domingo, 20 de mayo de 2018

LOS OLVIDADOS: OLGA CHEJOVA (II)


 
por el señor Snoid



“Eine Charmante Frau”



Todos ustedes son conscientes de que los nazis atesoraban dos grandes pasiones: invadir territorios extranjeros y exterminar razas inferiores. Sus dirigentes, en cambio, poseían aficiones variopintas. El Führer adoraba la ópera (sólo las de Wagner: es decir: no le gustaba la ópera), el cine y juguetear con su perrita Blondi (de quien los historiadores revisionistas llegan a afirmar que sabía hablar con acento de Suabia); Hermann Goering, la droga, la mujer y el coleccionismo de arte (en esto se asemejaba bastante al ídolo internacional Julio Iglesias); Himmler, la gimnasia sueca y la búsqueda del Santo Grial y la lanza de Longinos; Heydrich tardaba dos horas en acicalarse por las mañanas, le encantaba mirarse al espejo y tocar el violín; en ocasiones, tocaba el violín mirándose al espejo. Tan coqueto era, que el atentado que le costó la vida en Praga se debió en parte a su afición a viajar en coche descapotable para que la muchedumbre checa pudiera apreciar lo atractivo que era su virrey.


El que más nos interesa, el ministro de propaganda Joseph Goebbels, dedicaba su ocio al cine y a la mujer. Si uno suma cine y mujer el resultado es “actriz”. Y a ellas se dedicaba Joseph con una pasión tan desenfrenada como la que sentía por el Führer. De hecho, si reflexionamos en estos tiempos en los que el acoso es un tema candente y en ocasiones tal parece que los plumillas han descubierto en modo primicia la esclavitud sexual en la industria del cine, hay que decir que uno de los chascarrillos predilectos de las actrices berlinesas era hacer chistes sobre la “lombricilla” del ministro de propaganda.



 Nuestra heroína Olga no tuvo problema alguno con la llegada de los nazis al poder. Era una fugitiva del terror rojo y además de origen alemán. Y por otro lado, tanto a Hitler como a Goebbels les encantaba Olga. Sobre todo a este último, quien en varias entradas de sus diarios se refiere a nuestra bella espía como Eine Charmante Frau. Ello no implica que Olga concediera sus favores a la lombriz de Goebbels: por un lado, Olga sabía guardar las distancias —ya perdonarán la grosera y machista expresión, pero creemos que ante los dirigentes nazis se limitaba a hacer de “calientapollas”— y el ministro no daba abasto entre su legítima y tanta belleza con talento interpretativo que tenía a su disposición. Y esto lo colegimos por una anécdota muy bella que ocurrió una década después, en medio de la guerra. Debido al racionamiento de combustible, Olga no podía usar su cochazo para desplazarse a los estudios (10 Km. andando de ida y otros 10 de vuelta), y le montó en público —en un plató de la UFA aprovechando una visita del ministro— una escena de furia e indignación a Goebbels que espantó a todos los presentes. 


 
Pero no adelantemos acontecimientos. Olga siguió rodando películas a un ritmo vertiginoso en el periodo 1933-1939, aunque la calidad de las cintas ya no era equiparable a las películas que hizo durante el periodo mudo y los primeros tiempos del sonoro. Aún así, algunas, como Peer Gynt, Maskerade o París 1900, no son en absoluto desdeñables. Además, Olga era una estrella internacional que intervenía también en producciones francesas y británicas (antes de la guerra, naturalmente). Como era de esperar, Hollywood quiso tentarla, pero Olga estaba obligada a cumplir con sus otras labores: las del espionaje. Hay que añadir que, curiosamente, los EEUU le gustaron tanto como a los miembros del Teatro del Arte de Moscú, quienes hicieron unos bolos en Norteamérica a principios de los años 20: es decir, nada.



Pese a tanta actividad laboral, Olga sacaba tiempo para asistir a toda recepción, fiesta, o acto conmemorativo en el que hubiera jerarcas nazis. Tanta devoción dio sus frutos —aparte de los informes que enviaba a Moscú— y en 1936 Hitler, quien le enviaba regalos por Navidad y su cumpleaños, la nombró Artista del Reich. Y de haber podido, creemos que le habría impuesto también una Cruz de hierro de primera clase con hojas de roble.

