domingo, 30 de junio de 2019

LIBROS DE OCASIÓN: "ESPACIO PARA SOÑAR" (David Lynch y Kristine McKenna, Reservoir Books, 2018)





por el señor Snoid


Volumen que entusiasmará a los fanáticos de David Lynch y que a algunos de sus admiradores nos ha dejado asombrados. Asombrados porque el volumen combina dos géneros literarios: la hagiografía (o Vida de un santo) y la autobiografía. Lo explicaremos: se alternan capítulos escritos por Kristine McKenna en los que se hace un repaso de la vida y obra del director —con abundancia de testimonios de colegas, amigos y colaboradores— junto con otros del propio Lynch, en los que comenta, explica y hasta en ocasiones rectifica el texto previo de la coautora. Aunque, malpensados como siempre, mucho nos tememos que David no ha escrito una sola línea. Sus fragmentos dan toda la impresión de ser la transcripción de cintas grabadas que un paciente escribano ha pasado a limpio. No obstante, este hecho no le quita interés al libro. Ni muchísimo menos.

El Lynch legendario

Dado que los análisis fílmicos que realiza McKenna son escuetos y no añaden nada nuevo a lo que cualquier aficionado sabe o intuye sobre el cine de Lynch, lo mejor del libro se halla en la descripción de los métodos de trabajo del director y en sus muy particulares obsesiones. Estas son las que conoce todo el mundo, pero corregidas y ampliadas. Por ejemplo, Raffaella De Laurentiis tuvo que someterse a una histerectomía y David, al enterarse, le pidió que le regalara su útero, a lo que ella accedió. Pero los galenos del hospital pensaron que estaba algo trastornada, se deshicieron del órgano y entonces la hija de Dino le dio el cambiazo por un útero de vaca: ”Supongo que lo conservó en la nevera hasta que alguna de sus mujeres lo tiró a la basura”.

Los numerosos testimonios coinciden en que los rodajes de David son de un buen rollo fenomenal. Amable y obsequioso con técnicos y actores, todos los entrevistados adoran a Lynch. Aunque alguno muestre su extrañeza por su, en ocasiones, curiosa conducta. Por ejemplo, durante el rodaje de la célebre escena “Papaíto entra en casa” de Terciopelo azul, el director se reía a carcajadas mientras rodaba los planos. Nosotros admitimos que la violación de Frank Booth a Dorothy Valens nos sumió en un estado de pánico y estupor. Hay que reconocer, sin embargo, que ello no debió perturbar demasiado a los actores (sobre todo a Dennis Hopper), ya que el resultado final es escalofriante.



Lynch, monógamo en serie

Ustedes quizá habrían pensado que David, al ser ligeramente excéntrico, poseer un notable acento de paleto del Medio Oeste y estar totalmente volcado en su trabajo, no iba a ser precisamente un Casanova. Todo lo contrario. Las mujeres adoran a David y David adora a las mujeres. No nos sorprendió la revelación de que, en su etapa en el instituto, “cambiaba de novia cada semana”. Y es que este hombre es un encanto: amable, detallista (friega los platos y barre: esto, al parecer, entusiasma a algunas mujeres) y cariñoso. Y además posee un rasgo que todo Ladies’ man explota consciente o inconscientemente: su atractivo apela al instinto maternal de las tías. De hecho, el otro día estaba un servidor de ustedes viendo un par de capítulos de Twin Peaks (III) y cuando acabaron, la señora Snoid, que no se había dignado a echar siquiera una ojeada a un fotograma, pero que oía en la distancia, comentó: “Hay que ver qué mala es la música de las pelis de este muchacho” (pensando sin duda en alguna de las atroces actuaciones en el garito “Bang Bang” que cierra algunos episodios). Yo pensé: “¡Ese muchacho nació en 1946!”. Y es que ellas se pirran por un niño grande, no nos engañemos. E incluso cuando la conducta de Lynch no es muy caballerosa, las pobrecillas tienden a echarse la culpa. Cuenta Isabella Rossellini que David cortó con ella por teléfono en plan “No quiero volver a verte”. Qué feo. E Isabella añade: ”Durante años, pensé que era culpa mía por no hacer Meditación Trascendental”.



Lynch y la industria

No en general, claro, pues David es un enamorado de las fábricas, chimeneas gigantes, hollín, aserraderos, llaves inglesas y herramientas de todo tipo: a la industria del cine nos referimos. Cualquier seguidor de Lynch conoce bien los avatares de su frustrado proyecto Ronnie Rocket, guión que ha sido su obsesión desde los primeros ochenta. O cosas como One Saliva Bubble. Lo que ignorábamos es que nuestro hombre tenía un muy prometedor proyecto entre manos, Love in Vain, sobre el bluesman Robert Johnson y su famoso pacto con el diablo: “Lo que transmite el guión  es que los negros tienen un universo propio,  y que ningún blanco sabe qué pasa ahí. Hay música, hay sexo, hay latas de Sterno (etanol y alcohol gelatinoso) y amuletos y pinares y garitos con gramolas y mucho vagar sin rumbo y gente retándose”. Lo de los “pinares” nos da qué pensar, pero, así contado, es una desgracia que esta película no llegara a realizarse...



