martes, 12 de marzo de 2019

ESTRENOS DE OCASIÓN: "Mula" (Mule, Clint Eastwood, 2018)





por el señor Snoid

La taquillera era una auténtica belleza (¿se podrá decir taquillera hoy en día?). Mientras esperábamos el turno en la cola me hallaba en un estado de contemplación religiosa (“Taquillero soy y a Taquillera adoro”) y pensaba que no era inadecuado adoptar una pose de anciano rijoso para ver una de Clint con Clint. Así que cuando llegó el momento anhelado susurré “Tres para la Mula” con las canillas temblequeantes. Ella debía estar en un similar trance místico (no por un servidor de ustedes, claro), pues la muy bruja me dio tres entradas para Capitana Marvel, y uno, en medio de la conmoción, ni se enteró. Así que entramos en la sala. Luces apagadas. Los sempiternos anuncios de Electrónica Toribio y Butique Chelsa. Después, un extraño homenaje a Stan Lee que me hizo despertar brevemente de mis cavilaciones sobre los Diálogos de Amor de León Hebreo. Más logo de Marvel. Un trailer que no parece un trailer. Y salimos disparados de la sala, yo disculpando la metedura de pata como pude (“Tranquilizarvos, que en las pelis Malpaso todo lo que se rueda va al montaje final”). Advertidos quedan ustedes de que los primeros diez segundos de Capitana Marvel no son nada prometedores.

Hacía tiempo que no veíamos una de Clint. Lo cierto es que las últimas daban un poco de miedo y preferíamos guardar el buen recuerdo de tantos gratos momentos pasados. De hecho, en la anterior que vimos, El francotirador, estuvimos a punto de abandonar en el momento en que el protagonista ve por la tele lo de las torres gemelas u 11-S. Zoom lento hacia el rostro del actor, que pone cara de “Esto es importante... ¡Esto es muy importante!”. Como un plano de Spielberg. No sabíamos que más adelante habría cosas aún peores.


En Mula, Clint está hecho una carraca, en efecto. Pero pensándolo bien, otros miembros del reparto están más hechos polvo que él. Los mucho más jóvenes Andy García y Laurence Fishbourne parecen a punto de estallar de un momento a otro. Y no de júbilo. Dianne Wiest lleva una rarísima máscara de plástico transparente en el rostro. ¡Y sólo tiene 70 tacos, no casi 90 como Clint! Y la hija de Clint, Allison, parece también muy machacada. Y como el resto del reparto lo integran narcotraficantes mexicanos (malos y feos) y polis gringos o agentes de la DEA (malos y feos) más la actriz que hacía de novicia en La monja, aquí nieta de Clint, pues todos los ojos se dirigen al anciano ídolo. Y cuando aparece alguna trama paralela (la investigación de la DEA: un tostón mal elaborado y peor escrito) estamos deseando que pasen a otra cosa y que salga Clint.



La droga dignifica al hombre

El transporte, que no el consumo: no se pongan a pensar mal. Como tantas veces, Clint interpreta a un personaje que no  ha abordado bien lo de la conciliación familiar y laboral (su hija y su ex-mujer le detestan). También, como tantas otras veces, es un veterano de la guerra de Corea (conflicto bélico que Clint evitó a toda costa: exactamente igual que como lo hubiéramos hecho ustedes y yo). También, como tantas otras veces, Clint es un viejales gruñón con un corazón de oro.

Reveses económicos obligan a Clint a convertirse en mula de un poderoso cartel mexicano. Y el tío lo hace tan bien que en pocos portes se convierte en una estrella de la distribución interestatal. Unos cuantos chascarrillos y la visión de un viejales que parece a punto de fenecer evitan toda sospecha policial. Y las suculentas recompensas dinerarias que recibe Clint van todas a buenas causas: la boda y estudios de su nieta, la rehabilitación del centro de veteranos de su barrio, una hipoteca pendiente sobre su desastrado negocio de floristería... Tal es el éxito de nuestro hombre que, a partir del tercer o cuarto porte, los mexicanos malos y malencarados ya sienten un cariño tremendo por el viejo, al que apodan Tata, le dan amistosas palmadas en la espalda, le colman de epítetos heroicos (“¡Fiera, que eres un fiera!”) e incluso le enseñan a enviar mensajes de texto con el móvil y a poner emoticones. Su fama llega a las alturas de las multinacionales de la drogadicción y el capo Latón (Andy García) da una fiesta en honor de Tata en su lujoso y horrendo rancho. Y tras los bailes latinos, cuando Clint pensaba que se iba a ir a la camita después de tomarse las pastillas para la tensión, su anfitrión ha dispuesto que dos siliconadas señoritas le den la noche: “¡Tengo que llamar a mi cardiólogo!”, exclama un alborozado Clint. Lo cierto es que la secuencia es una chuscada digna de Mariano Ozores con Esteso y Pajares, pero a Clint se le perdona todo, y cuenta más la angustia de pensar que le va a dar un jamacuco que su gimnasia sexual en la cuarta edad.



No crean que todo es así. Por lo habitual, los choques de Clint con un mundo desconocido para él (la carga, estiba y transporte de grandes cantidades de droga) provoca momentos francamente divertidos. Cosa distinta es cuando Clint, muy consciente de que a su edad se puede ser políticamente incorrecto (como en Gran Torino), hace chistes necios sobre los negros (mientras hace un porte, ayuda a un matrimonio negro a cambiar la rueda del coche: “Es un placer ayudar a unos morenos”) o sobre homosexuales (aquí, “lesbianas moteras”). Y también Clint se despacha a gusto dando consejos de abuelete sabio al agente de la DEA que le persigue (ambos comparten desayuno en un motel de carretera; el agente no sabe que tiene delante al hombre que busca) sobre que “No hay que descuidar a la familia. Es lo más importante. Yo descuidé a la mía y la perdí. Por eso, hijo...”. El agente pone cara triste y asiente. O al subordinado del capo, a quien le aconseja que deje esa vida porque “a esta gente no le importas nada”.


