viernes, 8 de julio de 2016

La página del señor Snoid-El Brexit, el cine inglés y «Pasaporte a Pimlico»



La página del señor Snoid


El brexit, el cine inglés y Pasaporte a Pimlico



 
1. El cine inglés, ese desconocido



Aunque parezca extraño, españoles e ingleses están de acuerdo en una cosa: ambos grupúsculos consideran que sus respectivas cinematografías nacionales son una porquería. Nosotros hemos conocido varias generaciones de españolitos que tenían como lema eso de “Yo, por principio, no veo cine español”. Como si te dijeran, “Yo, por principio, me maqueo con Axe Radical Odour”. Y se quedan tan anchos. Por lo habitual, estos seres son los que hacen cola para ver películas de excepcional calidad tipo X Men Apocalipsis, El Hobbit o la última de Liam Neeson en plan vengador maduro, generalmente dirigida por algún catalán apátrida.

¿Y qué decir de los ingleses? Pues que saltan de júbilo cuando a alguno de sus directores le entronizan, como le pasó a David Lean cuando empezó a hacer aquellos tostonazos como El puente sobre el río Kwai, Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago o las muy inmundas La hija de Ryan o Pasaje a la India. O, en el extremo opuesto, a un director simpático y bienintencionado pero torpe y burdo como Ken Loach (sí: estuvo muy de moda a principios de los 90). Lo demás es silencio o desprecio. Nosotros hemos tenido ocasión de discutir acaloradamente con hijos de la pérfida Albión sobre las bondades de su cine y ellos nos negaban la mayor: que si Laurence Olivier era un ham actor, que la única buena de MacKendrick es Sweet Smell of Success, que quién es ese Jack Clayton, que las comedias Ealing son todas una mierda, que Hitchcock empezó a hacer buen cine cuando se fue a Hollywood... La culpa no es sólo de su cerrazón mental (que la tienen, claro): la culpa, como de costumbre, la tienen los franceses. Cuando los galos se erigieron en árbitros de la elegancia en esto del cine, como un solo hombre decidieron que el cine inglés era una aberración. El célebre crítico François Truffaut afirmaba sin ruborizarse que “Hay algo intrínsicamente contradictorio entre Inglaterra y el cine”. Godard, en sus muy indocumentadas Histoire(s), al hacer un repaso del cine europeo tras la II guerra mundial, declaraba “Y los ingleses siguieron haciendo lo de siempre... Es decir, nada”. Mientras tanto, se cubría de laureles a directores como André de Toth o Delmer Daves. En fin, que si no fuera por Scorsese, Powell&Pressburger dormirían el sueño de los justos, al igual que Spielberg, Milius y compañía se dedicaron a reivindicar a Lean ante tirios y troyanos. Menos mal que los yanquis están siempre dispuestos a echar una mano a sus primos hermanos. Por un precio: siempre por un precio.

Escudo del ducado de Borgoña
 
2. Brexit y otras huidas



Las razones que los medios han puesto de relieve a propósito del Brexit pueden resumirse brevemente: el pueblo inglés está compuesto de hooligans. Gentes que arman broncas, beben hasta el desmayo, orinan en la calle, sus opiniones políticas se sintetizan en Rule, Britannia y, horror de los horrores, son racistas y xenófobos. Nosotros creemos que las razones son un poco más complejas. Como nos dijo en cierta ocasión un profesor cuando asistimos a la universidad eones ha, “Tomados de uno en uno, los ingleses son impresentables y borricos (hay excepciones), pero como pueblo, son un pueblo inteligente”. Repasen la historia: fueron los primeros en obligar a un rey a firmar un amago de constitución (la Carta Magna), los primeros en decapitar a un rey (aunque luego el Lord Protector Cromwell se reveló tan facha que nada más palmar decidieron volver a lo malo conocido) y fue el único imperio que se deshizo de sus colonias de una forma inteligente (el fracaso en EEUU y en la India se debió a causas demasiado prolijas para explicar aquí). Una de las razones del Brexit la exponía Jack Aubrey en la excelente Master&Commander:



 
Sustituyan “la guillotina en Piccadilly” por “austeridad”, “Napoleón” por “Merkel” o “Bruselas” y verán que dos siglos después una banda de ingleses enfervorizados vuelve a gritar “¡No!” a pleno pulmón. De hecho, el que los británicos hayan decidido salirse de esta Europa de los mercaderes o de las multinacionales no nos parece ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Antes se hubieran ido si la UE no fuera exclusivamente el feliz campo de juego de los oligarcas y sí una auténtica unión política. Lo único que nos extraña es que los mandamases de la City hayan consentido tal resultado. Algo tendrá ver el semisecreto tratado de libre comercio con EEUU. Es indudable que aquí hay gato encerrado y que los potentados británicos que gozan de escandalosas plusvalías sacarán beneficios. Pero aún no sabemos cómo...

 

El ducado de Borgoña en su mayor momento de esplendor
 

3. Pasaporte a Pimlico



No es esta, sin embargo, la primera vez que los británicos organizan una secesión. Todo este follón del Brexit nos ha hecho recordar una muy simpática comedia, Pasaporte a Pimlico (Passport to Pimlico, Henry Cornelius, 1949), película que resulta de enorme actualidad, pues pone en solfa todas estas candentes cuestiones de nación, fronteras, aduanas, aranceles, refugiados y solidaridad que con asombrosa hipocresía nos restriegan los medios de comunicación todos los días.

El guión, obra del genial T. E. B. “Tibby” Clarke (también autor de los libretos de, por ejemplo, Oro en barras y Gideon’s Day/Un crimen por hora) es un disparate tan bien elaborado que su bizarra premisa resulta hasta convincente: en el Londres de posguerra, medio en ruinas tras cinco años de bombardeos, y con cartillas de racionamiento, la detonación accidental de una bomba alemana descubre el último resquicio del antiguo ducado de Borgoña. Las autoridades académicas validan el descubrimiento: el último duque borgoñés, Carlos el calvo, no murió en combate: plantó sus reales en lo que hoy es el barrio de Pimlico, y por tanto, Pimlico no es suelo londinense, ni siquiera inglés, sino borgoñón.





 
El área actual de Pimlico, antiguo ducado de Borgoña

 
Los habitantes del barrio pronto se dan cuenta de que su nuevo estatus les exime del racionamiento y de las penurias de la triste posguerra: no hay impuestos, los aranceles aduaneros se eliminan y el barrio se convierte en una zona de libre comercio. Tanta es su alegría que incluso proclaman con orgullo su condición borgoñona:


 
La constitución del nuevo “estado” da lugar a situaciones cada vez más delirantes. Así, la inspección aduanera que se realiza en el metro que pasa por el barrio, encabezada por el nuevo primer ministro (ex propietario de la tienda de ultramarinos), el nuevo jefe de policía (el antiguo bobby del barrio) y el ministro de economía (antes empleado del “Banco del sur de Inglaterra”):


 

El cartel hace referencia a Stafford Cripps, ministro de economía y canciller del Exchequer en 1949

 
Naturalmente, el gobierno reacciona con violencia: impone  un bloqueo total al nuevo territorio borgoñés. No hay electricidad, el agua y los alimentos escasean... Sin embargo, los ingleses, que no son tan xenófobos como nos los pintan, se solidarizan con sus nuevos vecinos de Borgoña y les proveen de alimentos y productos básicos a despecho del bloqueo. La solidaridad triunfa sobre la violencia gubernamental.


 
Al final, se producen unas demenciales conversaciones “de paz” entre ambos “gobiernos”. Los borgoñones, merced a una brillante idea de su ministro de economía, accederán a reintegrarse en Gran Bretaña “prestando” al gobierno de su graciosa majestad el tesoro de Borgoña. A cambio, por supuesto, de ciertos privilegios y exenciones...


 
Educativa película que debería ponerse en todas las escuelas de la UE y territorios periféricos. Preferentemente, en la reciente asignatura Iniciación a la actividad emprendedora...