 
Sin embargo, algo extraño ocurrió ese mismo año. Sin dar cuentas a nadie, Olga se casó de improviso con un rico hombre negocios belga, Marcel Robyns. Este caballero era bastante mayor que Olga, y, según las fuentes, notablemente aburrido y dedicado en exclusiva a sus negocios. Olga se aseguró, Hitler y Goebbels mediante, de conservar su nacionalidad alemana. Pero, ¿por qué se casaría con él? Una hipótesis interesante es que Robyns poseía una empresa constructora que había participado en la creación de la Línea Maginot, aquella interminable muralla de búnkers y túneles que los franceses erigieron por si se presentaba una nueva migración germánica hacia el sur. Consiguiera o no los planos, el caso es que Olga abandonó enseguida a su marido exclamando, “No he nacido para mantenida”. E inmediatamente comenzó un amorío con un actor alemán, al que abandonó por un oficial de la Luftwaffe y, muerto este en combate, fue sucedido por un oficial de comunicaciones... Algo que tiene todo el sentido.
 
El asesinato de Hitler



No fue Quentin Tarantino el primero en imaginar el asesinato de Hitler por medios cinematográficos. Los soviéticos trazaron un disparatado plan varias décadas antes de Malditos bastardos. Recuerden al hermano de Olga, Liev, músico y asimismo agente soviético. Y a su “esposa de conveniencia”, Mariya Garikovna, políglota, atleta y  también agente de la NKVD.


Como recordarán, los alemanes invadieron la URSS en junio de 1941. Stalin no daba crédito y tardó tres días en dirigirse a la población por radio. Las palizas que recibió el ejército soviético durante los primeros meses de la invasión fueron de órdago. La Blitzkrieg en todo su esplendor y los rusos pensando en retroceder hasta Siberia. En septiembre, la NKVD planeó el asesinato de Hitler. Admiren la bizarría del complot. Liev y Mariya huirían de la URSS atravesando la frontera por Turquía, desde donde serían trasladados a Alemania. Los antecedentes de Liev eran intachables: ex-oficial del ejército blanco que combatió a los bolcheviques, origen alemán, hermano de Olga... Seguramente habría colado, después de que la Gestapo le investigara, que era en efecto un “refugiado político” (de hecho, había visitado en numerosas ocasiones Alemania en los años 20 y 30 con la excusa del dodecafonismo y el estudio de las canciones de los Minnesänger). Una vez en Berlín, Olga pediría una audiencia al Führer para presentarle a su brillante hermano y a su pobre esposa, otra víctima del inhumano comunismo ruso, y los tres procederían a acabar con Adolf en plan misión suicida. 



 
Sin embargo, en noviembre, con los alemanes llamando a las puertas de Moscú, Stalin canceló el plan. ¿La razón? Pues como era hombre confiado pensó que, de llevarse a cabo el asesinato de Hitler, su sucesor (fuera quien fuese) pactaría la paz con los aliados y la URSS quedaría hecha añicos. Malicia de aldeano georgiano, dirán algunos de ustedes; genio estratégico, pensarán otros.



A lo largo de la guerra, Olga prosiguió con sus actividades interpretativas y de espionaje, progresivamente más difíciles ambas. Cuando los rusos entraron finalmente en Berlín, fue trasladada discretamente a una mansión de las afueras por el ejército rojo.



Y aquí dio comienzo su leyenda. La prensa sensacionalista se hizo eco del tratamiento exquisito que los soviéticos dieron a una, en principio, “traidora”.Y sacaron las conclusiones más obvias. Pero no sólo eso: también inventaron unas historias bellísimas en torno a Olga y sus relaciones íntimas con los gerifaltes nazis. La revista inglesa People publicó que en enero de 1945, Himmler, escamado ya por los rumores (y más que rumores) que señalaban a Olga como espía, se presentó en casa de esta acompañado por una guardia de corps de las SS. Y se puso a aporrear la puerta. Pero quien abrió fue Hitler, que despidió a Himmler con cajas destempladas. Esto, por supuesto, es lo que hoy llaman “posverdad”. Mucho nos tememos que en enero de 1945 el Führer no estaba para muchos trotes y tenía además otras preocupaciones...