  
También hay momentos emotivos, como la despedida de Clint de su agonizante ex-mujer. En muchas de sus películas, estos momentos de “confesión y despedida” funcionan muy bien (recuérdese el final de Un mundo perfecto entre Costner y el crío, o el escalofriante momento en que Clint acaba con los sufrimientos de Hillary Swank en Million Dollar Baby). A pesar de que Clint no tiene medida: estas escenas siempre se alargan en exceso.


Mula no es una gran película, como tampoco lo era, a nuestro juicio, la muy alabada Gran Torino. Al igual que esta, es un film irregular, un tanto deshilvanado, en el que Clint se vuelca en las escenas que más le interesan y despacha rápidamente lo más innecesario (aquí, todo el cambalache de la DEA; no habíamos visto nunca lo fácil que era meter a un chivato en un cartel; tampoco unas oficinas de polizontes tan desangeladas: aquello parecía un decorado a medio construir). A Mula, como a Gran Torino, la perjudica el irregular guión de Nick Schenck. Si recuerdan, el viejo cascarrabias racista de Gran Torino empezaba a ver al joven chino con buenos ojos cuando este ayudaba con las bolsas de la compra a una anciana. Momento que nos deprimió. También carece de su dramatismo y tono épico final: aquí todo es más relajado; incluso el desenlace carece de todo énfasis, pese a la inevitable aparición de decenas de coches de policía, helicópteros y demás parafernalia: se crea un momento irónico, tal es la desproporción entre el despliegue de los polis y el frágil Clint. Más importante es que Clint haya recuperado el cariño de su familia. Lo cierto es que esta falta de dramatismo, o, más bien, cierta voluntad de no subrayar el dramatismo, es de agradecer. En ningún momento el personaje de Clint se plantea la moralidad o inmoralidad de sus actos; ni siquiera si lo que está haciendo es ilegal (aunque lo sabe de sobra, dada su pericia para dar esquinazo a polis bobos). Ello bien puede ser porque guionista y director no quieran meterse en terrenos movedizos, bien porque ahondar en ese aspecto habría dado una película muy distinta, bien porque aquí nada es realmente trascendente... excepto que Clint recupere el afecto de su familia. Este planteamiento se mantiene a rajatabla desde el principio del film: la situación económica de Clint no le obliga necesariamente a trabajar como correo; y tampoco se hace ningún énfasis moral en el estupendo plano que cierra la película. Mula es una digna despedida del Clint-icono delante de las cámaras. Aunque no nos fiamos: este hombre dentro de diez años es capaz de leer un guión sobre un geriátrico y protagonizarlo y dirigirlo...

martes, 15 de enero de 2019

NOVENTA AÑOS NO SON NADA




por el señor Snoid


Crean que estamos preocupados. O, en lenguaje llano, estamos hasta las narices. ¿De qué? De que mientras la ultraderecha avanza por doquier, mientras se restringe la libertad de expresión, mientras nuestras libertades civiles se estén convirtiendo en meros espejismos, la progresía que se dice “de izquierdas” se interese por temas como el maltrato animal, la cuota hombres/mujeres en puestos directivos, el lenguaje inclusivo o los sufrimientos del colectivo LGBT dentro de los confines del Imperio ruso (los padecimientos de los “otros” rusos parecen importar poco). No decimos que estos asuntos carezcan de importancia (unos más que otros, claro); sin embargo, ¿qué fue de los derechos de los trabajadores? ¿Qué función tienen hoy en día los sindicatos? ¿Cómo es posible que una pareja trabajadora, con sólo dos o un único hijo, o ninguno, se las vean y se las deseen para llegar a fin de mes? ¿Qué pasó con el derecho a “una vivienda digna”? ¿A nadie le importa vivir dentro de un Totalitarismo Capitalista?

Y esto, ¿qué tiene que ver con el cine? Pues que dentro de la perversa ideología o no-ideología que se nos pretende inocular está eso que se sintetiza en el horrible sintagma políticamente incorrecto, mantra que debe estar presente también en todo producto audiovisual, sea para adultos, para niños o para mascotas. “Amémonos los unos a los otros mientras dejamos que nos pisoteen” podría ser el primer mandamiento de esta moral laica tan perversa como la religiosa (ya perdonarán el tono apocalíptico), con la diferencia de que una está sustentada en el capitalismo y la otra en siglos de tradición teológica (con abundantes dosis de capitalismo, cierto: aquí todo el mundo ha leído a Max Weber). 

   
El cine siempre ha sido un instrumento ideológico (Pero Grullo nos ha ayudado a saltar esta valla). Lo que nos parece notablemente mezquino es el revisionismo bienpensante que se aplica (casi siempre desde una ignorancia apabullante y una total carencia de perspectiva histórica) al cine del pasado.



Hace poco se cumplieron 90 años del primer gran éxito de Disney, Steamboat Willie, que fue también la puesta de largo del ratón Mickey. Lean unos pocos comentarios acerca del aniversario, pues los “aniversarios” son también una de las piedras angulares de la cultura de hoy:


La historia de "Steamboat Willie" es floja, políticamente incorrecta y tiene poco o ningún diálogo. Pero el personaje marcó un hito en el mundo de la animación con su pista de sonido sincronizado, en la que Mickey silba y lanza frambuesas al irascible Capitán Pete, un gran gato que mastica tabaco. En unos siete minutos, los espectadores ven al Capitán Pete echando a patadas a Mickey Mouse del cuarto de máquinas; luego el ratón sube a bordo a Minnie con una grúa; balancea al gato por la cola, ahoga a un ganso y toca un teclado sobre unos cochinillos, mientras suena una canción folclórica desde las tripas de una cabra.
La Voz de América

Foi a 18 de Novembro de 1928 que aconteceu a estreia de "Steamboat Willie", a primeira animação da autoria de Walt Disney em pareceria com Ub Iwerks. Nesta trama, Mickey é um marinheiro que vive sob a prepotência de "Pete", o capitão do navio, personagem que se viria a tornar "João Bafo-de-Onça". O capitão masca tabaco, Minnie mostra a sua lingerie, a banda que dá música aos tripulantes recorre a animais como instrumentos musicais e tudo isto ainda hoje está conotado como politicamente incorrecto, imagem que Walt Disney iria corrigir mais tarde.
Porto Canal