Lynch y sus ídolos

No cabe duda de que los años 50 marcaron a Lynch. Poco antes de  rodar Carretera perdida, le ofreció un breve papel a Marlon Brando. La cosa consistía en una escena en la que Brando y Harry Dean Stanton, vestidos de mujer, improvisaban una escena tomando el té. Pero Marlon leyó el guión y sentenció: “Basura pretenciosa”. Ello no arredró a David, quien, una vez acabada la película, organizó un pase exclusivo para el actor, que Brando vio degustando varias hamburguesas aderezadas con gominolas. Al día siguiente telefoneó a Lynch: “Es muy buena. Pero no harás ni un centavo con ella”. Pero no sólo es Brando: piensen en Hope Lange, Russ Tamblyn o Don Murray, quien ya andaba por los ochenta tacos cuando interpretó al jefe de Kyle MacLachlan en Twin Peaks: el tipo no había perdido un ápice de su simpatía y carisma. Verle ahí, erguido como una estaca, te hacía recordar Bus Stop o Del infierno a Texas. Y es que David siempre ha tenido un ojo (y oído) excepcional para el casting.



El Lynch religioso

Cuenta David que un día fue con su hija Jennifer a desayunar y en el local había unos parroquianos hablando de dios y de ciertos pasajes de la Biblia: “Qué bien, pensé, que haya gente hablando de estas cosas un domingo por la mañana”. Y su hija le dice: “¿Sabes quién es el que sentado ahí detrás? El líder de la Iglesia de Satán”. No es este el único encontronazo de David con las Sagradas Escrituras: “Una vez el doctor Hagelin dijo que la Biblia está escrita en código y que bajo una luz incandescente es una cosa, pero que bajo una luz espiritual  es otra muy distinta. Un día me encontraba en el salón, cojo la Biblia, me pongo a leer y, mira por dónde, la página se iluminó y se hizo el milagro. Tuve la impresión de que la página se volvía casi blanca, y lo que estaba escrito allí iluminó una cosa mucho más grande y todo se volvió claro”. No cuenta David, por desgracia, si estaba inmerso en el Libro de los Reyes, el de Job, el Eclesiastés, el Apocalipsis (“Revelación” para los anglosajones) o las cartas de San Pablo a los Efesios. Y es una putada, porque nosotros hemos intentado repetir el experimento... y nada.

La cuestión es que David es un apasionado de la meditación trascendental y su gurú era el difunto Maharishi Mahesh Yogi (a quien, por cierto, está dedicado el volumen). Seguro que lo recuerdan. Era el santón hindú que les dio unos cursillos acelerados de santidad a los Beatles, junto con otros famosos, en la India en 1967. La cosa se torció cuando, al parecer, el Maharishi intentó violar a Mia Farrow (¡la de cosas que le han pasado a esta muchacha!), Lennon se cabreó, obligó a los demás a hacer las maletas y un año después le dedicó la canción Sexy Sadie del Álbum Blanco. En 1971, Lennon recordaba al “viejo rijoso” cuando le dijo que se largaban. El Yogi le preguntó “¿Por qué?”. Lennon: “Si tan cósmico eres, lo sabrás”. Ringo, al comentar la experiencia, remachó: “Era como Dingles” (su instituto de secundaria, donde lo pasó fatal). No obstante, parece que a David esto de la Meditación le va de maravilla e incluso, pese a su timidez, ha hecho varias giras en favor de la causa.


Llegados aquí, pensarán ustedes que nos hemos tomado este libro un poco a chacota. Es posible. Pero hemos de insistir: no es un análisis de la obra de Lynch y sí una entretenidísima biografía con abundante anecdotario. Que nos ha animado a repasar toda la obra de Lynch, por otra parte. Y hemos salido de la experiencia de lo más satisfechos. Todo nos ha parecido igual o más brillante que como lo recordábamos. Incluso naderías como algún cortometraje (The Cowboy and the Frenchman) o los escasos episodios de On the Air. Los anuncios de pasta Barilla y de perfumes varios no los hemos repasado. Sin embargo hemos de admitir que Fire Walk with Me nos sigue dejando fríos... Pero es que quizá el mundo de Laura Palmer no nos entusiasma tanto como a David...

Además, es un volumen espléndidamente cuidado: hermosas fotografías en glorioso blanco y negro, apéndices exhaustivos sobre la filmografía y actividades pictóricas de David, índices temáticos y onomásticos, notas... La traducción es estupenda, pese a alguna pifia ocasional (algo inevitable en un libro de más de 700 páginas). Ahora bien, si David dice algo tipo “Bob Dylan. La rehostia”, nosotros siempre estamos dándole vueltas durante días a la cuestión: “¿Cómo se dirá la rehostia en inglés?”. Reconocemos que somos así de tarugos...

Ha poco la editorial Shangrila ha sacado un volumen colectivo que analiza Carretera perdida. Paseos con David Lynch. Roberto Amaba (coordinador), 33. Sin duda, un buen complemento de este Espacio para soñar.


David Lynch y Kristine MacKenna. Espacio para soñar. Trad. de Aurora Echevarría y Luis Murillo. Reservoir Books, Barcelona, 2018.

miércoles, 1 de mayo de 2019

MUJERES, CURRO Y FEMINISMO: SIETE MUJERES ( 7 Women, John Ford, 1965)




por el señor Snoid

Para Di, nuestra doctora Cartwright particular



¿Feminista Ford? Sin duda él se habría reído mucho de tal etiqueta, así como desdeñaba cualesquiera otras con las que solían adularle. Sin embargo, no es aventurado definir su última película, Siete Mujeres, como una obra feminista.

Bien pensado, Ford había elaborado en su extensa filmografía un buen número de retratos de mujeres fuertes e independientes (las madres de Las uvas de la ira y Qué verde era mi valle, la Maureen O’Hara de El hombre tranquilo y The Wings of eagles o la Clementine Carter de My Darling Clementine, alguien que es capaz de atravesar todo el oeste, “de pueblo minero a pueblo minero, de pueblo ganadero a pueblo ganadero”, en busca de Doc Holiday, y tantas otras más).


