lunes, 13 de abril de 2015

LA PÁGINA DEL SEÑOR SNOID - ESTRENOS DE OCASIÓN: «KINGSMAN» (MATTHEW VAUGHN, 2015)



Por el señor Snoid





Alguno de ustedes pensará que hemos perdido el rumbo: “Pero, ¿cómo escriben un artículo sobre esto? ¿Qué hay de Godard, Ozu, Ford, o Pudovkin? ¿Tanto se drogan estos majaderos?”. Hemos de confesar que teníamos el firme propósito de reiniciar esta sección con la crítica de una película española. Pero hace unos meses se organizó un dislate tremendo a propósito de Ocho apellidos vascos: uno esperó tanto a que disminuyeran las colas que la quitaron de los cines cuando estaba psicológicamente preparado para verla; Gorostidi se negó en redondo, alegando: “No soporto las películas que se burlan de los andaluces: bastante tienen con lo suyo”, y el benemérito Francisco, el único que la había visto, al ser interpelado para que escribiera una reseña, dio un gruñido y salió de la redacción dando un portazo. Así que lo hemos dejado correr (por el momento).

Además, tenemos motivos sobrados para hablar de Kingsman. Uno es que no despreciamos el cine comercial de acción y aventuras, sobre todo aquel –raro hoy en día– que no considera al espectador un débil mental. Bien comercial que fue en su momento, por ejemplo, Harry el sucio; y la crítica de entonces la puso a caer de un burro, por violenta y fascistoide. Hoy muchos la consideran un clásico, y a Harry un individualista incomprendido. Cuando se estrenó El hombre que mató a Liberty Valance, la crítica la tildó generosamente de “otro western de John Wayne”. Y los plumillas británicos en pleno masacraron Peeping Tom, al igual que los franceses La regla del juego. Y es que esto de la crítica en caliente es un deporte de riesgo.

Oxford sin picado

Kingsman se debate entre la parodia y el homenaje al cine de espías de los años sesenta. Y aunque tiene sus fallos, el film consigue salir airoso de semejante reto. No en vano quien está detrás de la cámara es Matthew Vaughn, que ya había demostrado su pericia en semejantes lides con Kick-Ass (burla y homenaje al cine de superhéroes), una peli para críos hiperviolenta y bastante salvaje. Como productor, repitió la jugada con la inevitable secuela Kick-Ass II, aún más bestia y gamberra que la anterior. Su peli más floja, X-Men Primera Generación, tenía al menos la virtud de demostrar que el bueno de la función era realmente Magneto, y que el Doctor Xavier era como un miembro destacado de las juventudes del Opus Dei que montaba un colegio mayor para mutantes sectarios. Por no hablar de los modelos que lucía Kevin Bacon, ropajes que dejaban a un Austin Powers en la categoría de un Beau Brummell.


Harry Palmer, un precedente de los Kingsmen con menos presupuesto para trajes

Kingsman cuenta lo que contaban todas las pelis de espías de los sesenta: una organización de agentes secretos ha de enfrentarse a un poderoso villano que tiene un maléfico plan. Pero nuestro villano está adaptado a los tiempos y es un trasunto de esos millonarios filántropos que todos admiramos: un Bill Gates, un Steve Jobs o un Richard Branson. Preocupado además, como ellos, por la destrucción del ecosistema. Nuestro magnate ecologista, Valentine (Samuel L. Jackson), ha hallado la solución para que el planeta no se vaya al carajo. Su plan es digno de las corporaciones informáticas o de telefonía móvil que tanto les acosan a ustedes: repartir gratuitamente en masa tarjetas de acceso ilimitado a Internet y llamadas gratuitas. Sólo que al activar la tarjeta, el usuario sufre unos irrefrenables deseos de aplastar el cráneo de su prójimo, sea su bebé, su esposa o cualquier desconocido con el que se tope. Y con esta drástica reducción de la población mundial, el ecologismo, que no el mal, habrá triunfado.

Por descontado, Valentine ha de eliminar la oposición del agente de los Kingsmen Galahad (Colin Firth), con quien tiene en común una afición desmesurada por las pelis de espías sesenteras. De hecho, en la primera escena que comparten, ambos están de acuerdo en que el cine de espías actual es “demasiado serio”, y Valentine confiesa que de jovencito soñaba con ser uno de esos agentes que desbordaban estilo y savoir faire internacional. A lo que Galahad replica: “Y yo con ser un pintoresco megalómano”.