Some earlier cartoons have been edited or completely shelved because of content that wouldn't exactly go over with the public these days. One is the previously mentioned Steamboat Willie—there's a scene that involves what would be considered animal cruelty today when Mickey swings a cat around by its tail and uses a goose as bagpipes.
L. A. Times



Juzguen ustedes mismos si esta horda de fariseos está en lo cierto o más bien sus reparos se deben a esa hipocresía moral que es una de las señas de identidad del mundo de hoy:



Suponemos que a esta gente tan moralista le preocupa sobre todo el devastador efecto que estas imágenes pueden provocar en el impresionable cerebro de los niños. ¡Como si a la Vanessa y al Jonatán no les regalaran un iPhone15 por su primera comunión y no pudieran ver todo tipo de salvajadas en formato HD! Porque desde los cinco o seis añitos ya tenían un móvil de capacidad inferior en el que veían lo que se les antojaba. Dejando de lado el hecho de que, hoy en día, a los niños, sean de 5 o 35 años, las imágenes en blanco y negro o cualquier cosa que parezca una pieza de arqueología les parecen una antigualla, un tostón y una absoluta pérdida de tiempo. Imaginamos que a estos guardianes de la conducta bienpensante les encantaría, por ejemplo, censurar El show de Rasca y Pica que ven los Simpsons y, ya puestos, censurar todo aquello censurable, pese a que el cine de animación actual, en líneas generales, sea de una corrección política extrema. Comparen los productos Disney/Pixar o Dreamworks con las viejas películas de Disney. No discutimos que el tío Walt fuera un genio. Ni tampoco negamos que fuera un visionario (todas las productoras grandes han acabado por imitar su modelo de negocio: explotación diversificada de un producto en parques temáticos, juguetes y quincallería varia). Lo que no quita para que nuestro hombre fuera asimismo un tanto, ejem, sociópata. Porque, ¿quién sino Walt se habría atrevido a matar a la madre de Bambi, o a mostrar que Bambi pasaba de su adorada Falina y del retoño de ambos?  Por lo menos hay que reconocer que, a ratos, los animales se comportaban como animales, no como seres humanos portadores de grandes dosis de moralina. O esa increíble escena de Dumbo, película que es un auténtico manual de atrocidades, en la que los obreros negros levantan la carpa del circo cantando esta significativa tonada:


¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!
¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!

De día y de noche igual
es trabajar sin descansar
pues no quisimos estudiar.

¡Cava! ¡Tira!
¡Cava! ¡Clava!
¡Cava! ¡Tira!
¡Clava! ¡Clava!
Cuando otros a dormir se van
y descansando en su casa están
los peones trabajamos más.

¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!
¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!

La paga se nos va en gastar;
jamás podremos un centavo ahorrar,
porque lo que ganamos todo lo gastamos.

Trabajar por la comida y una cama de aserrín.
Ni la lluvia ni tormentas nos habrán de detener.
Hay que levantar el circo, al patrón hay que servir.
¡Jala! ¡Ya!

Qué belleza, qué audacia y qué píldora ideológica tan característica del momento en que se realizó (1941). Esto sí que es cine político y no el agit-prop que intentaron hacer un Eisenstein o un Godard, quienes, en comparación, sí que hacían cine para niños... Comparen Dumbo con El Rey León, una pesadilla fruto de un enfebrecido estudiante de guión al que en la asignatura de “Literatura inglesa” le obligaron a leer Hamlet y en la de “Análisis fílmico” a ver Centauros del desierto; o con cualquiera de los recientes productos Disney/Pixar. Estos no carecen de adoctrinamiento, pero algunas consignas se han añadido, otras se han silenciado y algunas son recurrentes y se vierten una forma un tanto más encubierta (en el mejor de los casos). Volveremos a ello próximamente, y daremos un repaso a magnas obras como las Merrie Melodies, Pixie y Dixie, la animación checa, las genialidades de Chuck Jones o cómo la Disney pasó de realizar películas como Pinocho a Tod y Toby, y como daño colateral, de 20.000 leguas de viaje submarino a Polyanna...


lunes, 7 de enero de 2019

Estrenos de ocasión: "Un asunto de familia" (Manbiki Kazuko, Hirokazu Koreeda, 2018)





por el señor Snoid


Es curioso que con Un asunto de familia Hirokazu Koreeda haya logrado el reconocimiento universal y un cúmulo de premios festivaleros. Y no precisamente porque sea una mala película, sino porque nos parece un tanto inferior a otros films suyos más logrados, caso de After Life (1998), Nadie sabe (2004), De tal padre, tal hijo (2014), Nuestra hermana pequeña (2015), Después de la tormenta (2016) o la que es posiblemente hasta la fecha su obra maestra, Still Walking (2008). Trataremos de explicar el porqué de este tardío “descubrimiento”. 

Como en buena parte de la filmografía de Koreeda, Un asunto de familia trata de los vínculos, relaciones y vivencias de una familia. En este caso se trata de una (aparentemente) bastante disfuncional y que vive en una pobreza infame. Cuando llegamos a su hogar en los primeros compases del film nos topamos con la casa más desastrada y asquerosa que hayamos visto en una película japonesa. Yasujiro Ozu no habría filmado un solo plano en esa casucha y hasta nos atrevemos a afirmar que habría vomitado con atisbarla brevemente. Añadamos, además, que parte de la familia se halla cenando y que la “mamá” se está cortando las uñas de los pies entre sorbo y sorbo de tallarines (la señora Snoid estuvo a punto de devolver su kit-kat sobre la nuca del espectador que tenía delante).