El comienzo de Siete Mujeres sigue un habitual patrón fordiano: el protagonista llega a un lugar donde resolverá un conflicto, bien a su pesar (My Darling Clementine), gozosamente (El joven Lincoln), o provocará desastres (El hombre que mató a Liberty Valance). Aquí la doctora Cartwright (Anne Bancroft: espléndida) llegará para quedarse, pero a diferencia del Sean Thorton de El hombre tranquilo, no para llevar una existencia feliz, sino para sacrificarse y, a la postre, poner fin a su vida.
  
La escena es ejemplar. Destaca el momento previo en el que Emma (Sue Lyon) y los niños chinos cantan “Yes, Jesus loves me”, tonada que los críos no entienden en absoluto, y acto seguido aparece la protagonista en forma de figura cristológica: montada en una mula a su llegada a Jerusalén. Pero no se la recibe con alborozo. La recepción es glacial y se subraya el hecho de que “es una mujer”. Sin embargo, Ford, en unas pocas pinceladas, muestra la determinación, dureza de carácter (y hasta arrogancia) de la doctora Cartwright.


Su enfrentamiento con la directora de la misión (Agatha Andrews: Margaret Leighton) es uno de los ejes del film. En parte gracias al guión, en parte a la soberbia interpretación de la actriz, la señorita Andrews está lejos de ser una villana unidimensional. La hemos visto en una escena previa, cuando a duras penas logra contener la atracción que experimenta por la joven Emma:



Y es con la doctora Cartwright con quien Andrews va a sincerarse. Muy hábilmente, Ford invierte los papeles en la escena: es la misionera quien se confiesa con la atea y descreída doctora. La locura final del personaje (tilda a Cartwright de “Puta de Babilonia”) no se debe tanto a un deseo sexual insatisfecho ni a que su mundo (la misión) se hayan derrumbado. Ha acabado por entender que toda su vida ha sido inútil, que ha sido una farisea que ha visto en el espejo una figura realmente evangélica (la doctora) e, incapaz de soportarlo, se refugia en la demencia.


   
Tras varios días sin descansar debido a la epidemia de cólera, Cartwright llega borracha a la ritual cena de las misioneras. Y ella también se confiesa: recalca lo duro que es para una mujer hallar un trabajo decente de médico, cómo ella también ha fracasado en su vida amorosa... pero no se arrepiente de nada. Si para Andrews el sentido de la vida es salvar almas, el de la doctora es salvar vidas. Andrews fracasará donde Cartwright triunfa.


  
Pero las otras mujeres han entendido por fin cuál era el propósito, que hasta entonces no habían cumplido, de su misión religiosa. Así, el maravilloso momento de la despedida entre la doctora y la que fue “la mano derecha” de Andrews, la al principio pacata señorita Dunnock (Jane Argent):



Y al final, Cartwright se sacrificará por todas ellas. Pero es demasiado fuerte y corajuda para convertirse en la concubina de un violento bandolero chino. Ford sigue la lógica del carácter del personaje y nos ofrece uno de los finales más bellos y tristes de toda su obra:



  
Nota Bene: Si han llegado hasta aquí, nuestros amables lectores habrán advertido que algunos fragmentos están en V. O. y otros doblados. No se trata de un gazapo: queríamos que los lectores entendieran bien ciertos diálogos. Ya saben lo que escribió Joyce: “Adiós, obrilla mía: ¡saluda al mundo!/Te escribí, aunque me pesa,/en la triste y acerba lengua inglesa.”

lunes, 29 de abril de 2019

LOS OLVIDADOS: OLGA CHEJOVA (y III)








por el señor Snoid



Habíamos dejado esta saga en el momento en que las tropas soviéticas, al más puro estilo wagneriano que tanto entusiasmaba a Hitler, arrasaban lo poco que quedaba por arrasar en Berlín y se dedicaban con deleite al pillaje y la violación. Unos soldados irrumpieron en el apartamento de Olga, y esta, hablándoles en ruso con tono altivo e imperial, exigió ver a sus superiores. En pocos días Olga regresaba a la madre Rusia. Allí estuvo un par de meses, habitando en una espléndida dacha cuando no se la conducía a un piso franco de la NKVD para ser interrogada. La versión oficial relata que estos interrogatorios se centraban en la obsesión que aún tenía Stalin sobre Hitler: se preguntaba el bueno de Josef cómo era posible que un monstruo como Adolf hubiera encandilado tanto al cultísimo pueblo germano. Sinceramente, no creemos que Stalin fuera tan cretino. Lo más probable es que la NKVD la interrogara sobre sus pasadas actividades durante la guerra, se le dieran instrucciones de cara a su regreso a Alemania, o, dado que a Olga la había reclutado el GRU y los distintos servicios de inteligencia soviéticos se espiaban también entre sí, la NKVD quisiera recabar toda la información posible.

El castillo Vogeloed: primera aparición de Olga en el cine


Otra leyenda muy bella procede de esos meses moscovitas. La compañía del Teatro del Arte tuvo la ocurrencia de celebrar la victoria soviética con una representación de El jardín de los cerezos, obra que ya habían representado unas 10.000 veces. Al término de la función, la tía de Olga y viuda de Antón Chejov, Olia, salió a saludar, reconoció a su sobrina entre el público y se desmayó. Teniendo en cuenta que el teatro estaba abarrotado y que tía y sobrina no se habían visto a lo largo de más de veinticinco años, la anécdota nos parece preciosa, pero francamente improbable.

