lunes, 15 de septiembre de 2014

LA PÁGINA DEL SEÑOR SNOID - ¿SON GANADO LOS ACTORES? (LOS DIRECTORES LOS PREFIEREN BOBOS)

Por el señor Snoid
(http://www.blogger.com/profile/03871000575405204963)  





Un hombre tan bello se lo puede permitir todo (o casi)



“La moda es muy importante para mí… Incluso más desde que soy actriz. A través de la moda, siento que puedo realmente expresarme y decirle al mundo quién soy. La moda tiene mucho que ver con crecer, con descubrir quién eres. Es muy significativo descubrir si te gusta vestir hippie, o muy femenino, o gótico…”

Sophie Turner, actriz


Hemos de confesarlo: algunos de nuestros ídolos son unos auténticos zopencos. Y eso no les impide desarrollar bien su trabajo ni que sigamos adorándolos. ¿Paradoja o misterio? Veremos. Uno de los primeros que hizo saltar la liebre con la especie de que los actores de cine son bastante necios fue Sir Alfred Hitchcock con su famosa declaración “los actores son ganado”. Cuando le explicó a Truffaut lo que quiso decir, en ese influyente monumento de autopropaganda que es El cine según Hitchcock, el director inglés se fue por los cerros de Úbeda. Que si lo que quiso decir es que en los primeros tiempos los actores despreciaban el cine porque provenían de un medio “superior”, el teatro, que si esa postura a él le irritaba… Lo que no contaba en la célebre entrevista es cómo tenía que afrontar que un actor fuera más o menos falto. Por ejemplo, cuando durante el rodaje de Cortina rasgada, Paul Newman le escribió una extensa carta pidiéndole que le explicara en qué momento exacto su personaje se da cuenta de que debe matar a Gromek en la granja. En un primer momento, Hitch pensó que Newman era idiota; tras unas horas de reflexión, se dio cuenta de que había contratado a un actor formado en el Actor’s Studio, con todas las negativas implicaciones que ese hecho poseía (y posee). Al día siguiente, Newman recibió la anhelada respuesta a sus cuitas: “Se da cuenta en el coche, Paul. Cuando viene al estudio”.


Lo han adivinado: es el remake homosexual de Vacaciones en Roma

Otros actores no es que tengan problemas para “interiorizar” a sus personajes. Tienen problemas de comprensión lectora. Un caso célebre es el de Charlton Heston, quien no advirtió en momento alguno lo muy gay que era el guión de Ben-Hur. Y piensen que el rollo homosexual no iba sólo con Mesala, sino también con su padre adoptivo, Quintus Arrius. Recuerden a Charlton dándole duro al remo mientras Quintus se lo devora con los ojos. Justo es reconocer que Charlton era consciente de sus limitaciones: en sus diarios anotó que Sed de mal no le gustó nada porque no se enteró ni de jota. Hombre, la peli de Welles puede gustarte o no por un cúmulo de razones, pero porque sea incomprensible la trama… De todas formas, el problema de los actores enfrentados al arduo problema de la lectura y comprensión de un guión es más frecuente de lo que parece. Así, Michael Biehn rechazó el papel de poli corrupto en Sospechosos habituales porque no se enteró de la misa a la media de qué coño iba aquello. Así que el papel fue para Gabriel Byrne. Pero no paró ahí la cosa: Byrne creyó que su personaje era al final Keyser Söze. Cuando vio la peli terminada, el bueno de Gabriel quiso agredir al director Bryan Singer. Mientras tanto, Kevin Spacey mucho se reía…


Sabemos que en California la gasolina está barata, pero creemos que a Selena Gómez le falta aquí un cigarrillo entre los labios

Otras estrellas son muy necias debido a su mal carácter. Es el caso de uno de los actores más antipáticos del Hollywood de hoy día, Christian Bale, el que hacía de Batman en las de Christopher Nolan como si estuviera interpretando La pasión de Juana de Arco. Estaba Bale “interiorizando” su personaje en Terminator Salvation cuando sintió que el director de fotografía estaba molestando e interfiriendo en su proceso interpretativo. Los gritos e insultos de Bale a ese pobre hombre que sólo estaba ajustando unos focos fueron de tal calibre que tuvo que hacer una confesión pública de arrepentimiento –a instancias de la productora, claro. Pero extraigan la moraleja del cuento: un hombre, que es actor, que cree que está haciendo algo importante, importantísimo, ¡nada menos que Terminator Salvation! ¿Se puede ser más cretino?
   

