las barbaridades que hicieron sus compatriotas durante la invasión de Singapur en la II guerra mundial. Y decimos “cretina” porque nos pareció muy innecesaria, y explícita en exceso. Pero tras cierta reflexión, nos dimos cuenta de que esta escena era casi obligada: la juventud ignora todo lo relativo al pasado inmediato, sobre todo si ese pasado es horrible. Es decir, que Masato no había leído muchos libros de historia o no había visto películas tipo El puente sobre el río Kwai o Comando en el mar de la China, donde se enfrentan británicos y gringos descerebrados contra japoneses sádicos. Así, mediante un recorrido audiovisual en el museo, el muchacho es consciente de porqué los habitantes más ancianos de Singapur detestan a los japoneses con toda su alma. Y nosotros nos acordamos de cómo se aprenden estas cosas en la escuela japonesa: para cierta parte de su historiografía, fueron los occidentales quienes les “obligaron” a entrar en la guerra: “Los Estados Unidos lanzaron un enérgico ultimátum: que Japón devolviera a China todo lo que había conquistado y que rompiera la alianza con Italia y Alemania” (Kaibara Yukio, Historia del Japón, FCE, México, pp. 264-265). Intolerable, ¿no? Pues igualito a lo que saben los chavales españoles sobre la guerra civil y la interminable dictadura franquista: en un caso, los estadounidenses forzaron a Japón a entrar en la guerra, y en el otro, Franco nos salvó de todos los males...



Sin embargo, la película no carece de humor. La cicerone de Masato, Miki, le señala un restaurante donde se hace “el mejor ramen del mundo”. Y añade: “Incluso el chef Gordon Ramsey vino a aprenderlo aquí”. Inevitablemente soltamos la carcajada. Pero creemos que el chiste no era tal. Estos orientales son muy respetuosos (por lo menos en público) con los bárbaros occidentales que se interesan por sus costumbres (aunque el hecho de que un británico sea un chef de “fama internacional” es tan exótico como una coproducción entre Japón y Singapur). O la espartana disciplina que se le impone a Masato para que aprenda la receta del demonio, o sus intentos de hablar en mandarín...

En cuanto al documental sobre Singapur, hay que decir que no resulta demasiado atractivo: una urbe donde conviven edificios coloniales (europeos) con rascacielos de cualquier procedencia (de Florentino Pérez, de Dubai, de los Estados Unidos) y casuchas miserables (aunque mucho más limpias que las europeas o americanas). Hay que admitir, sin embargo, que los mercados de alimentos están muy limpios y ordenados, aunque los precios, al cambio del dólar de Singapur, son un escándalo.



En lo que respecta al drama, el director Eric Khoo demuestra poseer cierta inventiva: es muy brillante el momento de la muerte del padre de Masato (se nos oculta tras el mostrador del restaurante: no sabemos si se ha suicidado o ha muerto porque tras su trabajo diario se mataba a beber sake), el inteligente uso de los flashbacks (el protagonista recuerda episodios de su infancia que enlazan con las recreaciones visuales del pasado) o la reconciliación con su abuela (conseguida, en parte, merced a su dominio de la receta: la seducción a través del estómago), rodada en un largo plano medio en el que se da rienda suelta a una emoción verdadera.

En definitiva, una película muy agradable de ver —sin que sea extraordinaria—, modesta en sus propósitos y planteamientos. Eso sí, nada más abandonar la sala la señora Snoid exclamó:”¡Vamos inmediatamente a comprar comida china!”. Y es que ver Una receta familiar en horario de tarde aviva la gazuza de cualquiera.