La familia la componen una matriarca anciana, un matrimonio en el que él trabaja a ratos como peón del sector de la construcción —escaqueándose todo lo que puede—, ella como planchadora en una gigantesca planta de tintorería, una nieta que trabaja en un peculiar peep-show, un nieto que se dedica a robar en las tiendas (en ocasiones con la colaboración de papá, quien le ha adiestrado: la primera escena, en la que ambos realizan “la compra” en el supermercado, es un prodigio de ritmo y planificación, sin necesidad de incluir suspense alguno), y otra “nieta” adoptada al inicio del film. La niña vive con dos progenitores sumamente odiosos: el papá zurra a madre e hija y la mamá es una mujer amargada que —intuimos— también pega de lo lindo a su hijita de cinco años.

Los pobres también ríen

A pesar de su pobreza, esta familia es relativamente feliz. Sus miembros disfrutan unos de otros, comparten lo poco que tienen y no sólo son solidarios entre ellos: también con los demás. El ambiente en la pocilga que habitan es sumamente hedonista y divertido. El espinoso asunto de las mangancias queda resuelto por la declaración del nieto, Shota, “Papá dice que las cosas que hay en las tiendas no pertenecen todavía a nadie”. Y comienza a enseñar a su nueva hermana las peculiaridades del negocio, en el que la chiquilla demuestra ser una alumna aventajada.

Como es habitual en Koreeda, del retrato comunal se pasa a los retratos individuales: la nieta mayor Aki se toma su trabajo en el peep-show con una vocación casi misionera: no desprecia a sus clientes sino que incluso siente cierta conmiseración hacia ellos (gran escena en la que, tras el momento de la cabina, le sugiere a un cliente que pasen juntos a una habitación “para que se recueste en mi regazo o nos abracemos”. El momento resulta extrañamente conmovedor). La madre, Osamu, decide renunciar a su trabajo ante la amenaza de una compañera de denunciarla por haber “secuestrado” a la niña. La dureza y determinación de la mujer son parejas a las de la abuela del clan, y en parte es ella quien mantiene la armonía y proporciona el amor que necesitan sus allegados; en este sentido, su relación con la cría maltratada describe su carácter con unas breves pinceladas (“Nunca te pegaré”, le dice cariñosamente mientras le muestra una quemadura similar a una que porta la niña en un brazo: al principio del film, se había opuesto enérgicamente a que la recogieran). Su marido, claro está, es un inútil. Pero divertido.  Y un tanto patético. Y es que siempre es necesario tener un payaso en toda familia bien avenida. Sin embargo, la abuela posee un cierto halo de misterio que sólo se desvelará (desafortunadamente) en la última parte del film.



Hay varios momentos memorables: así, la excursión de la familia a la playa. La abuela, sentada en la arena, contempla a su familia en la distancia, junto a la orilla, y susurra, “Gracias, gracias”. Gracias por tener una familia como esta. O el momento en que el tendero de un estanco al que Shota ha robado insistentemente les regala unos polos al chiquillo y a su nueva hermana y le espeta al muchacho: ”No le enseñes a robar a la niña. No es bueno para ella”. O cuando el propio Shota se deja atrapar por los dependientes de un supermercado y , acorralado, se tira desde un puente: Koreeda no nos muestra imagen alguna del chico: simplemente vemos cómo las naranjas que ha robado se esparcen por el suelo...

Sin embargo, hay un cierto desequilibrio en el tratamiento de los personajes. En principio, parece que contemplaremos la historia a través de los ojos de Shota; después es el punto de vista de la niña el que prevalece; de ahí pasamos al matrimonio, y, finalmente, a Aki, todos bajo la omnipresente y dominante figura de la abuela. Esta estructura no es que resulte confusa, pero de alguna forma tiende a dispersar nuestra atención sobre ciertos personajes en determinados momentos del film.



Algunos opinan que Koreeda es una especie de anti-Ozu. Habría que recordar que en muchas películas de Ozu el mal rollo familiar era frecuente y doloroso: otra cosa es que el director lo disimulara mediante su delicada puesta en escena y el preciosismo de sus encuadres. Y que los críticos e historiadores repitan hasta la saciedad que sus films trataban sobre la dicotomía modernidad/tradición: un reduccionismo sin duda útil, pero francamente insuficiente a la hora de describir la complejidad de su obra. La sutileza de Koreeda al mostrar las relaciones familiares es distinta en cuanto a la puesta en escena.

Por desgracia, Un asunto de familia flaquea en su último tercio, cuando tras la muerte de la abuela (a la que entierran en la propiedad familiar ya que no tienen con qué costear los gastos del sepelio: algo que nos dio ideas sobre ciertos familiares nuestros), de forma elegantemente simbólica, se descubre que “nada es lo que parece”. Y aunque Koreeda establece un evidente contraste entre lo que ha visto el espectador y las conclusiones (erróneas) que de los hechos extraen policías y burócratas de los servicios sociales, el metraje que se le dedica a esta parte “explicativa” es un tanto excesivo y se aportan demasiados datos —de forma, a nuestro entender, innecesaria. Y nos tememos que, en parte, el éxito del film radica aquí: en la apelación a la indignación del espectador que conoce la “verdad” frente a la ignorancia de las instituciones. En cierto sentido, la llegada de la niña es un anticipo de la catástrofe (de forma similar al argumento de A High Wind in Jamaica: la inocencia provoca desastres). No obstante, ello no impide que el resultado final sea excelente, aunque quizá menos brillante que el de algunas de las películas de Koreeda citadas arriba.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Estrenos de ocasión: "Una receta familiar" (Ramen, Eric Khoo, 2018)





por el señor Snoid

Hay que reconocer que salimos del cine un tanto confusos; porque, ¿qué habíamos visto? Quizá un episodio alargado de ¿Cómo lo hacen? O un documental sobre Singapur. O un drama familiar. O un recetario audiovisual de hora y media de duración. Una receta familiar es quizá todo esto a la vez, aunque en ocasiones sus ingredientes no estén bien combinados, sin que esto le reste gracia al resultado final del guiso o del film.