Cuando Federico Fellini declaró que “los actores no tienen que ser inteligentes”, los periodistas italianos, siempre tan, tan… italianos, le preguntaron qué sentiría su íntimo amigo Marcello Mastroianni ante semejantes palabras. Muy cuco él, Fellini replicó: “Bien, no digo que algunos no sean inteligentes, sino que con una pizca de inteligencia y una cultura mínima es suficiente para su trabajo”. Lo cierto es que Fellini nunca pudo olvidar a Donald Sutherland en Casanova. Un día, Fellini le dijo que tenía que cruzar una habitación y abrir la puerta. Sutherland se mostró perplejo: “Signore Fellini, ¿cómo abro la puerta?”. Aunque hay que admitir que ciertos directores tendían a perder la paciencia frente a algunos actores con escaso coeficiente intelectual. En La legión invencible, hay una escena en la que Victor MacLaglen está arengando a unos soldados a caballo. Pasaba por ahí un chucho y Ford decidió improvisar. “Victor, acaricia al perro”. “¿Qué?” “Acaricia al perro. Di: ‘Bonito perro, setter irlandés’”. Ford se dispone a filmar, Victor se dirige a la tropa, aparece el perro y “Perrito bonito… Pastor alemán”. “¡No! ¡Galgo ruso, estúpido hijo de puta!”, fue la amable reconvención del director.


Sí, es George Clooney. Y no es un plano de una de los Coen. Es su reacción al conocer las 6 candidaturas a los Óscars de Buenas noches y buena suerte
 
Pero ni siquiera un director con mala leche puede dominar a un actor si éste es tarugo de verdad. Uno de los actores más necios, Dennis Hopper, tuvo la desdicha de cabrear tanto a Henry Hathaway en Los cuatro hijos de Katie Elder, que el director le hizo repetir 87 veces su último plano en la película. Después, mandó que le pusieran en la lista negra y Hopper no volvió a trabajar hasta que Hathaway le llamó para torturarle de nuevo en Valor de ley, cinco años después. A decir verdad, Dennis se las ganaba a pulso. Tanto le detestaban compañeros actores y directores que Brando exigió que sus escenas juntos en Apocalypse Now! fueran rodadas por separado, ya que no soportaba su mera presencia.


El hijo de Indiana Jones con un admirador

Otro caso apasionante es el del actor bobo y bocazas. El último y más sonado es el protagonizado por Shia LaBeouf (alias Shitty LaBeouf), quien declaró que la última de Indiana Jones era “una mierda”. Esta gran verdad le sentó como un tiro a Spielberg, quien había descubierto a Shitty y lanzado al estrellato en Transformers I y II. Por tanto, Spielberg, que no es rencoroso, le puso inmediatamente en la lista negra (como ven, es la venganza favorita de un director con poder), con lo que Shitty pudo por fin hacer obras artísticas, que era lo que él ansiaba: obras de la talla de Wall Street 2 o Nymphomaniac 1 y 2.

Kirk debe estar pensando “Soy demasiado viejo para esta mierda”. Travolta, a lo suyo
  
También se da el caso del actor famoso que es abducido por una secta religiosa. Piensen en los estragos que ha hecho la cienciología, esa secta que tiene como primer mandamiento “Ámate a ti mismo sobre todas las cosas”. Y no, no estamos pensando en Tom Cruise, que es Gran Maestre con entorchado púrpura, está en contacto telepático con Ron Hubbard, el difunto fundador, y no tiene un pelo de tonto. Pensábamos más bien en alguien como John Travolta. Un tipo que se convierte en una superestrella gracias a Fiebre del sábado noche y Grease, y que luego se tira veinte años haciendo bodrios aún peores. Hasta que llega el gran misionero de los actores fracasados u olvidados, Quentin Tarantino, y le pone en Pulp Fiction. Travolta vuelve a estar de moda, le seleccionan de nuevo para el Óscar y él se pone un caché estratosférico para seguir haciendo pelis de mierda durante dos décadas más. “¿Mi mejor cualidad? La transparencia de mis ojos. Dejan ver cualquier pensamiento que tenga”. Hagan la experiencia cuando vean un primer plano de Travolta: tiene unos pensamientos radicales. John Travolta es el ejemplo palmario de eso de “todos los tontos…”.