No obstante, la carrera o las carreras y correrías de Olga no terminaron aquí. Pero reservaremos apasionantes revelaciones para la última entrega de esta saga.   

  

sábado, 12 de mayo de 2018

LOS OLVIDADOS: OLGA CHEJOVA (I)


 
por el señor Snoid


Pongamos que usted ha logrado sobrevivir a la I Guerra Mundial, a la Revolución rusa, a la guerra entre bolcheviques y rusos “blancos”, a la hambruna que sufrió Rusia en los años posteriores a la revolución y la guerra civil, al régimen nazi, a la II Guerra Mundial, a la guerra fría y al Plan Marshall.

Añadamos que, con una mínima experiencia y formación, ha interpretado películas dirigidas, entre otros, por Murnau, Hitchcock, Ophüls y René Clair; que también ha hecho sus pinitos detrás de la cámara y que ha triunfado clamorosamente en el exigente teatro berlinés.

Y tras la caída de Berlín usted pone en marcha una productora cinematográfica y tiempo después una exitosa empresa de cosméticos.

Y tras todos estos avatares, a una edad provecta, muere usted plácidamente en su cama, pide una copa de champán y exhala su último suspiro: “La vida es maravillosa”.

Concluyamos con que usted, mientras sufría todas estas peripecias, ha tenido tiempo suficiente para ser agente de los servicios secretos soviéticos durante casi 40 años.

O bien tenía usted el santo de cara, poseía el baraka, o su nombre es Olga Chejova.





 
Érase una vez una muchachita...

Olga nació en 1897 en Gyumrí, hoy Armenia, antes parte del Imperio ruso. Como su papá era ingeniero de ferrocarriles y su mamá se dedicaba a sus labores, se puede decir que su lugar de nacimiento fue puramente accidental. La familia era por parte de padre alemana (de apellido Knipper) y rusa por parte de la madre. Excepto por el progenitor de Olga, casi toda la familia Knipper-Chejov tenía inclinaciones artísticas. Su tío era el célebre Antón Chejov, su tía Olga (Olia), primera actriz del Teatro del Arte de Moscú (fundado por Stanislavski, el del famoso método que pugnaba contra el método Smirnoff) y entre tíos, primos y demás familia había escritores, músicos, pintores y otras gentes de mal vivir.

Desde chiquita, la pequeña Olga tenía la ambición de ser actriz. Pero su padre, Konstantin, se opuso frontalmente, alegando que era una profesión “de putas y maricones”. Así que la infancia y primera juventud de nuestra heroína transcurrió plácidamente entre clases de piano, bordado y los fiestorros de la bohemia moscovita.

Pero Olga tenía un temperamento rebelde y en 1915 se casó en secreto con su primo Mijail (Mischa), un aspirante a actor que pronto se convertiría en primera figura. Parece que Mijail era encantador cuando estaba sobrio, pero un tirano cuando tomaba una copa de más (lo que ocurría con frecuencia), por lo que Olga enseguida se desengañó de su arrebato amoroso.

En 1917 la revolución lo trastornó todo para los Knipper-Chejov. Papá decidió poner sus servicios a favor de los contrarrevolucionarios, la troupe del Teatro del Arte estaba por Europa haciendo bolos (y no pudieron regresar a Rusia hasta 1922), y Olga se quedó esperando acontecimientos en su apartamento de Moscú con su hijita pequeña y su hermana Ada. Con ellas y tres familias más que los bolcheviques les asignaron dada la carestía de viviendas. Como la cosa iba de mal en peor en cuanto a llevarse un mendrugo de pan negro a la boca, Olga decidió liarse la manta a la cabeza y en 1919 emprendió en solitario la aventura de exiliarse a Berlín con una mano delante y otra detrás, pero con un diamante cosido a la faltriquera. Tras una breve estancia en Viena, Olga llegó a Berlín en 1920.

Hay que decir que Olga trastocaba ligeramente la realidad o que mentía como una bellaca. Pues al poco de llegar a Berlín se inventó un currículum en el que detallaba su amplia experiencia como actriz en el Teatro del Arte (lo que era falso) y su participación protagónica en tres películas rusas (que nadie ha visto jamás). Uno de los lemas de Olga era el virgiliano Audentes Fortuna Iuvat (“Si tienes mucho morro, no hay quien te detenga”). Así, se presentó en el despacho del célebre productor Erich Pommer, quien de inmediato le dio un papel protagónico en el film de Murnau El castillo Vogeloed.