    
Ustedes saben que en esto del cine hay unos pocos axiomas inmutables: por ejemplo, en un western debe haber algún que otro tiroteo, en las películas de David Fincher el director de fotografía (sea quien sea) debe imitar el estilo de Gordon Willis, y en las de Ridley Scott deben aparecer siempre ventiladores. En el cine japonés nunca ha de faltar el papeo y el bebercio. No es una crítica: a nosotros nos encanta ver a la gente comiendo como bestias y poniéndose ciegos de sake. Lo que nos sorprende es que estos nipones estén tan delgados. Indudablemente, ese pescado crudo no engorda mucho, pero, ¿y el arroz y los tallarines? ¿las empanadillas de alubias? ¿el tofu? Un misterio. Y no crean que esta apreciación se debe en exclusiva a lo que se ve en los films japoneses. En la capital de nuestra provincia abunda el turismo japonés (últimamente de todo Oriente. Pero cualquier antropólogo les dirá que los chinos visten fatal, gritan mucho y suelen tener una dentadura pésima; los coreanos son más horteras en sus atavíos y también vociferan —pero menos— y los japoneses son un modelo de discreción y escualidez). No es raro que un grupo de japoneses te pille por banda junto a algún monumento, iglesia, acueducto o cañón (falso) de 1823 y te implore con una reverencia, “Snoid-san, ¿puede hacernos una fotografía?”

  
El argumento de Una receta familiar es sencillo: un joven japonés, Masato, hijo de padre nipón y madre singapuresa, viaja a Singapur con dos objetivos: convertirse en un consumado artista del ramen (un caldo cuya preparación requiere varios ingredientes y diez horas de preparación) y conocer las razones de porqué sus padres sufrieron tanto a causa de la incomprensión de la familia de su mamá. Tras ciertas dificultades, el muchacho conseguirá ambos objetivos. Si bien el asunto de los fogones lo resolverá muy rápidamente gracias a su tío, propietario de un restaurante, lograr la reconciliación de la familia le costará más tiempo y esfuerzo. La matriarca del clan, su abuela materna, se niega a recibirle y darle explicaciones sobre porqué hizo todo lo posible para amargar la vida de sus padres.


La explicación se halla en una escena aparentemente cretina: la visita de Masato a un “Museo de la memoria histórica” donde se entera de todas las barbaridades que hicieron sus compatriotas durante la invasión de Singapur en la II guerra mundial. Y decimos “cretina” porque nos pareció muy innecesaria, y explícita en exceso. Pero tras cierta reflexión, nos dimos cuenta de que esta escena era casi obligada: la juventud ignora todo lo relativo al pasado inmediato, sobre todo si ese pasado es horrible. Es decir, que Masato no había leído muchos libros de historia o no había visto películas tipo El puente sobre el río Kwai o Comando en el mar de la China, donde se enfrentan británicos y gringos descerebrados contra japoneses sádicos. Así, mediante un recorrido audiovisual en el museo, el muchacho es consciente de porqué los habitantes más ancianos de Singapur detestan a los japoneses con toda su alma. Y nosotros nos acordamos de cómo se aprenden estas cosas en la escuela japonesa: para cierta parte de su historiografía, fueron los occidentales quienes les “obligaron” a entrar en la guerra: “Los Estados Unidos lanzaron un enérgico ultimátum: que Japón devolviera a China todo lo que había conquistado y que rompiera la alianza con Italia y Alemania” (Kaibara Yukio, Historia del Japón, FCE, México, pp. 264-265). Intolerable, ¿no? Pues igualito a lo que saben los chavales españoles sobre la guerra civil y la interminable dictadura franquista: en un caso, los estadounidenses forzaron a Japón a entrar en la guerra, y en el otro, Franco nos salvó de todos los males...



Sin embargo, la película no carece de humor. La cicerone de Masato, Miki, le señala un restaurante donde se hace “el mejor ramen del mundo”. Y añade: “Incluso el chef Gordon Ramsey vino a aprenderlo aquí”. Inevitablemente soltamos la carcajada. Pero creemos que el chiste no era tal. Estos orientales son muy respetuosos (por lo menos en público) con los bárbaros occidentales que se interesan por sus costumbres (aunque el hecho de que un británico sea un chef de “fama internacional” es tan exótico como una coproducción entre Japón y Singapur). O la espartana disciplina que se le impone a Masato para que aprenda la receta del demonio, o sus intentos de hablar en mandarín...

En cuanto al documental sobre Singapur, hay que decir que no resulta demasiado atractivo: una urbe donde conviven edificios coloniales (europeos) con rascacielos de cualquier procedencia (de Florentino Pérez, de Dubai, de los Estados Unidos) y casuchas miserables (aunque mucho más limpias que las europeas o americanas). Hay que admitir, sin embargo, que los mercados de alimentos están muy limpios y ordenados, aunque los precios, al cambio del dólar de Singapur, son un escándalo.



En lo que respecta al drama, el director Eric Khoo demuestra poseer cierta inventiva: es muy brillante el momento de la muerte del padre de Masato (se nos oculta tras el mostrador del restaurante: no sabemos si se ha suicidado o ha muerto porque tras su trabajo diario se mataba a beber sake), el inteligente uso de los flashbacks (el protagonista recuerda episodios de su infancia que enlazan con las recreaciones visuales del pasado) o la reconciliación con su abuela (conseguida, en parte, merced a su dominio de la receta: la seducción a través del estómago), rodada en un largo plano medio en el que se da rienda suelta a una emoción verdadera.

En definitiva, una película muy agradable de ver —sin que sea extraordinaria—, modesta en sus propósitos y planteamientos. Eso sí, nada más abandonar la sala la señora Snoid exclamó:”¡Vamos inmediatamente a comprar comida china!”. Y es que ver Una receta familiar en horario de tarde aviva la gazuza de cualquiera.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Estrenos de ocasión: "The other Side of the Wind" (Netflix, 2018)

   
por el señor Snoid





Lo que no lograron la RKO, Columbia, Republic o Universal lo ha conseguido Netflix: hacer de Orson Welles un cineasta comercial. The other Side of the Wind es el resultado de una estrategia empresarial sumamente disparatada: una vez que la compañía se ha hecho con el público cretino que devora series más o menos gilipollas, ha decidido ampliar su nicho de mercado resucitando un cadáver para atraer a otro sector de público: el del cinéfilo-maduro-encallecido. Puede que esta vez la artimaña haya funcionado, pero les aseguro que a este servidor de ustedes no le vuelven a pillar.