Vuelta a Berlín. Olga ocupa una mansión en el sector soviético, pero pasa con total facilidad a los sectores controlados por británicos, franceses y norteamericanos como Pedro por su casa. Recibe visitas de decenas de periodistas occidentales y ella niega cualquier actividad relacionada con el espionaje y deja bien claro que despreciaba a los jerifaltes nazis. Cuando la situación comienza a calmarse, nuestra heroína decide retomar su carrera cinematográfica.




Aunque ya no era precisamente una jovencita, Olga ambicionaba volver al estrellato. Y ni corta ni perezosa fundó su propia productora, Venus Film Múnich/Berlín. Productora que no tardó en estrechar lazos con la antigua UFA, ahora propiedad del estado comunista alemán, para que sus coproducciones pudieran verse en la Alemania Oriental. Algo totalmente lógico, pues Venus Film fue financiada íntegramente con capital soviético, aunque este hecho se ocultó cuidadosamente. La industria cinematográfica se había traslado a Múnich y allí marchó Olga con su nieta Vera, aspirante a actriz. Por desgracia, la empresa resultó un fracaso, pues tres de las primeras películas que realizó Venus Film (con una madura Olga como protagonista) no tuvieron el éxito esperado. Sin embargo, ello no arredró a la corajuda Olga: apareció (casi siempre en papeles secundarios) en más de veinte películas entre 1949 y 1974.

Un sombrero de paja de Italia: el sombrero de Olga desencadena toda la acción

     
En 1955 Olga se embarcó en otra aventura empresarial: la Olga Tschechowa Kosmetik, casa comercial dedicada a cremas y potingues femeninos que tuvo un éxito arrollador. Sin embargo, ¿quién, en una Alemania anterior al “milagro económico”, iba a tener dinero para adquirir estos carísimos productos cosméticos? Naturalmente, las esposas de los oficiales de la OTAN que poblaban la República Federal de Alemania en aquellos años. Y es que Olga organizaba saraos donde nunca faltaban invitaciones para estas damas, donde el cotilleo sería habitual y Olga inquiriría sutilmente sobre los rangos y actividades de los maridos de aquellas señoras, sin descuidar detalles triviales sobre la ubicación exacta de las bases de lanzaderas de cohetes nucleares o las características técnicas del nuevo submarino Polaris. Por otra parte, en 1955 Olga apenas tenía unos cientos de marcos, por lo que no sería paranoico deducir que la Olga Tschechowa Kosmetik tuviera una buena porción de accionariado soviético...

Las cremas de Olga son hoy cotizadas piezas de coleccionista



Por esta época ocurrió una anécdota espectacular que, a diferencia de tantas otras, sí es verdadera. Recordarán ustedes que a Elvis Presley, en la cima de su fama, le mandaron a hacer el servicio militar a Alemania en 1959. Pues bien: el Rey y la nieta de Olga, Vera, se conocieron en Múnich y se enamoraron: ello podría haber sido el broche de oro de la carrera de Olga: emparentar con Presley, y, de paso, emparentar a la familia Presley con la familia Chejov. Desafortunadamente, el idilio duró lo que duró la estancia de Elvis en Alemania.

En 1962, irónicamente, Olga recibió el Deutscher Filmpreis “por sus largos años de servicio a la industria cinematográfica alemana”. Irónicamente porque unos cuantos años antes Hitler la había nombrado Artista del Reich y los soviéticos le habían concedido la Orden de Lenin (de extranjis) en 1945.
   
En 1980 Olga contaba con ochenta y tres años de edad y padecía una dolorosa leucemia. Cuando se sintió morir, y como homenaje a su tío Antón Chejov, quien había expirado siguiendo el mismo ritual, pidió una copa de champán, la apuró y exclamó, ”La vida es bella”. Memorable final para una de las mujeres más notables (y desconocidas) del cine del siglo XX.

martes, 23 de abril de 2019

ESTRENOS DE OCASIÓN: "GREEN BOOK" (Peter Farrelly, 2018)





por el señor Snoid


Habíamos oído hablar tanto y tan mal de esta película que nos picó la curiosidad. Y es que las objeciones que se la achacaban no nos parecieron muy convincentes. Primero, se acusaba al film de ser “históricamente poco riguroso”. Desconocíamos que hubiera tal cantidad de expertos sobre la Norteamérica de 1962. O sobre la vida y milagros del pianista Donald Shirley. Sin embargo, una película que se estrenó casi al mismo tiempo y que recibió todos los elogios de la crítica, La favorita, no tuvo que pasar por  el tamiz del puntillismo pseudohistórico, y, sin embargo, esta cinta se toma tal cantidad de libertades con hechos y personajes que mucho nos tememos que, o bien la crítica se mostró muy benevolente (puede que también mareada ante tanto gran angular y bóvedas en abanico) o bien lo ignora todo sobre la Inglaterra de la época de “Mambrú se fue a la guerra”. Otro argumento repetido hasta la saciedad era el que se verbalizaba más o menos así: “Ya verás cómo es la típica en la que el blanco le enseña al negro las verdades de la vida”. Paternalismo aparte, este argumento nos parece hasta... racista. Pues casi implica que Toni Lip (Viggo Mortensen) representa a todos los blancos y que Donald Shirley (Mahershala Ali) representa a todos los negros. Uno, como hombre negro, no se identifica mucho con Shirley (demasiado cursi), y, como hombre blanco, tampoco con Tony Lip (demasiado bestial). La tercera tacha del film es que su responsable, Peter Farrelly, se ha pasado toda su carrera haciendo mierda. Reconocemos que no hemos visto cosas como Dos tontos muy tontos, aunque guardamos un recuerdo imborrable de un momento de la única peli suya que hemos visto, Algo pasa con Mary: la escena que comparten Matt Dillon y un achicharrado perrito Yorkshire. De cualquier forma, y admitiendo que el señor Farrelly sólo haya participado en películas infames, no les ocultamos que nosotros creemos en la redención del ser humano. Aunque se trate de un director de cine gringo.