Y de ahí al estrellato: Olga rodó más de 50 películas entre 1921-1930 (entre ellas, Un sombrero de paja de Italia, de René Clair en 1924, o dos films dirigidos asimismo por nuestra diva). Dado que sabía utilizar correctamente los cubiertos, se había criado en una familia con posibles y —por lo menos ante la cámara— Olga poseía una pose altiva y un tanto gélida, no tardaron en encasillarla en papeles de baronesa, condesa, duquesa o dama de compañía de alguna princesa germana. Esto a Olga no le parecía mal, pues la chica adoraba el lujo. Una de sus primeras adquisiciones, cuando empezó a ganar un buen salario, fue comprarse un Mercedes descapotable con chófer incorporado. Después, consiguió que las autoridades soviéticas dejaran a su hija y a su hermana salir de la madre Rusia y reunirse con ella en la Alemania pre-nazi.


La espía que me amó

La historia de Olga no puede explicarse cabalmente sin glosar la figura de su hermano Liev. El muchacho se sintió inclinado desde jovencito a emprender una carrera musical, pero recibió la misma respuesta por parte de papá Knipper que había recibido Olga: “Putas, maricones, plebe, gentuza...”. Y en 1917 se alistó en el ejército blanco, donde alcanzó el grado de teniente. Volvió a la URSS en 1922 y entonces pudo empezar sus estudios musicales, revelándose como un portento. Sin embargo, el hecho de que las autoridades le permitieran regresar, formarse como músico y viajar por toda Europa —con la excusa de estudiar la música popular de diversas regiones o los prodigios del dodecafonismo— no sólo resulta sospechoso, sino inverosímil. El caso es que Liev fue reclutado —a la fuerza, claro— por los servicios secretos soviéticos para espiar las actividades de los más prominentes rusos que vivían en el exilio por toda Europa. Y no paró ahí la cosa; la NKVD le obligó a casarse con una agente (atractiva y políglota, por lo demás). Al parecer, esto era de lo más frecuente. Un alto cargo jubilado de la inteligencia soviética declaró: “No recuerdo que fracasara ni uno solo de estos matrimonios concertados”.

Hay que aclarar que por aquel entonces los servicios secretos de la URSS eran una sopa de letras: la NKVD, el SMERSH (Smert Spyonem: “Muerte a los espías”) o el GRU. Y nos tememos que no era por falta de organización, sino para que estas organizaciones se espiaran entre sí, amén de espiar a todo el mundo, dentro y fuera de la Unión Soviética. Contaba Guillermo Cabrera Infante que los ingleses, al ser los mejores mentirosos del mundo, eran un pueblo de espías y actores. Nos tememos que el gran escritor cubano no conoció íntimamente a los rusos. Tras el fin de la II guerra mundial,  la sopa de letras se unificó en el KGB. Recuerden que el actual Zar de todas las Rusias era el jefe de la KGB en Francia. Y que estaba de vacaciones en Biarriz cuando una delegación de magnates rusos le ofreció la posibilidad de sustituir al dipsómano Boris Yeltsin. Lo que estos capitostes no sabían era que Vladimir había visto el film de Eisenstein Iván el terrible, y que poco a poco se fue deshaciendo de aquellos que le habían puesto en el poder...

No se sabe si fue Liev o el GRU quien reclutó a nuestra Olga. Pero ella empezó a enviar informes a Moscú sobre las actividades de los rusos en Berlín ya a mediados de los años veinte, recabando información a la vez que iba de plató en plató o intervenía en obras de teatro.
 
¡Olga habla!

La llegada del cine sonoro no fue ningún inconveniente para Olga. En diez años pulió su alemán (que, gracias a su padre, hablaba toda la familia Knipper-Chejov) y disimuló su chirriante acento ruso. Una de sus interpretaciones más memorables de estos primeros tiempos del sonoro pre-nazi fue su intervención en Liebelei, de Max Ophüls, una buena película que viene a ser como un borrador de una de las obras maestras del director, Madame de..., y su papel protagonista en la versión alemana de Murder de Hitchcock (el propio Sir Alfred dirigió la versión germana, pues hablaba bastante bien el alemán).