De hecho, Welles, quien se pasó la vida quejándose de sus desdichas y achacando sus males a las traiciones, estulticia y malévolas maquinaciones de colaboradores (John Houseman), actores (Joseph Cotten, Charlton Heston), productores (de los Hakim a Zugsmith, de Cohn a Yates: la lista es interminable), ha acabado por tener razón. Él es quien posee menos culpa de que The other Side of the Wind sea lo que es; la culpa queda repartida entre herederos, productores, antiguos amigos (Bogdanovich en un papel estelar) y un Frank Marshall en horas muy bajas. Porque, dígamoslo con claridad, el producto que ha sacado Netflix es una estafa digna de F for Fake. Una falsificación que nada añade a la gloria póstuma de Welles, pero que tampoco empaña sus pasados logros.


Y es que esta película es difícil de encasillar. Siendo benevolentes, diríamos que nos hallamos frente a la combinación alucinante de un Godard pésimo, del Dennis Hopper de The Last Movie, del peor Antonioni (Zabriskie Point) y de una notable incomprensión del Toby Dammit de Fellini. Es decir, que nos hallamos muy, muy lejos, de Orson Welles.


Orson, Bogdanovich, Oja Kodar y unos hippies que pasaban por ahí

Tiempos decadentes

El periodo que transcurrió entre los primeros 70 y 1985 debió ser terrible para Welles. Y no sólo porque tuviera que hacer anuncios de champán barato para la tele. Se tiró años haciéndoles la rosca a gentes como Jack Nicholson o Warren Beatty (porque la presencia de una estrella aseguraría una posible nueva película: The Big Brass Ring fue el proyecto más obsesivo de estos años), pero estos le reían las gracias y le daban palmaditas en la espalda; sin embargo, a la hora de estampar su firma en un contrato se volatilizaban. Spielberg compró en pública subasta el célebre trineo Rosebud (debía ser una falsificación, porque el de la peli se quemaba), pero se negó a financiar nada que tuviera que ver con Orson. Cuando parecía que iba a rodar Saint Jack, su amigo Bogdanovich se adelantó y se hizo con la película. Y ahora le ha devuelto el favor colaborando con entusiasmo en la culminación de The other Side of the Wind. Quien tiene un amigo...

    
Breve manual de cómo no restaurar una película
  
Uno llega a la conclusión de que los responsables de este largometraje no están demasiado familiarizados con la obra de Welles. Esto puede parecer excesivo, pero analicemos algunos detalles. Welles afirmaba que detestaba las películas “demasiado largas”; los largometrajes en los que tuvo derecho al montaje final (o casi) no exceden las dos horas: Otelo y Mr. Arkadin tienen una duración de unos 90 minutos; Ciudadano Kane y Campanadas a medianoche no llegan a las dos horas. Si consideramos que la primera narra toda la vida de un personaje y que la segunda abarca dos obras enteras de Shakespeare (y alusiones a otras dos) su metraje está más que justificado; algo que no ocurre en los 122 eternos minutos de The other Side of the Wind. Por otro lado, el feismo visual del film es poco propio de Welles y apenas hay rastro de esos planos y movimientos de cámara que eran su marca de fábrica y el vestigio del carácter expresionista de su cine. Por ejemplo, Welles utilizaba en ocasiones un procedimiento teatral con métodos cinematográficos: la combinación de personajes en primer, segundo y tercer plano merced a la profundidad de campo. Los personajes del fondo comentaban, a la manera del coro, la acción que se desarrollaba en primer plano. Recuerden la escena de La dama de Shanghai en el parking, cuando O’Hara se despide de Rita Hayworth y comienzan a aparecer personajes que comentan la acción o describen a los personajes; o el monólogo del príncipe Hal en Campanadas a medianoche con Falstaff en último término del cuadro. En The other Side of the Wind hay intentos de conseguir un efecto similar, pero lo que reina es la confusión (los planos son demasiado breves; los actores demasiado incompetentes, lo que se dice carece de interés). El montaje, algo que quizá Welles cuidaba en exceso, es infame: muchos cambios de plano son casi una bofetada visual. Cuando Welles quería ser “efectista”, sus decisiones estéticas estaban justificadas (que gustaran más o menos es otra cuestión). En este caso, parece que simplemente se ha procurado dar cierta coherencia (poco conseguida) a un material escasamente trabajado. El director declaró en cierta ocasión que había dos cosas imposibles de rodar: una pareja haciendo el amor y un hombre rezando, “porque siempre resultan falsas”. No es que se rece en The other Side of the Wind, aunque hay un diálogo sobre el sexo de dios que es verdaderamente sonrojante y totalmente indigno del Welles guionista (parece, como otros momentos del film, una improvisación de los actores que se rodó y ha llegado al montaje final). Follar, sí se folla: en la película de Jake Hannaford hay una escena en un coche en la que Pocahontas (Oja Kodar) casi viola a John Dale (Robert Random, posiblemente escogido, como gran parte del reparto, at random). Si la cosa no fuera tan patética, sería para reírse a carcajadas, porque el momento es digno de Russ Meyer. En definitiva, no podría haber nada más alejado de la ejemplar restauración que hizo Walter Murch de Sed de mal que este malhadado The other Side of the Wind.