Donald instruye a Tony sobre el arte epistolar

El negro que tenía el alma blanca

Donald Shirley tiene un par de problemas. Pese a que es un virtuoso del piano, que acumula doctorados, grados, másters y diplomas (no expedidos por esa universidad en la que ustedes están pensando), es negro. Y gay. Y en 1962 no sabemos qué podría ser peor. Si reflexionan, la aceptación total del hombre negro homosexual es muy reciente, y, de hecho, en gran parte se debe al personaje de The Wire Omar Little. No es descabellado afirmar que hay una época antes de Omar y otra después de Omar, pues gracias a él todo varón heterosexual (blanco) deseó, siquiera brevemente, ser negro, gay, lucir un chirlo espectacular en la jeta, portar una recortada y llevar gabardina.


Sin embargo, las dificultades de Shirley son enormes: no encaja con sus hermanos negros (demasiado culto, demasiado sofisticadamente hortera), no encaja con el mundo de machos que le ha tocado vivir e incluso no puede tocar ni grabar la música que a él le apasiona. El film pasa de puntillas sobre su condición homosexual: sólo una breve escena en la que Lip le rescata de unos baños públicos donde el sheriff local le ha pillado con un chaperillo. Sorprende que el muy viril italoamericano Lip no se escandalice. Pero como dirá en otro momento del film, “He trabajado toda mi vida en clubes nocturnos”: algo que puede traducirse como “Sé muy bien lo que se cuece en los servicios de caballeros”. La soledad de Shirley se muestra de forma más eficaz en los sórdidos hoteles para negros donde tiene que alojarse en su gira sureña: se muestra incapaz de relacionarse con “su gente”, bien porque se siente demasiado “aristocrático” frente a los oprimidos negros sureños, bien porque aún es incapaz de comprenderlos.


  

Green Book funciona aceptablemente bien como comedia, chirría un tanto respecto a la descripción de los conflictos raciales y fracasa cuando adopta un tono excesivamente sentimental. En cuanto a la comedia, Viggo Mortensen se convierte sin esfuerzo en el centro de la función y algunos gags son desternillantes (la parada al cruzar la frontera de Kentucky para ¡degustar el pollo frito del Coronel Sanders! “El mejor que he probado. Debe ser que aquí es más fresco”, o cuando describe las virtudes pianísticas de Shirley: “Es como Liberace, pero mejor”). Asimismo, la película se cuida mucho de recalcar que Lip no es un mafioso ni quiere serlo: más que un wiseguy es simplemente streetwise. El asunto racial es un tanto contradictorio: aparentemente, Shirley se embarca en la gira por el Sur para demostrar (o demostrarse a sí mismo) la valía de un hombre negro. Sin embargo, su auditorio está compuesto por blancos ricachones que sojuzgan a los negros, por lo que Shirley aparece como una “rareza”, un producto exótico que sirve más para tranquilizar conciencias blancas que para provocar el orgullo de conciencias negras. No es el único equívoco del guión: al comienzo de la película vemos a Lip en una actitud francamente racista (arroja a la basura unos vasos que han usado unos obreros negros en su casa). Actitud que no casa muy bien con lo que vendrá después (acepta sin titubeos trabajar para Shirley). No obstante, Lip le hace saber a Shirley que el auténtico negro es él: “He vivido en Queens toda mi vida, conozco a mis vecinos, me he pasado toda la vida trabajando”: un interesante apunte sobre la torre de marfil en la que vive Shirley y de la que ha decidido ausentarse brevemente.


Tony degustando el auténtico Kentucky Fried Chicken

También podría argüirse que Green Book es la puesta al día (post-Obama) de aquellas pelis sesenteras tipo En el calor de la noche o Adivina quién viene a cenar esta noche. Pero quizá estas películas eran aún más tramposas: en la primera Sidney Poitier era un poli mucho más listo que los personajes interpretados por Rod Steiger o Warren Oates (tampoco era un logro extraordinario) y en la segunda se ganaba a los (falsamente) liberales Katharine Hepburn y Spencer Tracy, al demostrar que, pese al color de su piel, era más blanco que ellos.

Pese a todo, Green Book posee secuencias excelentes: por ejemplo, la que se desarrolla en el local “para negros” donde Shirley interpreta un complicadísimo Nocturno de Chopin... para a continuación juntarse con la banda del tugurio y tocar rhythm&blues... algo que por fin le permite conectar con “su gente”.


Donald en plan Honky Tonk Man

El director Farrelly no se permite ningún alarde estilístico. Algo, por otro lado, que es de agradecer. Cámara a la altura de los personajes. Ningún detalle que interfiera entre el espectador y la historia. El director simplemente deja que unos buenos actores se luzcan: la dirección al servicio de los intérpretes y del guión. Salvando las distancias, lo que hacían en el antiguo Hollywood gentes como Gordon Douglas o Michael Curtiz cuando contaban con un libreto decente y unos buenos actores.