Por tanto, la carrera de Olga iba viento en popa. Y sus actividades de espionaje se acrecentaron en calidad y cantidad cuando en 1933 los nazis llegaron al poder. Pero esto, como dirían Kipling y Conan el Bárbaro, es otra historia (que les contaremos en el próximo capítulo de esta saga)... 







martes, 1 de mayo de 2018

Mujeres, curro y feminismo (III): La brecha salarial o Hay un abismo entre nosotros


 
por el señor Snoid


Últimamente hemos visto que en los medios de comunicación se habla mucho de algo llamado brecha salarial entre hombres y mujeres. Aunque nosotros hayamos hecho voto de pobreza, no somos indiferentes a tal infamia. De hecho, las raras ocasiones en las que nos desplazamos a la capital de la provincia donde residimos (para comprar semillas, velas, o braslips cuando los tomatones de nuestra ropa interior alcanzan un tamaño de proporciones bíblicas) somos muy conscientes de ciertas situaciones. En tiempos de prosperidad, los dependientes de los comercios te solían atender con esa amabilidad castellana que reblandece el corazón: entrabas en una tienda y parecía como si le estuvieras haciendo un feo al dependiente, le debieras la pensión alimenticia o interrumpieras algo importante, como la culminación de un sudoku. Ahora es mucho peor: bastan dos o tres minutos para saber si la persona que te atiende está bien, regular o mal pagada, no le pagan en absoluto o es el propietario del negocio. En los casos en que el salario sea manifiestamente bajo o inexistente (la mayoría), la reacción ya no es de comprensible hostilidad, sino que uno siente que de un momento a otro le van a espetar: “Soy Íñigo de Montoya. Tú mataste a mi padre. ¡Prepárate a morir!”.

Crean que nos parece intolerable que una obrera de la siderurgia cobre menos que un compañero de sexo masculino; o una cajera del Mercadona; o una picapleitos especializada en derecho tributario que se dedique a ahorrar impuestos a grandes empresas; o cualquier periodista de sexo femenino que escriba tan mal como un colega masculino. Sin embargo, los medios de comunicación parecen insistir, con perversa fruición, en trabajos extraordinariamente bien pagados al alcance de muy pocos mortales, como si la brecha del demonio fuera un problema exclusivo de los habitantes de barrios de grandes criminales tipo La Moraleja o Martha’s Vineyard. Así, ha poco leímos un titular espeluznante: “Sólo hay un 17% de mujeres en los consejos de dirección de las grandes empresas”.

Vayamos a lo nuestro —el cine y sus oficios. Aquí también se nos dice que las mujeres cobran menos que los hombres, y probablemente sea cierto en la mayoría de los casos, pero en los que más se ceban los perezosos medios, es decir, en el binomio actrices/actores, habría que hacer unas cuantas acotaciones. Algo que ha sido portada en la última semana ha sido el “generosísimo” impulso de Paul Newman, quien al enterarse de que su compañera de reparto Susan Sarandon cobraba mucho menos que él por su trabajo en Al caer la noche, cedió parte de su sueldo a la actriz. En efecto, esto no es muy habitual, pues los actores (y las actrices) suelen ser tan avariciosos como el común de los mortales. Sin embargo, reflexionen un poco. Dada la lógica capitalista de los que ponían la pasta, ¿qué resultaba más atractivo a la hora de atraer al público para ver esa película? Pues Newman, claro; en segundo lugar Gene Hackman (que también cobró más que Sarandon) y en tercer lugar la actriz. De los pobres James Garner y Robert Benton parece que no se acuerda nadie. La cuestión estriba en un hecho trascendental para toda compañía productora: Susan nunca ha sido una estrella: será una actriz magnífica, una activista política de lo más coherente (para lo que es el activismo político de izquierdas en su país), una mujer de lo más inteligente y además atractiva y simpatiquísima. Pero eso de llevar a las masas a ver una peli suya nunca ha sido su fuerte. Y miren que a partir de Atlantic City lo intentaron, pero no. Igual que años después con Thelma y Louise (curiosamente, la que se convirtió en efímera estrella que ganó una pasta indecente por unas cuantas pelis de acción fue Geena Davis) o posteriormente con éxitos como Pena de muerte.