John Steed tenía tanta clase como los Kingsmen

Galahad tiene un protegido, Eggsy (Taron Eggerton), hijo de un antiguo compañero que murió por su culpa. El joven es un típico representante de esa juventud británica que se arroja desde la habitación del hotel de Magaluf a la piscina hasta que Galahad y Merlín (Mark Strong) le desasnan mediante un brutal entrenamiento. Entrenamiento que obliga a los aspirantes a cargar con un perro a lo largo de las pruebas que han de superar y que da pie a uno de los mejores chistes del film. Cuando el jefe de los Kingsman, Arthur (Michael Caine), le pregunta a Eggsy por el nombre de su can, éste responde “JB”. “¿Por James Bond?” inquiere Arthur. “No”. “¿Por Jason Bourne?” “No: por Jack Bauer”.


Flint: la respuesta americana –y burlesca– a 007. Y encima más cool que un martini con vodka

Kingsman abunda en buenos momentos, como la escena en la iglesia de la Supremacía Blanca de un pueblo de Kentucky, donde Valentine prueba su tarjetita SIM y se desata un pandemónium que hace que los feligreses se trastornen y se enfrenten entre sí con una violencia similar a la de esas tertulias políticas televisivas o futboleras que tanto abundan hoy; o el momento en que los multimillonarios y dirigentes (Barack Omaba incluido) a quienes Valentine ha convencido para secundar su plan y que se han refugiado en su guarida sufren un repentino –y sangriento– estallido cerebral a los sones de la Marcha nº 1 Pompa y circunstancia de Elgar; o las divertidas secuencias en la base londinense de los Kingsmen –una sastrería de lujo en Saville Row; o la descacharrante presentación que hace Valentine de su tarjeta, demencial sátira de las molonas presentaciones mundiales de los productos Apple que hiciera el finado Steve Jobs…

“The female of this species is deadlier than the male”: ¿es machista el cine de espías?

No todo, sin embargo, es positivo. Como en toda película de acción de los últimos tiempos, las secuencias violentas se alargan en ocasiones desmesuradamente, pese a estar rodadas con buen pulso y eficacia. Y si hay algo que podamos reprochar son, sobre todo,  las incontables referencias que Vaughn salpica a lo largo del film: aquí lo mismo cabe el guiño al Superagente 86 que a El agente de CIPOL, pasando por Flint, Bulldog Drummond, Matt Helm o cualquier espía de la década prodigiosa. Un festín para los aficionados al género que a nosotros nos resulto un tanto empalagoso. Pero es que quizá el mayor defecto de Vaughn sea el exceso. Incluso se homenajea a Tarantino y la famosa secuencia del reloj de Pulp Fiction. No en vano Vaughn produjo aquellas primeras películas de Guy Ritchie, ésas que imitaban a Quentin a la inglesa y que eran como la visión que un pijo educado en Cambridge tiene del hampa. Por lo menos, Quentin no engaña a nadie: él sí que es pura plebe. No obstante, Kingsman es un divertimento más que digno.


La extraña pareja: Lotte Lenya y Robert Shaw en Desde Rusia con amor. Ella, como los Kingsmen y Jim West, tenía un zapato-puñal.

jueves, 9 de abril de 2015

LA PÁGINA DEL SEÑOR SNOID-LOS PREMIOS, ¿SIRVEN PARA ALGO?




Los más jóvenes no se lo creerán, pero años ha –no demasiados- los premios de cine importaban bien poco. Al común de la plebe, desde luego. A los galardonados vaya sí les importaban (o lo parecía), pues con aquellas carreras por las escaleras del Dorothy Chandler Pavillion o el Kodak Theater, aquellos estallidos de júbilo, abrazos, besos y cucamonas tal parecía que se hubiera encontrado la cura del cáncer. Por no hablar de los que entraban en liza y habían sido derrotados: las expresiones de disgusto que afloraban en sus rostros iban desde el “Me cambio de agente” a “Pero si ese hijo de puta tiene dos” o “La muy zorra se debe haber tirado a media academia”. Indudablemente, los tiempos han cambiado –ya no se nos permite apreciar las caras de los que se van sin premio-, pues lo que antes se recibía entre indiferencia y bostezos, como que le dieran el premio gordo en los óscars a Amadeus, el guión a Sylvester Stallone o el premio a la mejor actriz a Jane Fonda hoy parece ser un asunto capital, trascendental, en el que intervienen quinielas, porras, casas de apuestas y un monumental desafuero con vistas a los del curso que viene, torbellino que comienza dos semanas después de que se otorguen los premios y estos comiencen a enfriarse.