Se puede objetar que el final del film es absolutamente inverosímil. Y en buena medida es cierto. Pero, por otro lado, ¿no son inverosímiles, ahora y cuando fueron realizadas, algunas de las mejores obras de Frank Capra? Green Book es una fábula: acertada en ciertos aspectos, demasiado explícita en otros, pero no se trata de una película tan despreciable como parte de la crítica se ha empeñado en tildarla.

martes, 12 de marzo de 2019

ESTRENOS DE OCASIÓN: "Mula" (Mule, Clint Eastwood, 2018)





por el señor Snoid

La taquillera era una auténtica belleza (¿se podrá decir taquillera hoy en día?). Mientras esperábamos el turno en la cola me hallaba en un estado de contemplación religiosa (“Taquillero soy y a Taquillera adoro”) y pensaba que no era inadecuado adoptar una pose de anciano rijoso para ver una de Clint con Clint. Así que cuando llegó el momento anhelado susurré “Tres para la Mula” con las canillas temblequeantes. Ella debía estar en un similar trance místico (no por un servidor de ustedes, claro), pues la muy bruja me dio tres entradas para Capitana Marvel, y uno, en medio de la conmoción, ni se enteró. Así que entramos en la sala. Luces apagadas. Los sempiternos anuncios de Electrónica Toribio y Butique Chelsa. Después, un extraño homenaje a Stan Lee que me hizo despertar brevemente de mis cavilaciones sobre los Diálogos de Amor de León Hebreo. Más logo de Marvel. Un trailer que no parece un trailer. Y salimos disparados de la sala, yo disculpando la metedura de pata como pude (“Tranquilizarvos, que en las pelis Malpaso todo lo que se rueda va al montaje final”). Advertidos quedan ustedes de que los primeros diez segundos de Capitana Marvel no son nada prometedores.

Hacía tiempo que no veíamos una de Clint. Lo cierto es que las últimas daban un poco de miedo y preferíamos guardar el buen recuerdo de tantos gratos momentos pasados. De hecho, en la anterior que vimos, El francotirador, estuvimos a punto de abandonar en el momento en que el protagonista ve por la tele lo de las torres gemelas u 11-S. Zoom lento hacia el rostro del actor, que pone cara de “Esto es importante... ¡Esto es muy importante!”. Como un plano de Spielberg. No sabíamos que más adelante habría cosas aún peores.


En Mula, Clint está hecho una carraca, en efecto. Pero pensándolo bien, otros miembros del reparto están más hechos polvo que él. Los mucho más jóvenes Andy García y Laurence Fishbourne parecen a punto de estallar de un momento a otro. Y no de júbilo. Dianne Wiest lleva una rarísima máscara de plástico transparente en el rostro. ¡Y sólo tiene 70 tacos, no casi 90 como Clint! Y la hija de Clint, Allison, parece también muy machacada. Y como el resto del reparto lo integran narcotraficantes mexicanos (malos y feos) y polis gringos o agentes de la DEA (malos y feos) más la actriz que hacía de novicia en La monja, aquí nieta de Clint, pues todos los ojos se dirigen al anciano ídolo. Y cuando aparece alguna trama paralela (la investigación de la DEA: un tostón mal elaborado y peor escrito) estamos deseando que pasen a otra cosa y que salga Clint.



La droga dignifica al hombre

El transporte, que no el consumo: no se pongan a pensar mal. Como tantas veces, Clint interpreta a un personaje que no  ha abordado bien lo de la conciliación familiar y laboral (su hija y su ex-mujer le detestan). También, como tantas otras veces, es un veterano de la guerra de Corea (conflicto bélico que Clint evitó a toda costa: exactamente igual que como lo hubiéramos hecho ustedes y yo). También, como tantas otras veces, Clint es un viejales gruñón con un corazón de oro.

Reveses económicos obligan a Clint a convertirse en mula de un poderoso cartel mexicano. Y el tío lo hace tan bien que en pocos portes se convierte en una estrella de la distribución interestatal. Unos cuantos chascarrillos y la visión de un viejales que parece a punto de fenecer evitan toda sospecha policial. Y las suculentas recompensas dinerarias que recibe Clint van todas a buenas causas: la boda y estudios de su nieta, la rehabilitación del centro de veteranos de su barrio, una hipoteca pendiente sobre su desastrado negocio de floristería... Tal es el éxito de nuestro hombre que, a partir del tercer o cuarto porte, los mexicanos malos y malencarados ya sienten un cariño tremendo por el viejo, al que apodan Tata, le dan amistosas palmadas en la espalda, le colman de epítetos heroicos (“¡Fiera, que eres un fiera!”) e incluso le enseñan a enviar mensajes de texto con el móvil y a poner emoticones. Su fama llega a las alturas de las multinacionales de la drogadicción y el capo Latón (Andy García) da una fiesta en honor de Tata en su lujoso y horrendo rancho. Y tras los bailes latinos, cuando Clint pensaba que se iba a ir a la camita después de tomarse las pastillas para la tensión, su anfitrión ha dispuesto que dos siliconadas señoritas le den la noche: “¡Tengo que llamar a mi cardiólogo!”, exclama un alborozado Clint. Lo cierto es que la secuencia es una chuscada digna de Mariano Ozores con Esteso y Pajares, pero a Clint se le perdona todo, y cuenta más la angustia de pensar que le va a dar un jamacuco que su gimnasia sexual en la cuarta edad.