A Cast of Thousands

John Huston interpreta maravillosamente a John Huston. Mucho mejor que Clint Eastwood haciendo de Huston en Cazador blanco, corazón negro. Y no es sólo una broma. Huston encarna a un director de cine ligeramente hijo de puta: tal que Huston, de quien siempre se habla de su vida “aventurera”, de sus cogorzas, de que hacía películas “alimenticias” (un 80% de su filmografía) porque estaba siempre sin blanca, de que una de sus esposas le dio a escoger entre ella y su mascota, un chimpancé, y que él se quedó con el mono, y de mil sandeces más; pero rara vez se hace mención a lo cabronazo que era. Recordaba Richard Brooks la razón por la que Truman Capote le escogió para dirigir A sangre fría: “¿Te acuerdas de aquella vez que estábamos en Italia con Huston? Estaba borracho y se puso a decirnos cosas horribles. Bogart, Bacall y yo acabamos llorando. Tú fuiste el único que no lloró”. Peter Bogdanovich clava a Peter Bogdanovich: engreído, soberbio, sabelotodo... El Bogdanovich de principios de los 70 que todo el mundo amaba. Los protagonistas de la película de Jake Hannaford, Robert Random y Oja Kodar, son bellísimos (pese a que Oja posea un mostacho considerable) aunque como intérpretes sean espantosos. También Joseph McBride brilla en sus escasas apariciones: hace de crítico tontaina y posiblemente es el único miembro superviviente del reparto que no ha cambiado con el curso de los años: sigue siendo crítico y sigue siendo un imbécil.

Lo que es realmente triste es ver a excelentes actores secundarios arrastrándose por la pantalla; algunos de ellos habituales del cine de Welles (Paul Stewart y Mercedes McCambridge, ambos con el empaque suficiente para dar cierta vida al film), alguno al borde del delirium tremens (Edmond O’Brien) y otros que, dada su experiencia y tablas, logran sobreponerse a la inevitable pregunta: “Pero, ¿qué coño estoy haciendo aquí?”, como Cameron Mitchell, quien casi siempre interpretaba papeles de desgraciadillo y aquí es un desgraciado de marca mayor.

Esto provoca un efecto perverso. Los personajes “negativos” llegan a hacerse simpáticos. Como por ejemplo el jefe de producción del estudio (que posee un asombroso parecido con Robert Evans), que frunce (comprensiblemente) el ceño ante las escenas de la película de Hannaford que se le muestran, o la crítica de cine que encarna Susan Strasberg, trasunto de Pauline Kael. Cierto es que Pauline era una bruja. Como también es cierto que muchas veces daba en el clavo (Cassavetes: “Ella es un orgullo para su profesión”). Pero Pauline cometió el error de pergeñar The Citizen Kane Book, librito donde todas las alabanzas y bondades del film de Welles se destinaban al guionista Herman Mankiewicz. Algo absurdo, pues el guión de Kane es bastante insulso: el misterio de Kane se reduce a la vacuidad absoluta y los puntos de vista de los personajes, presuntamente diferentes, no hacen sino mostrar un personaje unidimensional; de hecho, sobre el papel, la mejor escena es aquella en la que Everett Sloane recuerda a una muchacha con la que se cruzó brevemente en su juventud y a la que no ha dejado de rememorar cada día a lo largo de cincuenta años. Escena que, por cierto, era la favorita de Welles y que este admitía sin reservas que era lo mejor de la película y exclusivamente obra de Mankiewicz.

Y llegamos al momento de la especulación: ¿por qué no acabó Welles esta película? Dejemos de lado las habituales explicaciones de falta de presupuesto, del rodaje a trompicones que se alarga durante años o de que el director barajaba varios proyectos (fallidos) a la vez. Un argumento razonable reside en la vanidad del cineasta: muy posiblemente, Welles se dio cuenta de que el material no estaba a la altura de lo que de él podría esperarse (y de su propio engreimiento: no olvidemos que de tanto oír que era un genio acabó creyéndoselo) y no puso el suficiente empeño para terminar el film. Esta es, visto el metraje, una decisión aceptable y  muy coherente por parte de un artista exigente. Por desgracia, la última palabra no la pudo tener el director de El cuarto mandamiento.

"Mi última película ha recaudado diez veces más que Fat City", piensa Bogdanovich. "¿Por qué estaré soportando a este gilipollas?", piensa Huston

sábado, 15 de septiembre de 2018

Estrenos de ocasión: "La monja" y "Yucatán"



La monja (The Nun, Corin Hardy, 2018)

por el señor Snoid





Imagine que va usted deambulando de noche, en plan senderista, por un cementerio situado en un bosque por la zona de los Cárpatos; de improviso, avista la figura de una monja que finge que no le ve (posiblemente porque esté rezando el rosario); la monja se evapora: ¿qué haría usted? Pues sin duda renegar de todos sus prejuicios sobre la Guardia Civil, los Mossos d’Esquadra o el FBI: correr como un desaforado pidiendo auxilio hasta llegar a lugar seguro o (lo más probable) romperse el cráneo contra un árbol presa del terror. Sin embargo, no es esto lo que hace uno de los protagonistas de La monja: el muy insensato va en busca de esa mujercilla casada con Cristo o con el Anticristo hasta que ocurre lo que tiene que ocurrir. Este es uno de los mejores gags de una película que se nos vende como un film de terror pero que es una de las comedias más regocijantes que hemos visto en años.

El porqué nos atrevimos a ver esta cinta es largo de explicar. Los asiduos de este su blog saben de sobra que somos unos degenerados. Como tales, uno de nuestros subgéneros basura predilectos es el de “película de cárceles de mujeres”. Y un monasterio de monjas poseídas por Satán se aproxima mucho a ese tipo de films. Y si la película posee un mínimo de realismo, sin duda resultará más obscena y demencial que una narración ubicada en un centro penitenciario femenino en la URSS o en Brasil.