A Godard también le premiaron en Cannes. La tarta era de nata


Esta indiferencia por parte del aficionado no era casual. Si tenemos en cuenta que casi todo el mundo era muy consciente de que en eso de los óscars lo que hacía la industria gringa era premiarse a sí misma, que el asunto de una competición artística era como bastante ridículo (ridículo que se ha extendido a todas artes y partes: no es raro encontrar hoy un certamen tipo “Las cinco mejores novelas escritas en El Bierzo, 2012”) y que la “ceremonia” la presentaban individuos tan chispeantes como Bob Hope o Johnny Carson, pues el desinterés de los que no estaban seleccionados era previsible. Hoy día, en cambio, no hay cinéfilo que no conozca las selecciones en todas las categorías, que ignore la existencia (y trascendencia) de los premios BAFTA, de los Globos de oro, de los César, de los Goya e incluso de los de la revista nipona Kinema Junpo. Parece que fue ayer cuando el aficionado barruntaba vagamente que existían cosas como la Palma de oro en Cannes, los óscars, los Fotogramas de plata o los premios Sant Jordi…

“Qué hermosos son… Y cómo brillan… Y tengo uno más que la zorra de mi hermana”


La madre de todos los premios

El premio que apasiona a todo cinéfilo es el óscar, naturalmente. Y conste que por cinéfilo no nos referimos al vulgar aficionado al cine (grupúsculo en el que nos incluimos), sino a ese ser que se interesa por hechos tales como que Richard Burton y Elizabeth Taylor se casaran siete veces consecutivas, que el matrimonio Paul Newman-Joanne Woodward durara sesenta años, que Warren Beatty se tirara a 15.759 mujeres o a que Peter O’Toole trasegara tres botellas de whisky al día en sus mejores momentos. Lógico es, por tanto, que el cinéfilo se inquiete ante el dilema de si, pongamos, un bodrio como Avatar se llevará el premio a la mejor película o lo hará una basura como En tierra hostil.

Hay que admitir, sin embargo, que estos premios han tenido una historia curiosa. En particular, a nosotros nos entusiasma la primera entrega, la única en la que se dieron dos galardones a la mejor película: uno como “mejor producción” que se llevó Alas (Wings, William A. Wellman, 1927) y otro como mejor película “unique and artistic production” que fue para Amanecer (Sunrise, F. W. Murnau, 1927). Es decir, que los jerifaltes de la industria, en un alarde de sinceridad que no volvería a repetirse, decidieron distinguir entre la película comercial digna que iba a arrasar en taquilla (y Alas ha aguantado muy bien el paso del tiempo) y el film que no iba precisamente a tener gran éxito popular, pero que era, y es, una obra maestra. Y además el premio al mejor actor recayó en Emil Jannings, por The Last Command y The Way of All Flesh. Desgraciadamente, ahí terminó la breve pero triunfal carrera de Jannings en el cine yanqui, pues entre que con la llegada del sonoro su acento alemán resultaba bastante antipático para el público gringo y que Emil tuvo que decidir entre trabajar para dos antagónicos tiranos carismáticos, Josef von Sternberg (con quien volvió a coincidir en El ángel azul, renovando el odio mutuo que se profesaban actor y director) y Adolf Hitler, Jannings optó por el Führer, quien le pareció mucho más humano, cariñoso y atento que Von Sternberg.