No crean que todo es así. Por lo habitual, los choques de Clint con un mundo desconocido para él (la carga, estiba y transporte de grandes cantidades de droga) provoca momentos francamente divertidos. Cosa distinta es cuando Clint, muy consciente de que a su edad se puede ser políticamente incorrecto (como en Gran Torino), hace chistes necios sobre los negros (mientras hace un porte, ayuda a un matrimonio negro a cambiar la rueda del coche: “Es un placer ayudar a unos morenos”) o sobre homosexuales (aquí, “lesbianas moteras”). Y también Clint se despacha a gusto dando consejos de abuelete sabio al agente de la DEA que le persigue (ambos comparten desayuno en un motel de carretera; el agente no sabe que tiene delante al hombre que busca) sobre que “No hay que descuidar a la familia. Es lo más importante. Yo descuidé a la mía y la perdí. Por eso, hijo...”. El agente pone cara triste y asiente. O al subordinado del capo, a quien le aconseja que deje esa vida porque “a esta gente no le importas nada”.


  
También hay momentos emotivos, como la despedida de Clint de su agonizante ex-mujer. En muchas de sus películas, estos momentos de “confesión y despedida” funcionan muy bien (recuérdese el final de Un mundo perfecto entre Costner y el crío, o el escalofriante momento en que Clint acaba con los sufrimientos de Hillary Swank en Million Dollar Baby). A pesar de que Clint no tiene medida: estas escenas siempre se alargan en exceso.


Mula no es una gran película, como tampoco lo era, a nuestro juicio, la muy alabada Gran Torino. Al igual que esta, es un film irregular, un tanto deshilvanado, en el que Clint se vuelca en las escenas que más le interesan y despacha rápidamente lo más innecesario (aquí, todo el cambalache de la DEA; no habíamos visto nunca lo fácil que era meter a un chivato en un cartel; tampoco unas oficinas de polizontes tan desangeladas: aquello parecía un decorado a medio construir). A Mula, como a Gran Torino, la perjudica el irregular guión de Nick Schenck. Si recuerdan, el viejo cascarrabias racista de Gran Torino empezaba a ver al joven chino con buenos ojos cuando este ayudaba con las bolsas de la compra a una anciana. Momento que nos deprimió. También carece de su dramatismo y tono épico final: aquí todo es más relajado; incluso el desenlace carece de todo énfasis, pese a la inevitable aparición de decenas de coches de policía, helicópteros y demás parafernalia: se crea un momento irónico, tal es la desproporción entre el despliegue de los polis y el frágil Clint. Más importante es que Clint haya recuperado el cariño de su familia. Lo cierto es que esta falta de dramatismo, o, más bien, cierta voluntad de no subrayar el dramatismo, es de agradecer. En ningún momento el personaje de Clint se plantea la moralidad o inmoralidad de sus actos; ni siquiera si lo que está haciendo es ilegal (aunque lo sabe de sobra, dada su pericia para dar esquinazo a polis bobos). Ello bien puede ser porque guionista y director no quieran meterse en terrenos movedizos, bien porque ahondar en ese aspecto habría dado una película muy distinta, bien porque aquí nada es realmente trascendente... excepto que Clint recupere el afecto de su familia. Este planteamiento se mantiene a rajatabla desde el principio del film: la situación económica de Clint no le obliga necesariamente a trabajar como correo; y tampoco se hace ningún énfasis moral en el estupendo plano que cierra la película. Mula es una digna despedida del Clint-icono delante de las cámaras. Aunque no nos fiamos: este hombre dentro de diez años es capaz de leer un guión sobre un geriátrico y protagonizarlo y dirigirlo...

martes, 15 de enero de 2019

NOVENTA AÑOS NO SON NADA




por el señor Snoid


Crean que estamos preocupados. O, en lenguaje llano, estamos hasta las narices. ¿De qué? De que mientras la ultraderecha avanza por doquier, mientras se restringe la libertad de expresión, mientras nuestras libertades civiles se estén convirtiendo en meros espejismos, la progresía que se dice “de izquierdas” se interese por temas como el maltrato animal, la cuota hombres/mujeres en puestos directivos, el lenguaje inclusivo o los sufrimientos del colectivo LGBT dentro de los confines del Imperio ruso (los padecimientos de los “otros” rusos parecen importar poco). No decimos que estos asuntos carezcan de importancia (unos más que otros, claro); sin embargo, ¿qué fue de los derechos de los trabajadores? ¿Qué función tienen hoy en día los sindicatos? ¿Cómo es posible que una pareja trabajadora, con sólo dos o un único hijo, o ninguno, se las vean y se las deseen para llegar a fin de mes? ¿Qué pasó con el derecho a “una vivienda digna”? ¿A nadie le importa vivir dentro de un Totalitarismo Capitalista?

Y esto, ¿qué tiene que ver con el cine? Pues que dentro de la perversa ideología o no-ideología que se nos pretende inocular está eso que se sintetiza en el horrible sintagma políticamente incorrecto, mantra que debe estar presente también en todo producto audiovisual, sea para adultos, para niños o para mascotas. “Amémonos los unos a los otros mientras dejamos que nos pisoteen” podría ser el primer mandamiento de esta moral laica tan perversa como la religiosa (ya perdonarán el tono apocalíptico), con la diferencia de que una está sustentada en el capitalismo y la otra en siglos de tradición teológica (con abundantes dosis de capitalismo, cierto: aquí todo el mundo ha leído a Max Weber). 

   
El cine siempre ha sido un instrumento ideológico (Pero Grullo nos ha ayudado a saltar esta valla). Lo que nos parece notablemente mezquino es el revisionismo bienpensante que se aplica (casi siempre desde una ignorancia apabullante y una total carencia de perspectiva histórica) al cine del pasado.