 
Volvamos a la lógica implacable de los capitostes. Si ellos creen que la persona que sale en el cartel de la película va a vender entradas, les da exactamente igual que sea hombre, mujer, chimpancé u oso de peluche. Ejemplos hay de esto desde que el cine es cine o más bien desde que se instauró el Star-System.
 


Como ustedes bien saben, la teoría nos dice que el culto a las estrellas comenzó cuando se generalizó el empleo del primer plano. Y de ahí la aparición de The Biograph Girl (Florence Lawrence en 1910 y Mary Pickford a partir de 1913) o de The Vitagraph Girl: Florence Turner en una fecha tan temprana como 1907 (por cierto que Florence también dirigió y escribió numerosas películas).





 
En tiempos pretéritos, esto del estrellato no tenía que ver necesariamente con el atractivo físico de los intérpretes. Piensen que las estrellas más taquilleras de la Fox en los años 30 fueron Will Rogers y la niña “prodigio” Shirley Temple (en efecto, la pedofilia no es un fenómeno nada nuevo). Y, por poner otro ejemplo bizarro, la pareja más taquillera de la Paramount en los 40 fue el dúo Bing Crosby-Bob Hope.



En épocas más recientes, y quizá por lo que el eximio escritor y detestable ciudadano  Juan Manuel de Prada califica de “progresiva sexualización de nuestra sociedad” (sic), las estrellas destacan mayormente por su belleza, sean o no capaces de leer bien sus líneas.


Piensen en grandes estrellas femeninas recientes. Sharon Stone, después del cruce de piernas y el picahielo en Instinto Básico se convirtió en una superestrella y aprovechó el tirón ganando un pastizal: la primera basura que rodó fue Sliver. ¿Se quejaron sus co-protagonistas, Tom Berenger, y el hermano tonto de Alec Baldwin, de ganar menos que ella? Pues no. Y Sharon continuó durante años rodando pelis infames en las que ella era la estrella absoluta (nuestro preferido de sus films de mierda es Rápida y mortal, con Hackman, Di Caprio y Russell Crowe. ¿Quién cobró más ahí? Pues ya saben) hasta llegar a la incomprendida —porque no la fue a ver nadie— Instinto Básico 2. 14 millones se embolsó Sharon por aquello. Y conste que nosotros creemos que es una actriz estupenda a pesar de que sus elecciones de papeles hayan sido en gran parte nefastas. 




 
O Julia Roberts, que tras hacer de Cenicienta puta llegó a cobrar salvajadas como 20 milloncejos por Erin Brockovich o Notting Hill (Albert Finney y Hugh Grant, respectivamente, recibieron mucha menos pasta) e incluso en tiempos tan cercanos como 2010 le dieron 10 millones de machacantes por un documental de turismo exótico, religión que no exige nada a sus practicantes (budismo) y papeo con alimentos deliciosos aunque ricos en gluten: Comer, rezar, amar.



O Jennifer Lawrence, de quien no hemos visto peli alguna y por tanto poco podemos decir de sus dotes como actriz o de su magnetismo. 20 kilos se llevó Jennifer por Passengers, el doble que su co-protagonista Chris Pratt.

Nosotros hemos realizado una encuesta entre los jóvenes garrulos de ambos sexos de nuestro villorrio acerca de los actores/actrices que más tilín les hacen en la actualidad. Los tíos eran casi unánimes: “Cristina Pedroche”. Con las féminas la cosa estaba más disputada; unas se inclinaban por Theo James (tuvimos que buscar en la wikipedia quién era este gachó), otras por Chris Hemsworth (quien dista de ser un crío) y algunas por Dylan O’Brien. Con lo que concluimos que la cosa está un poco cruda para productores y otros magnates que quieran hacer caja con todos estos portentos.



 
Por todo ello, les confesamos que vertemos amargas y copiosas lágrimas de aflicción por estas diferencias dinerarias entre millonarios/millonarias que tanto agradan a la prensa para poner de relieve la brecha salarial entre hombres y mujeres. Que un asunto tan serio se aborde de manera tan banal es signo de la calidad de la prensa que nos gastamos hoy día...