 
Jake Gyllenhaal en un momento de animada intoxicación

Imaginamos que si en inglés existe el adagio, hoy en desuso, “as ignorant as an actor”, por algo será. Y es que te encuentras bobos en todos los lugares. ¿A que ustedes no se imaginaban que Ingrid Bergman era lerda? Pues sepan que la bella Ingrid era lo que hoy eufemísticamente se conoce como borderline. Y vean qué actriz tan admirable era… Mientras otros que parecen bobos no lo son tanto. Piensen en alguien como Charlie Sheen. Contaba Charlie que estaba viendo la tele con su hermano Emilio y que en ese momento se anunciaba que Keanu Reeves iba a trabajar con Bertolucci –después de rodar con Gus Van Sant y con Coppola. Charlie comentó: “Tío, ¿qué es lo que estamos haciendo mal?”. Y es que no hay que confundir al juerguista desenfrenado con el bobo, aunque en algunos casos coincidan. O al que es bobo porque tiene unas posturas ideológicas aberrantes para ustedes. Seguro que piensan que un tipo como John Wayne era un cretino total. Pues no. Facha a morir, sí, pero bobo no. Porque un bobo no se aguanta treinta años de insultos de John Ford así como así. O considera que su interpretación en Valor de ley es una “bufonada” y que el Óscar dichoso se lo tendrían que haber dado a Richard Burton…

Concluyamos con una bella frase de Marlon Brando dirigida a uno de los actores más cretinos de los últimos tiempos, Val Kilmer, en el contexto, además, de una de las películas más necias de la historia del cine, La isla del doctor Moreau: “Creo que confundes la magnitud de tu talento con la magnitud de tu salario”.
  

No es una peli: es Tom haciendo apostolado



miércoles, 3 de septiembre de 2014

VILLALONGA DEGLI SPIRITTI


Por Ildefonso Larrañaga

Volvamos a Fellini. Por un momento me ha tentado la posibilidad de escribir este artículo con el tono zalamero-místico que José Luis de Villalonga utiliza en Julieta de los espíritus; mas lo que me ha hecho darme cuenta de lo inapropiado del intento ha sido el gran número de mis desconocimientos: no recito a Lorca, no suelo hacer sangría, no toco la guitarra, y cuando mis amigos me invitan a cenar, no es probable que utilice el mantel como muleta.

 
Puesto en sintonía con mis propias faltas (¡Dios bendito! ¡Que el laberinto de la tauromaquia me pierda para siempre!), me propongo advertir de un par de cuestiones a tener en cuenta por los fidedignos que improbablemente lean esta nota: toda la morralla que suelte a continuación, irá dirigida en su mayor parte al pijo español por excelencia; en efecto, Villalonga. En segundo lugar (y aquí es cuando los cinéfilos agarran las almohadillas con intenciones no precisamente olímpicas), no he terminado de ver Julieta de los espíritus.

Hay razones bien fundadas, o fundidas, para este tipo de absurdas declaraciones de guerra santa.

Entremos de lleno en la primera, penetremos en la gomina. Ciertamente, me sorprendió captarlo (no verlo, porque en los títulos de crédito uno capta los nombres, no los ve), en los comienzos rotianos del filme. Dada mi vasta ignorancia, lo tomé como una excentricidad, un juego, incluso un guiño rápido del director a un eminente conocido de la gauche divine de la época. Pero cuál fue mi sorpresa al encontrarme al pollo en cuestión durante más de quince minutos de refritos patrios y bochornosa interpretación del misterioso señorito andaluz. No vaya a creer el lector que mi desfachatez al abandonar la película se debió a este encontronazo con la trivialidad. No, puesto que trivialidad hay a espuertas en esta cinta, y está llena de rincones obtusos donde frecuentarla con tranquilidad bobalicona.

Más bien fue por empatía. Me explico. Son demasiados los nervios artísticos que admiro en Fellini como para que, de pronto, la mano regidora donde iban a parar se ponga a hacer contorsiones de niñato enrabietado con el buen gusto.

Pero apuntemos, por el momento, más abajo y entre las piernas, a aquel abultado pensamiento de José, el atildado personaje español de la película.