El comienzo de La monja es muy prometedor y hay que admitir que el film no pierde fuelle en ningún momento. Tras un prólogo en el que vemos cómo El Maligno se ha apoderado (y empoderado) de un gigantesco monasterio, el de Santa Carta en Rumanía, donde una monja anciana y una sor jovencita forman el último bastión de la resistencia, la monja vieja es literalmente tragada por el diablo y la monja joven se suicida de una forma grotesca, aparatosa y espectacular, como si lo hubiera planeado desde hacía meses. A continuación, el padre Burke, experto en exorcismos y fenómenos religioso-paranormales (perdonen la redundancia) es convocado al Vaticano. La secuencia en la que se le ordena investigar los misteriosos sucesos del monasterio de santa Carta es muy similar a todas las que aparecen al principio de las pelis de 007. Un cardenal con malas pulgas (M), acompañado de dos arzobispos (Tanner y Q) informan escuetamente a Burke (Bond, James Bond). Hay una cierta tensión entre el cardenal y Burke: sospechamos que el cardenal piensa que Burke es un tarambana poco de fiar (como M con Bond); Tanner se muestra más conciliador, y Q no le entrega un arsenal de gadgets, sino una ampolla de agua bendita en plan “Con esto vas más que aviao, macho. Y devuélveme la ampolla intacta, que perteneció a Julio II”.

El agente vaticano Burke recibe instrucciones para llevarse consigo una novicia con superpoderes para afrontar tan peligrosa misión. La muchacha se halla instruyendo a unos críos con un jueguecito de Parque Jurásico (la película se desarrolla en 1952); una de sus alumnas, la repipi de la clase, espeta, “Pues sor Lucía nos ha dicho que los dinosaurios no existieron: que en el paraíso de Adán y Eva no había dinosaurios”. A lo que la novicia replica: “¡Cuanto tiene que evolucionar nuestra iglesia!”. Ya sabemos que es una peligrosa sectaria de la Teología de la Liberación.

El mal en estado puro


Se puede decir que esta es una película redonda. Hay un equilibrio total. El guión es tan espantoso que se diría escrito por un estudiante oligofrénico de primero de audiovisuales; los diálogos son de la calaña de “El Vaticano nunca hace nada a la ligera”, “¿Qué habrá tras esa puerta, padre? — Es un misterio, hija”; el montaje lo han hecho a hachazo limpio, no mediante el Final Cut Pro; el director pone la cámara siempre en el lugar más inadecuado y mueve la cámara cuando no hay que moverla (hay dos excepciones: como el tipo debe ser un fan de Brian de Palma, hay cantidad de planos cenitales. Uno es maravilloso. Nos muestra un montón de monjas rezando, todas ataviadas de negro menos la que está en el centro, la novicia maldita que va de blanco. De repente, El Maligno decide actuar y hace unas carambolas espectaculares con un bolo o un taco de billar invisibles para que las monjas cucarachas se estrellen contra el artesonado, las columnas y el altar mayor); los actores, casi sin excepción, están fatal.



    La novicia en un momento de extremo peligro


Y decimos “casi sin excepción” porque, según uno de los grandes escritores del siglo XVI, Cristóbal de Castillejo, en su obra Diálogo de mujeres (tratado que recomendamos a todas nuestras seguidoras feministas), las monjas se dividen en dos subgrupos: las que son putas o las que son bobas. Pues bien: la monja puta que monta todo el guirigay en el monasterio posee un asombroso parecido con una monja catequista de nuestro villorrio, monja que además se da aires cardenalicios. No es para menos, pues la Benemérita la detiene un día sí y otro también por conducir borracha... Esta monja (la de la peli, no la de nuestra aldea, que también) es tan puta que logra engañar al papanatas del padre Burke y a la visionaria novicia.


La monja de la aldea donde residimos

Otros motivos de gozo y diversión. En la Rumanía de 1952 el imperialismo anglosajón ya había penetrado tanto en un país del Telón de Acero que todos los rumanos de la peli hablan el inglés a la perfección; el único que desentona es un aliado de nuestros héroes, un franco-canadiense que lo habla con esas “erres” típicas que ustedes están pensando (y que anda por esos lares ¡porque fue a buscar oro en las montañas!). Incluso las inscripciones de las tumbas están en inglés. Hemos llegado a la conclusión de que Ceaucescu era un aperturista total y que maldito el caso que le hacía a papá Stalin.

El desenlace es asimismo majestuoso. La monja puta, a punto de ahogar a la novicia (Burke está inconsciente; en verdad, se pasa inconsciente el 80% del metraje debido a accidentes varios y a las asechanzas del demonio), recibe su justo merecido. Nuestra monjita buena se bebe una cápsula con sangre de Cristo que se guardaba en el monasterio y se lo escupe a esa hija de Satanás en plena cara. Y no queda cariacontecida, sino que vuela en mil pedazos. Sin embargo, no fue eso lo que nos sorprendió. Lo que nos llenó de espiritual gozo fue la constatación de que Cristo debía poseer centenares de litros de sangre; y no hablemos del tamaño de algunos de sus miembros, pues hay restos del pellejín del santo prepucio diseminados por cientos de iglesias de la Europa comunitaria y hasta extracomunitaria...

En fin, una comedia sin fisuras que además esconde un profundo mensaje, como tantas pelis gringas que tratan el fenómeno de las posesiones demoníacas: si existe ese ser  maligno todopoderoso, el Otro, es decir, Él, debe existir también, ¿o no? Teología y comedia de altos vuelos.



Yucatán (Daniel Monzón, 2018)

por la madre del señor Snoid


(Se reproducen verbatim los comentarios de la madre del señor Snoid. Reiteraciones y divagaciones que no vienen a cuento han sido eliminadas. Se recomienda que se lea como un monólogo exterior)




Es muy graciosa. Luis Tosar está muy calvo, pero le han puesto un peluquín de bisoñé que le sienta muy bien. Con entradas y todo. Me ha gustado. Al principio, hay un número musical como aquellos de la Metro. Se trata de unos timadores que van en un crucero y se encuentran con otra timadora que les da sopas con onda. Divertida. Muy bien hecha. Toni Acosta, una que estaba casada con un hijo de Raphael, tiene un papel menor. Es una comedia. Me he reído mucho. Los personajes me han recordado a los hermanos de un cuñado mío, que me daba la impresión que practicaban el timo del tocomocho en Valladolid.

Luis Tosar, incómodo con su peluquín