Hace poco se cumplieron 90 años del primer gran éxito de Disney, Steamboat Willie, que fue también la puesta de largo del ratón Mickey. Lean unos pocos comentarios acerca del aniversario, pues los “aniversarios” son también una de las piedras angulares de la cultura de hoy:


La historia de "Steamboat Willie" es floja, políticamente incorrecta y tiene poco o ningún diálogo. Pero el personaje marcó un hito en el mundo de la animación con su pista de sonido sincronizado, en la que Mickey silba y lanza frambuesas al irascible Capitán Pete, un gran gato que mastica tabaco. En unos siete minutos, los espectadores ven al Capitán Pete echando a patadas a Mickey Mouse del cuarto de máquinas; luego el ratón sube a bordo a Minnie con una grúa; balancea al gato por la cola, ahoga a un ganso y toca un teclado sobre unos cochinillos, mientras suena una canción folclórica desde las tripas de una cabra.
La Voz de América

Foi a 18 de Novembro de 1928 que aconteceu a estreia de "Steamboat Willie", a primeira animação da autoria de Walt Disney em pareceria com Ub Iwerks. Nesta trama, Mickey é um marinheiro que vive sob a prepotência de "Pete", o capitão do navio, personagem que se viria a tornar "João Bafo-de-Onça". O capitão masca tabaco, Minnie mostra a sua lingerie, a banda que dá música aos tripulantes recorre a animais como instrumentos musicais e tudo isto ainda hoje está conotado como politicamente incorrecto, imagem que Walt Disney iria corrigir mais tarde.
Porto Canal

Some earlier cartoons have been edited or completely shelved because of content that wouldn't exactly go over with the public these days. One is the previously mentioned Steamboat Willie—there's a scene that involves what would be considered animal cruelty today when Mickey swings a cat around by its tail and uses a goose as bagpipes.
L. A. Times



Juzguen ustedes mismos si esta horda de fariseos está en lo cierto o más bien sus reparos se deben a esa hipocresía moral que es una de las señas de identidad del mundo de hoy:



Suponemos que a esta gente tan moralista le preocupa sobre todo el devastador efecto que estas imágenes pueden provocar en el impresionable cerebro de los niños. ¡Como si a la Vanessa y al Jonatán no les regalaran un iPhone15 por su primera comunión y no pudieran ver todo tipo de salvajadas en formato HD! Porque desde los cinco o seis añitos ya tenían un móvil de capacidad inferior en el que veían lo que se les antojaba. Dejando de lado el hecho de que, hoy en día, a los niños, sean de 5 o 35 años, las imágenes en blanco y negro o cualquier cosa que parezca una pieza de arqueología les parecen una antigualla, un tostón y una absoluta pérdida de tiempo. Imaginamos que a estos guardianes de la conducta bienpensante les encantaría, por ejemplo, censurar El show de Rasca y Pica que ven los Simpsons y, ya puestos, censurar todo aquello censurable, pese a que el cine de animación actual, en líneas generales, sea de una corrección política extrema. Comparen los productos Disney/Pixar o Dreamworks con las viejas películas de Disney. No discutimos que el tío Walt fuera un genio. Ni tampoco negamos que fuera un visionario (todas las productoras grandes han acabado por imitar su modelo de negocio: explotación diversificada de un producto en parques temáticos, juguetes y quincallería varia). Lo que no quita para que nuestro hombre fuera asimismo un tanto, ejem, sociópata. Porque, ¿quién sino Walt se habría atrevido a matar a la madre de Bambi, o a mostrar que Bambi pasaba de su adorada Falina y del retoño de ambos?  Por lo menos hay que reconocer que, a ratos, los animales se comportaban como animales, no como seres humanos portadores de grandes dosis de moralina. O esa increíble escena de Dumbo, película que es un auténtico manual de atrocidades, en la que los obreros negros levantan la carpa del circo cantando esta significativa tonada:


¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!
¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!

De día y de noche igual
es trabajar sin descansar
pues no quisimos estudiar.

¡Cava! ¡Tira!
¡Cava! ¡Clava!
¡Cava! ¡Tira!
¡Clava! ¡Clava!
Cuando otros a dormir se van
y descansando en su casa están
los peones trabajamos más.

¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!
¡Vamos! ¡Vamos!
¡Jala! ¡Jala!

La paga se nos va en gastar;
jamás podremos un centavo ahorrar,
porque lo que ganamos todo lo gastamos.

Trabajar por la comida y una cama de aserrín.
Ni la lluvia ni tormentas nos habrán de detener.
Hay que levantar el circo, al patrón hay que servir.
¡Jala! ¡Ya!

Qué belleza, qué audacia y qué píldora ideológica tan característica del momento en que se realizó (1941). Esto sí que es cine político y no el agit-prop que intentaron hacer un Eisenstein o un Godard, quienes, en comparación, sí que hacían cine para niños... Comparen Dumbo con El Rey León, una pesadilla fruto de un enfebrecido estudiante de guión al que en la asignatura de “Literatura inglesa” le obligaron a leer Hamlet y en la de “Análisis fílmico” a ver Centauros del desierto; o con cualquiera de los recientes productos Disney/Pixar. Estos no carecen de adoctrinamiento, pero algunas consignas se han añadido, otras se han silenciado y algunas son recurrentes y se vierten una forma un tanto más encubierta (en el mejor de los casos). Volveremos a ello próximamente, y daremos un repaso a magnas obras como las Merrie Melodies, Pixie y Dixie, la animación checa, las genialidades de Chuck Jones o cómo la Disney pasó de realizar películas como Pinocho a Tod y Toby, y como daño colateral, de 20.000 leguas de viaje submarino a Polyanna...