Un repugnante mago-vidente-redentor le ha pronosticado a Giulietta Masina, mujer molto dotada paranormalmente, que esa concreta noche algo inesperado y hermoso le ocurrirá para su soponcio y regocijo femenino. Y qué hay, me pregunto yo, más inesperado y más hermosso (me apetecen esas dos eses para el zangolotino) que José Luis de Villalonga en tu jardín. La estupefacción de Giulietta es de débil mineralización, si atendemos a lo que está contemplando. Un estirado gentleman embutido en uno de esos trajes dérmicos que emulaban las apreturas de los coches europeos de la época. Fumando como Aristóteles o Avicena (si hubieran fumado mientras se devanaban las categorías). En una actitud melancólica parecida a la que adoptan los niños cuando intentan aparentar que piensan una respuesta a preguntas de matemática elemental o del tipo ¿te parece bonito lo que has hecho? Al igual que le ocurriera a Donald Sutherland en su Casanova, la voz robada y reemplazada por una italiana trabaja en franco favor de la ridiculez y la comicidad. El tono no es aterciopelado, sino afelpado, como de hule. Se advierte, en el rictus forense del rostro de Villalonga, la utilización de gran cantidad de potingues de camerino, quizá intentando modelar su perfil para que se asemejara al de Manolete o el del Cordobés. Las escenas subsiguientes, en las que cacharrea alquímicamente con una simple sangría, tratándola de "bebida del olvido" (redundancia donde las haya), y en las que se lanza a desenrollar el pergamino goteante y carcomido de los tópicos andaluces, son risibles, si no directamente pésimas.


El marido díscolo de Giulietta nos ofrece más información: tiene un castillo en Castilla. Como se puede ver, los guionistas iban buscando arduos pareados geográficos, y los encontraban no sin esfuerzo. Por supuesto, es dueño de varias ganaderías, a lo que José, esencia del señoritismo ibérico, no le da la más mínima importancia. Es más, cambia de tema educadamente, puesto que, en ese caso, en España no es estrictamente una conversación de negocios, sino de voluntad divina, y de eso no hay más que hablar.

Es entonces, durante la cena, cuando la espita se abre y el gas hediondo de los lugares comunes anega todas y cada una de las lecturas estratificadas. La vaga teodicea sobre el toreo nos aburre y nos recuerda que el franquismo estaba muy interesado en pergeñar teorías chuscas sobre cualquier rama del árbol racial, para regocijo imbeciloide de las masas turísticas. Pero lo que colma el vaso de la sangría es la imitación de torero convaleciente que nos regala el señor Villalonga, trufada de ¡Toro! ¡Mira, mira! ¡Torito bonito! y demás profundidades de campo.



Si a esto le sumamos que el tal José declama a Lorca en la misma postura que utilizaría un lobo moribundo pidiéndole clemencia a la luna, entonces lo grotesco deja de ser marca de la casa para convertirse en la marca comercial más sobada.

Algunos me reprocharán este ajusticiamiento, fuera de lugar, y sobre todo de una época con las venganzas estéticas ya inactivas, pero les aconsejo que antes de emitir veredicto, contemplen el horror engominado (que se autoexcluyan sin pudor los ganaderos, los taurinos, los conservadores de todos los pelajes y en general todos aquellos que persisten en el cliché que nos adjudicaron, debido a una mortal pereza antropológica y a un narcisismo tan a medida que sus neuronas abandonaron la electricidad y se pasaron al espejo parabólico).

En cuanto a aquella segunda parte que anunciaba descuartizable, me temo que ha bastado la carnicería con una única res. Sin embargo, certifico mi pronto abandono del visionado por razones no sólo de orden estético, sino también temporales o narcolépticas. Prefería dormir a contemplar semejante bodrio. Aunque reconozco que al dormirme, soñé con una escenografía sorprendentemente exacta a las que suele crear el demiurgo Fellini. Y esto es imposible negarlo: el histrionismo está ahí, en cada escena, dosificado por las silenciosas tomas; cierto destilado surrealista funcionando como disolvente, de tan cuidada y costosa extracción, que con una sola gota de él se podría disolver la grasa de mil platos Cocteau; la poderosa imaginería, tan bien encuadrada que dan ganas de hacer un pause largo y rotundo. En general todo lo que hizo de Fellini lo que fue. Pero que en este caso se amontona depravadamente, como las células mal intencionadas que dan lugar a las monstruosidades de la ciencia.

Al feto le crecieron uñas en la espalda, pelo en las córneas, dedos en la frente, y todo debido al coito nefando de Fellini con su vanidad.

Aquí podemos ver la secuencia completa:

video