sábado, 12 de mayo de 2018

LOS OLVIDADOS: OLGA CHEJOVA (I)


 
por el señor Snoid


Pongamos que usted ha logrado sobrevivir a la I Guerra Mundial, a la Revolución rusa, a la guerra entre bolcheviques y rusos “blancos”, a la hambruna que sufrió Rusia en los años posteriores a la revolución y la guerra civil, al régimen nazi, a la II Guerra Mundial, a la guerra fría y al Plan Marshall.

Añadamos que, con una mínima experiencia y formación, ha interpretado películas dirigidas, entre otros, por Murnau, Hitchcock, Ophüls y René Clair; que también ha hecho sus pinitos detrás de la cámara y que ha triunfado clamorosamente en el exigente teatro berlinés.

Y tras la caída de Berlín usted pone en marcha una productora cinematográfica y tiempo después una exitosa empresa de cosméticos.

Y tras todos estos avatares, a una edad provecta, muere usted plácidamente en su cama, pide una copa de champán y exhala su último suspiro: “La vida es maravillosa”.

Concluyamos con que usted, mientras sufría todas estas peripecias, ha tenido tiempo suficiente para ser agente de los servicios secretos soviéticos durante casi 40 años.

O bien tenía usted el santo de cara, poseía el baraka, o su nombre es Olga Chejova.





 
Érase una vez una muchachita...

Olga nació en 1897 en Gyumrí, hoy Armenia, antes parte del Imperio ruso. Como su papá era ingeniero de ferrocarriles y su mamá se dedicaba a sus labores, se puede decir que su lugar de nacimiento fue puramente accidental. La familia era por parte de padre alemana (de apellido Knipper) y rusa por parte de la madre. Excepto por el progenitor de Olga, casi toda la familia Knipper-Chejov tenía inclinaciones artísticas. Su tío era el célebre Antón Chejov, su tía Olga (Olia), primera actriz del Teatro del Arte de Moscú (fundado por Stanislavski, el del famoso método que pugnaba contra el método Smirnoff) y entre tíos, primos y demás familia había escritores, músicos, pintores y otras gentes de mal vivir.

Desde chiquita, la pequeña Olga tenía la ambición de ser actriz. Pero su padre, Konstantin, se opuso frontalmente, alegando que era una profesión “de putas y maricones”. Así que la infancia y primera juventud de nuestra heroína transcurrió plácidamente entre clases de piano, bordado y los fiestorros de la bohemia moscovita.

Pero Olga tenía un temperamento rebelde y en 1915 se casó en secreto con su primo Mijail (Mischa), un aspirante a actor que pronto se convertiría en primera figura. Parece que Mijail era encantador cuando estaba sobrio, pero un tirano cuando tomaba una copa de más (lo que ocurría con frecuencia), por lo que Olga enseguida se desengañó de su arrebato amoroso.

En 1917 la revolución lo trastornó todo para los Knipper-Chejov. Papá decidió poner sus servicios a favor de los contrarrevolucionarios, la troupe del Teatro del Arte estaba por Europa haciendo bolos (y no pudieron regresar a Rusia hasta 1922), y Olga se quedó esperando acontecimientos en su apartamento de Moscú con su hijita pequeña y su hermana Ada. Con ellas y tres familias más que los bolcheviques les asignaron dada la carestía de viviendas. Como la cosa iba de mal en peor en cuanto a llevarse un mendrugo de pan negro a la boca, Olga decidió liarse la manta a la cabeza y en 1919 emprendió en solitario la aventura de exiliarse a Berlín con una mano delante y otra detrás, pero con un diamante cosido a la faltriquera. Tras una breve estancia en Viena, Olga llegó a Berlín en 1920.

Hay que decir que Olga trastocaba ligeramente la realidad o que mentía como una bellaca. Pues al poco de llegar a Berlín se inventó un currículum en el que detallaba su amplia experiencia como actriz en el Teatro del Arte (lo que era falso) y su participación protagónica en tres películas rusas (que nadie ha visto jamás). Uno de los lemas de Olga era el virgiliano Audentes Fortuna Iuvat (“Si tienes mucho morro, no hay quien te detenga”). Así, se presentó en el despacho del célebre productor Erich Pommer, quien de inmediato le dio un papel protagónico en el film de Murnau El castillo Vogeloed.