Con el curso de los años, las distintas categorías de los premios aumentaron considerablemente, la ceremonia adoptó el suspense con la apertura del sobrecito donde aparecía el ganador (en los primeros tiempos los premios se anunciaban con meses de antelación a la entrega), y durante décadas se estableció el número de cinco seleccionados por categoría. Algo que no cambió fue la estupefacción de ganadores y perdedores ante la lotería de las estatuillas. Así, el último día de rodaje de Ben-Hur, William Wyler le confesó a Charlton Heston: “Menudo bodrio hemos hecho. Espero poder ofrecerte un papel mejor en el futuro”. Meses después, ambos recogían sus respectivos premios con la mejor de sus sonrisas. Y es que el óscar maldito ha sido una obsesión para cinéfilos, directores y actores. Los cinéfilos se quejan amargamente de que Hawks, Vidor, Walsh, Fuller, Hitchcock y tantos otros jamás recibieran el premio. Y Spielberg tuvo que soportar el desprecio de la industria hasta que rodó la película más cara sobre el holocausto y, ya en racha, se lo volvieron a dar un año después por la infame Salvar al soldado Ryan. Por no hablar del pobre Martin Scorsese, galardonado por un remake de una peli coreana que cuenta más o menos lo mismo que la suya, pero en 85 minutos y sin Jack Nicholson ni Matt Damon.

También la exmujer de John McEnroe tiene el suyo

No obstante, no todos los implicados se pirran por el premio. Así, George C. Scott decidió rechazar su óscar por Patton, ya que una competición entre actores le parecía una soberana majadería. Y al año siguiente, Marlon Brando, ya de vuelta de todo, envió a una “nativa americana” (apache, para más señas; aunque las malas lenguas aseguran que era una mexicana llamada María Cruz) para rechazar el galardón y denunciar el maltrato sufrido por los indios desde la llegada del Mayflower hasta aquel momento (1972).

“También los ingleses y los suecos sois responsables del genocidio de mi pueblo”, les espeta Satcheen Littlefeather a Roger Moore y Liv Ullmann


Premios de consolación

Aquí entrarían los que hacen mofa de los supuestamente serios, tarea que nos parece complicada, pues ya es bastante cómico que se premie a Tom Hanks, a Dustin Hoffman o a Cliff Robertson por interpretar a autistas o a discapacitados psíquicos de distinto grado. El galardón más célebre de estas burlonas recompensas es el Razzie, conocido oficialmente como Golden Raspberry Award. Los galardonados habituales son los que usted se puede imaginar: Bruce Willis, Sylvester Stallone o el antiguo gobernador de California. Sin embargo, estos premios también han tenido sus momentos estelares: Paul Verhoeven recogió con orgullo el de peor director por Showgirls y Halle Berry hizo lo propio con el suyo a la peor actriz por Catwoman, acusando públicamente  a su representante de proporcionarle “papeles de mierda”. Y no olvidemos que Adam Sandler ha ganado tres veces consecutivas como peor actor.

Sandra con su Golden Raspberry, orgullosa como una reinona


De festival por el mundo

Cuentan los antiguos que en Cannes, Venecia, Berlín y otros lugares se premiaban películas de excepcional calidad, a diferencia de los denostados premios de Hollywood. No lo dudamos. Como tampoco dudamos que también por estos eventos festivaleros ocurrían cosas rarísimas. El de Cannes, el certamen prestigioso por excelencia, ha sido una fuente continua de despropósitos desde que La bataille du rail se llevó la primera Palma de oro. Así, una película como Padre padrone, por la que nadie daba un duro, consiguió triunfar en 1977. ¿Por qué? Pues porque el presidente del jurado era Roberto Rossellini, quien nada más ver el film de los Taviani pensó: “Estos son de los míos”. Y como Roberto siempre tuvo un enorme poder de convicción y seducción, logró que los miembros del jurado –a quienes Padre padrone les pareció una birria– la votaran como mejor película, pese a las presiones de la dirección del festival. Presiones que sí surtieron efecto un par de años después, cuando Coppola ganó con Apocalypse Now. Y no es que no se lo mereciera, pues se trata de una soberbia película (el montaje original, no ese Redux lanzado años después), pero el caso es que lo que se presentó a competición fue una copia inacabada, con uno de los finales que se descartó en el montaje final y la mezcla de sonido en mantillas. La United Artists, obviamente, estaba desesperada por recuperar la cuantiosa inversión…

Estamos convencidos de que si Corazón salvaje ganó en Cannes ello se debió al personaje de Bobby Perú

Y esto nos recuerda una de las últimas películas seleccionadas para cientos de premios que fuimos a ver al cine, The Imitation Game. Ni la señora Snoid ni un servidor de ustedes sabían gran cosa de la peli en cuestión. Pero en cuanto apareció el logo “The Weinstein Company” comprendimos. Y cuando acabó la película, lo comprendimos mucho mejor. Y es que los hermanos Weinstein tienen la pasmosa habilidad –o la capacidad de sobornar a diestro y siniestro– de hacer que cualquier cagarruta parezca un film “de prestigio”.

Sin embargo, en ocasiones los festivales ofrecen sorpresas casi inimaginables. Pondremos el glorioso ejemplo patrio del festival de San Sebastián. Ignoramos si en ese momento el festival donostiarra estaba bajo el influjo de los Cahiers, pero en 1958 Vertigo se llevó la Concha de plata y James Stewart el premio al mejor actor. Y un año después, Hitchcock repetiría con North by Northwest. Mientras tanto, Hollywood seguía negándole a Sir Alfred el pan y la sal…

El gafe de Jane Fonda: A Jon Voight le costó décadas levantar cabeza. Cimino sigue en el fondo del sumidero



Orientales, discapacitadas y enanas también tienen su óscar


La marca España o Españoles en el mundo

Pensarán ustedes que los españoles que mejor se han bandeado con esto de los premios internacionales son gentes como Almodóvar y Amenábar. Quizá en el número o en el grosor, pero no a la hora de recibirlos. Recuerden cuando Pedro recibió su primer óscar y dio un discurso tan histérico e incomprensible que Billy Crystal comentó: “A su lado, Roberto Benigni parece un profesor de inglés”. Con el segundo, ya tenía la lección bien aprendida (y escrita) y encima se atrevió a criticar (por lo bajinis) la política exterior de los EE.UU., apelando al respeto a la “international law”. En fin, que estos dos no tienen gracia ni cuando les colman de prebendas y parabienes.

De hecho, los compatriotas que mejor se han movido en las turbulentas aguas festivaleras han sido un productor, Elías Querejeta, y un director, Luis Buñuel. Elías controló durante años el festival de San Sebastián, que por algo era donostiarra y exjugador de la Real Sociedad. Daba igual que la peli en cuestión fuera una birria (Los desafíos) o magnífica (El espíritu de la colmena), Elías siempre conseguía algún premio. Y no sólo en Donosti: piensen en cualquier festival –Berlín, Chicago, Mar del Plata– que la peli, fuera de Saura o de Jordi Grau, se llevaba algo al saco. Y si no se llevaba premio, quedaba la mención o selección –óscars, Globos de oro, Leones de oro, de plata…Y a decir verdad, la carrera de Querejeta como productor en cuanto a calidad y cantidad es impresionante (sin coñas), a excepción de la birria aquella de Wenders, La letra escarlata (donde sólo se salva nuestra amada Senta Berger), los sermones parroquiales de Montxo Armendáriz y las pelis de su hija Gracia (pero es que uno por una hija hace cualquier cosa).

A diferencia de Elías, Buñuel no se afanaba demasiado en la obtención de galardones. Eso sí, cuando le daban uno, siempre la montaba, queriendo o sin querer. Ustedes ya conocerán el célebre caso de Viridiana, la Palma de oro en Cannes y el artículo de L’Osservatore romano. Y años después se llevó el premio gordo en Venecia por Belle de Jour, entre otras cosas porque Carlos Fuentes y Juan Goytisolo formaban parte del jurado. Este premio provocó otro escándalo, claro. Dado que, a pesar del desmadre sesentero, un film que presentaba a una señora que era puta y masoca por vocación no gustó ni a los progres de la época. Lo mejor, sin embargo, estaba por llegar: en 1973 le dieron el óscar a la mejor peli extranjera por El discreto encanto de la burguesía. Al día siguiente, Buñuel, que jamás asistía a las entregas de premios, se sinceraba ante la prensa: “Los americanos son gente cabal. Les ofrecí 100.000 dólares si me daban el óscar y han cumplido el trato”. El revuelo que se armó ante tal humorada fue espectacular. Pero hay que tener en cuenta que la prensa –sobre todo la mexicana– acostumbraba a publicar historias muy bellas sobre Don Luis. Como cuando se aseguraba que introducía hostias consagradas en una jaula de grillos y decía, “Canta, hostia, canta: que si no, verás lo que te pasa”. Comparen ustedes con Almodóvar y el berrido de Pe: ¡PEEEDROOOOO!



“Hombre… qué menos. Si llevo años denunciando los males de este mundo”, dice el cineasta-protesta Michael Moore