Y de ahí al estrellato: Olga rodó más de 50 películas entre 1921-1930 (entre ellas, Un sombrero de paja de Italia, de René Clair en 1924, o dos films dirigidos asimismo por nuestra diva). Dado que sabía utilizar correctamente los cubiertos, se había criado en una familia con posibles y —por lo menos ante la cámara— Olga poseía una pose altiva y un tanto gélida, no tardaron en encasillarla en papeles de baronesa, condesa, duquesa o dama de compañía de alguna princesa germana. Esto a Olga no le parecía mal, pues la chica adoraba el lujo. Una de sus primeras adquisiciones, cuando empezó a ganar un buen salario, fue comprarse un Mercedes descapotable con chófer incorporado. Después, consiguió que las autoridades soviéticas dejaran a su hija y a su hermana salir de la madre Rusia y reunirse con ella en la Alemania pre-nazi.


La espía que me amó

La historia de Olga no puede explicarse cabalmente sin glosar la figura de su hermano Liev. El muchacho se sintió inclinado desde jovencito a emprender una carrera musical, pero recibió la misma respuesta por parte de papá Knipper que había recibido Olga: “Putas, maricones, plebe, gentuza...”. Y en 1917 se alistó en el ejército blanco, donde alcanzó el grado de teniente. Volvió a la URSS en 1922 y entonces pudo empezar sus estudios musicales, revelándose como un portento. Sin embargo, el hecho de que las autoridades le permitieran regresar, formarse como músico y viajar por toda Europa —con la excusa de estudiar la música popular de diversas regiones o los prodigios del dodecafonismo— no sólo resulta sospechoso, sino inverosímil. El caso es que Liev fue reclutado —a la fuerza, claro— por los servicios secretos soviéticos para espiar las actividades de los más prominentes rusos que vivían en el exilio por toda Europa. Y no paró ahí la cosa; la NKVD le obligó a casarse con una agente (atractiva y políglota, por lo demás). Al parecer, esto era de lo más frecuente. Un alto cargo jubilado de la inteligencia soviética declaró: “No recuerdo que fracasara ni uno solo de estos matrimonios concertados”.

Hay que aclarar que por aquel entonces los servicios secretos de la URSS eran una sopa de letras: la NKVD, el SMERSH (Smert Spyonem: “Muerte a los espías”) o el GRU. Y nos tememos que no era por falta de organización, sino para que estas organizaciones se espiaran entre sí, amén de espiar a todo el mundo, dentro y fuera de la Unión Soviética. Contaba Guillermo Cabrera Infante que los ingleses, al ser los mejores mentirosos del mundo, eran un pueblo de espías y actores. Nos tememos que el gran escritor cubano no conoció íntimamente a los rusos. Tras el fin de la II guerra mundial,  la sopa de letras se unificó en el KGB. Recuerden que el actual Zar de todas las Rusias era el jefe de la KGB en Francia. Y que estaba de vacaciones en Biarriz cuando una delegación de magnates rusos le ofreció la posibilidad de sustituir al dipsómano Boris Yeltsin. Lo que estos capitostes no sabían era que Vladimir había visto el film de Eisenstein Iván el terrible, y que poco a poco se fue deshaciendo de aquellos que le habían puesto en el poder...

No se sabe si fue Liev o el GRU quien reclutó a nuestra Olga. Pero ella empezó a enviar informes a Moscú sobre las actividades de los rusos en Berlín ya a mediados de los años veinte, recabando información a la vez que iba de plató en plató o intervenía en obras de teatro.
 
¡Olga habla!

La llegada del cine sonoro no fue ningún inconveniente para Olga. En diez años pulió su alemán (que, gracias a su padre, hablaba toda la familia Knipper-Chejov) y disimuló su chirriante acento ruso. Una de sus interpretaciones más memorables de estos primeros tiempos del sonoro pre-nazi fue su intervención en Liebelei, de Max Ophüls, una buena película que viene a ser como un borrador de una de las obras maestras del director, Madame de..., y su papel protagonista en la versión alemana de Murder de Hitchcock (el propio Sir Alfred dirigió la versión germana, pues hablaba bastante bien el alemán).


Por tanto, la carrera de Olga iba viento en popa. Y sus actividades de espionaje se acrecentaron en calidad y cantidad cuando en 1933 los nazis llegaron al poder. Pero esto, como dirían Kipling y Conan el Bárbaro, es otra historia (que les contaremos en el próximo capítulo de esta saga)... 







2 comentarios:

  1. Esta serie promete muchísimo para los que, como yo, desconocen los nombresde todos esos actores. Desde luego, esta Olga espía, bella y mentirosa es fantática.

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    1. Querido NáN, la segunda parte es mucho más espectacular: jerarcas nazis, atentados frustrados contra el Führer, Stalin y sus obsesiones, espionaje a altos mandos de la OTAN...

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